¿Cómo puede la literatura asustar y generar crisis en una organización criminal que maneja miles de millones de euros?
Roberto Saviano
Prohíbe a una cabra contar una historia y a la cabra le dará igual.
Salman Rushdie
El poder de los libros y las amenazas a la libertad de expresión fueron los temas de la conferencia impartida en la Academia Sueca en 2008 por Roberto Saviano y Salman Rushdie, ambos amenazados de muerte por sus escritos.
Ocurrió en Estocolmo
El napolitano respondía así a su propia pregunta: La literatura inquieta al crimen por cuanto desvela sus mecanismos no como un informe policial, sino de manera directa al corazón, al estómago y la cabeza. Éste es el verdadero miedo de las organizaciones criminales, que el lector llegue a sentir el problema como suyo propio, que se meta en la piel de quienes sufren esta lacra. Ya no se tratará entonces de una barbarie que ocurra allá en Nápoles, en un gulag o en Chechenia sino que será realidad en el mundo entero, y cuando la palabra comience a expandirse por él ya no se podrá detener puesto que se puede callar al escritor pero no a su aliado fundamental, el lector. Mientras el lector exista, existirá el testimonio del escritor.
Rushdie por su parte usaba el símil animal para explicar que la libertad sencillamente de poder contar historias (ya sea la de nuestra familia, la de nuestro país, etc) es una cuestión que va más allá de la libertad de los escritores para escribir, o de los lectores para leer: es una cuestión existencial. El crimen contra esta libertad es un crimen contra la naturaleza del ser humano.
Yo quería escribir una crítica sobre “Lo contrario de la muerte”, librito (por el tamaño) de Roberto Saviano publicado después de Gomorra. No quería desvelar mucho del contenido, así que debía completar la reseña con otros datos relacionados si tuviesen interés. Entonces me encontré con ese seminario en la Academia de los Nobel. Allí aparecía el partenopeo y su cabezón calvo rapado con un lunar, gruesas cejas, ojos apagados, ojeras (que ya tenía en la foto de Gomorra), barba de tres días más o menos y la misma austera, aburrida indumentaria de los hombres de negocios suecos: chaqueta negra, camisa blanca.
El seminario era conducido por el entonces secretario de la Academia, Horace Engdahl. Pronunciaba un inglés británico perfecto, acentuando las últimas sílabas de cada palabra al unísono con cabezazos al aire que le hacían bailar el flequillo. Una puesta en escena pedante (aparentemente) para exponer unos conceptos y una oratoria que no tenían nada de pedantes.
Engdahl y su flequillo rebelde introdujeron primero a Rushdie: Estrella de la literatura actual, condenado a muerte en una fatua emitida por Jomeini que puso precio a su muerte. Una década escondido bajo vigilancia policial. Como consecuencia de la fatua, Reino Unido e Irán rompieron relaciones diplomáticas (1989). Gente asociada con el libro fueron atacados e incluso asesinados. En 1998 las relaciones Reino Unido-Irán se reanudaron: Irán no apoyaría intentos de acabar con la vida de Rushdie pero el líder espiritual de Irán -Alí Jamenei- proclamó que la sentencia de muerte aún era válida. Lo inusual (hasta el momento) de aquel caso era que un estado persiguiera, por uso de la libertad de expresión, a un ciudadano de otro estado distinto.
Desde aquel incidente se puede hablar de globalización de la amenaza, una represión para la que no existe exilio, que es a su vez reconocimiento del poder de los autores para reunir a un público internacional. Horace observa que por desgracia, existen grupos represores sin ninguna reputación internacional que arruinar, los cuales no se van a dejar impresionar por simples declaraciones de inquebrantable defensa de los Derechos Humanos.
En el segundo turno de presentaciones de la conferencia, Roberto Saviano: Gomorra, dos millones de ejemplares vendidos en Italia; publicado y traducido en más de veinte países. El problema que sufre este napolitano nos atañe a todos: en países modernos con leyes adecuadas para defender la libertad de expresión, sigue habiendo personas que son silenciadas con amenazas de muerte. En Suecia sin ir más lejos, testigos en juicios contra bandas criminales renuncian a declarar como resultado de las presiones, al igual que periodistas que investigan a dichas organizaciones.

Roberto explicó que cuando un policía dice que tu vida ha cambiado para siempre, o un informador revela la hora exacta de tu ejecución, lo primero que siente uno no es cuánto de injusto y erróneo tiene todo eso, la primera sensación es “¿pero qué he hecho yo?”. Empieza él mismo a odiar las palabras que ha escrito porque aunque ellas han llegado muy lejos, él no puede simplemente caminar por la calle, moverse tranquilamente, hablar, vivir. Marginación. A pesar de que esas palabras no son ya de uno solo sino de muchos -el verdadero peligro-, el castigo se recibe en solitario.
Más aún, la mayoría de las acusaciones que recibe el de Nápoles no vienen de la Camorra (ellos emiten su condena a muerte y punto), sino de la sociedad civil que le acusa de ser un payaso, buscar la fama, el éxito, de haber especulado con esto para su beneficio. “Esto me hiere”, dice Saviano. Acusado de difamar a su propio país por decir lo que funciona mal. Roberto está fuertemente convencido de que contar la realidad es por el contrario una forma de resistencia, una forma de honrar a la parte sana del país y dar esperanza en encontrar la solución.
Una vez hizo alguien una pintada contra él en Italia, sigue relatando: “no me lo tomé a mal, uno cuenta con ello al ser un personaje público, pero lo increíble es que hasta ahora nadie haya hecho una pintada contra la Camorra, responsable directa del aumento del cáncer en mi región por el transporte ilegal de desechos tóxicos. Las mafias en Italia son una de las potencias económicas de Europa; facturan cien mil millones de euros, invierten por todo el mundo, incluido Escandinavia. A lo largo de mi vida han matado a cuatro mil personas sólo en mi región. Una organización que hace negocios en el cemento, la panadería o la distribución de carburante. Con jefes que son médicos, constructores, psicoanalistas… una burguesía de emprendedores que está envenenando para siempre el sur de Italia” (y exportando a toda Europa el veneno en productos agrícolas o derivados, como se puede leer en Gomorra).
Una burguesía que le quiere aniquilar por haber revelado nombres sin tapujos. Rushdie explica que irónicamente al amigo de ambos Suketu Mehta, escritor de un libro sobre la mafia en Bombay, le ocurrió lo contrario: Mehta cambió los nombres en su libro por otros ficticios… y los gángsters se molestaron. Suketu les explicó que de otra manera podrían tener problemas con la policía, a lo que contestaron “nosotros nos encargamos de la poli, tú pon nuestros nombres”.
Salman Rushdie había empezado su discurso dando las gracias a la Academia Sueca, probablemente para la literatura lo más parecido a un sitio sagrado (risas). Lo suelta con cara de pillo, dedos jugando con su perilla cana, buscando y esperando con sus ojos de travieso que la audiencia haya entendido la broma.
No sólo pistolas callan bocas
Pone sobre la mesa el inglés de origen hindú la ausencia de libertad de expresión en China, África y el mundo islámico. Pero apunta que corren malos tiempos también en los países llamados “libres” de Occidente. En parte porque algunos bienintencionados grupos ideológicos intentan prevenir de lo que puede ser dicho por si pudiera parecer estar en contra de esta o aquella identidad. La censura acaba marginando y haciendo anodina a una literatura que debe ser más dura o áspera que insulsa. La democracia en sí, en su mejor versión, no es precisamente una merienda entre amigos sino una discusión apasionada. Hay (desgraciadamente, según Rushdie) una aspiración de aplacar a esos grupos que se sienten ofendidos, y con ello toda una cultura de la ofensa ha crecido: “Verdaderamente parece que estas comunidades no tiene realmente una cultura hasta que son ofendidos por algo”.
Conforme a lo que opinó Salman, tradicionalmente el poder que más ha amenazado a los escritores ha sido, aún más que los estados, la Iglesia. Escritores como Diderot o Voltaire se propusieron romper con ese poder, y el éxito de ese proyecto (acabar con el poder de la Iglesia de limitar los pensamientos) es la victoria en que la libertad de expresión de ideas en la época contemporánea está basada. Lamentablemente, existen en la actualidad autoridades de diferentes religiones esforzándose en limitar aquello que puede ser dicho con métodos (el asesinato entre ellos) aún más brutales que los de la Inquisición.
Rushdie prosigue señalando que el terror se ha hecho internacional pero no siempre cruza las fronteras. Voltaire decía que un escritor debía vivir cerca de la frontera con otro país, porque podría ser necesario alguna vez cruzarla para escapar. El exilio ya no funciona porque vienen a por ti de todas maneras… pero no debiéramos dar al enemigo más poder del que realmente tienen. Por ejemplo, cuando se emitió la fatua contra los Versos Satánicos, pudo comprobar el escritor inglés el límite de ese poder y con ello encontrar el camino a la solución. No estoy seguro -dice Salman- de cómo de largo es el brazo de la Camorra, pero no creo que pueda alcanzar a todos y cada uno de los rincones de este mundo.
Añade que tenemos la obligación de proteger a Saviano, no sólo porque sea un chico simpático (risas), sino porque ésta se trata de una más entre las largas series de batallas en las que el poder intenta controlar la discusión sobre la batalla en sí.

Ambos escritores ilegalmente sentenciados a muerte terminaron la conferencia discutiendo los distintas aspectos que afectan a la libertad de expresión. Saviano, entre otros, llamaba la atención sobre el peligro de la sobreinformación (y su connatural dificultad para filtrar o discernir lo relevante) ayudándose del dicho catalán según el cual “cuando hay inundaciones, lo primero que desaparece es el agua potable”. Rushdie alertaba de que en el tiempo presente se alienta a la gente a definir su identidad de manera cada vez más restringida, y cuanto más estrecha es ésta, más fácil es el desacuerdo con los otros. Cualquiera entiende que ninguno tenemos identidades simples. Todos tenemos identidades plurales, amplias, complejas… reconociendo esto podremos encontrar puntos de acuerdo con los demás. A lo mejor yo soy cristiano y tu musulmán pero en otra área de nuestra identidad podemos ser personas preocupadas por nuestro peso, que sufren la misma enfermedad, con hijos que nos causan idénticos problemas o seguidores del mismo equipo de fútbol. Todo eso junto es nuestra identidad y no sólo una cuestión limitada de ideología o creencias.
Los dos autores apuntaron a diversas causas, personas, grupos, etc. Roberto Saviano asestó también el peso de la responsabilidad a todos nosotros como lectores: hay escritores que aún sufriendo enormes dificultades consiguen contarnos en un libro la realidad. Pero desgraciadamente es una realidad en la que muchos, teniendo la maravillosa libertad de ir a la librería, ver una película, etc, no se desean sumergir. Por esa razón la mafia durante muchos años ha estado estereotipada (El Padrino, Vito Corleone, Scarface), vista como una cosa glamurosa, violenta pero terroríficamente fascinante. Y la gente ya no quiere otra versión distinta.
El libro
La versión más realista, la que Saviano leyó en los informes judiciales y vivió como infiltrado cuando escribía Gomorra no es tratada directamente en su siguiente obra “Lo contrario de la muerte” pero es su trasfondo. El relato de lo que ocurre en el sur de Italia lo lleva inevitablemente insertado como un tumor gigante incurable, arrancarlo de cuajo sería perder más de medio cuerpo.

“Lo contrario de la muerte” cuenta anécdotas de chavales italianos que se ven obligados a meterse en el ejército porque no tienen otra salida, que odian la guerra pero aman el combate. Han oído disparos en su calle y en el extranjero. Si no les destroza una mina quizá vuelvan a casa contaminados por uranio y con sus amigos en ataúdes, vive ahora con eso. Hombres que van con un fusil a donde se les mande y descubren pronto lo absurdo de la guerra. ¿Afganistán? desde allí escribió Enzo a Maria que “en Kabul nadie aguantaba ya más la guerra y todos querían estar tranquilos como él. Escribía diciendo que no esperaba encontrar un país tan hermoso que casi te venían ganas de irte a vivir allí y de maldecir a quien fuese que lo había dejado así“.
Lo descrito por Saviano me llega entre otras muchas razones porque lo he visto desde mi ventana, algunas cosas son las mismas ya ocurran en barrios de España, Nápoles o Baltimore. No ya la combinación de ausencia de Estado con la ideología neoliberal del destruye a tu competidor, no sólo los crímenes en sí sino también los mecanismos que los vecinos aprenden para convivir con ellos. Citando al libro, “te adiestran para considerar todo lo que sucede como inevitable [...] y esta postura te impide entender. Entender cómo van las cosas, cómo pueden evitarse, de dónde provienen. Es como tomar cada día como si fuera el peor de los días, pero saber qué provecho sacar de cada uno de ellos. Una ventaja miserable“.
Recoge en este libro, como hizo en Gomorra, historias humanas que hablan de los universales (la violencia, la familia, la muerte, la amistad, la tierra, la infancia, la vejez), de lacras de nuestra sociedad como el machismo, la corrupción o la brutalidad. También excarba con la misma ansiedad para encontrar rincones donde poder respirar y admirar belleza hasta comprender qué es lo contrario de la muerte. A pesar de todo ello, “Lo contrario de la muerte” sigue condenando a Roberto Saviano a vivir lo contrario de la vida.
No quería escribir una crítica escasa y finalmente ha sido extensa para un libro de noventa páginas. Es una manera de expresar que para mí este italiano es un héroe. Y si héroe es una palabra demasiado cargada de sentimientos, fácilmente manipulable y utilizable por diferentes intereses, digo que es sencillamente necesario.
Porque cuando a Saviano se le cuestionaba el que estuviera obsesionado con la sangre y la violencia respondió que él, al igual que quienes tienen en su corazón comprensión tanto para la belleza como para la posibilidad de vivir libre y amar, no soporta el hedor de la corrupción y devastación de su propio país. Y por ello del mismo modo que Albert Camus, indicaba su (para mí más que necesario) propósito:
“Existe la belleza y existe el infierno. A ambos permaneceré fiel lo mejor que pueda“.