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  • 17 de diciembre de 2004

    I.

    Las seis de la mañana. Al hijoputa que inventó el despertador deberían torturarlo hasta morir. Al cabrón de su primo, el que inventó la resaca, también. Y al subnormal que se fue ayer a un bar irlandés y se calzó siete pintas teniendo hoy una presentación… a ése… bueno, a ése le iba a tener que perdonar.

    Me dediqué a maldecir el mundo al pie de mi cama diez minutos más y luego me di una ducha, me vestí apresuradamente, y salí a la calle. No había tenido tiempo ni de mirar por la ventana. Llovía a mares. Pero no volví a por el paraguas. La lluvia me gustaba, me recordaba algo.

    Creo que era el olor a tierra mojada. Era el olor de la esperanza. Me hacía sentir que el mundo alguna vez podría empezar de nuevo, y esta vez salir bien. Todavía había algo, algo latiendo, dormido, bajo el barro y el cemento.

    Así que iba sin paraguas, mojándome la cabeza, respirando profundamente, intentando que ese algo me llegara dentro.

    Mi tren estaba a punto de salir. Entré en el último segundo, y el olor de la esperanza fue sustituido por una mezcla de aromas: sobacos, papel mojado, y perfume barato de putón verbenero. El que más me jodía era el de papel mojado, por el doble sentido.

    A ver si los chinos sacaban ya un reproductor de mp3 con olores. O mejor no. Que seguro que empezarían a circular correos electrónicos con olores adjuntos, titulados “FW: rosas silvestres del Tibet”, y que después de diez segundos de embriagadoras fragancias y música chill te sorprenderían con un repentino pestazo a mierda de burro y al final una voz diría “Jajaja, manda esto a seiscientas personas o tendrás una semana de mierda”.

    El tren llegó a su destino. Ya no llovía.

    La presentación era a las nueve. Aún tenía que retocar la demo y el power point, pero la resaca me estaba matando. Necesitaba echarme algo al estómago. Bajé a la cantina.

    Allí estaba Lourdes, la recepcionista. Nos saludamos y puse a preparar un café. No estaba en condiciones de entablar conversación. Saqué de la máquina un sándwich de jamón, y entonces Lourdes rompió el hielo:

    -Veo que sigues comiendo cadáveres para sobrevivir.

    Se me había olvidado que ella era una de esas vegetarianas coñazo.

    -Sí, ya ves.

    -¿No te remuerde la conciencia?

    -Pues… lo justo. Supongo que lo mismo que a una araña o un gato.

    -Ay, yo no podría…

    -Bueno. Cada uno es cada uno.

    No quería empezar a hablar de carnívoros y herbívoros, fumadores y no fumadores, dios y el diablo. Me fui de allí con mi sándwich de cadáver y mi café. Decidí salir al parque a despejarme un poco.

    Paseando por entré los árboles que circundaban el edificio me pregunté por qué carajo se empeñaban en rodear las cárceles de bonitos espacios. Era publicidad engañosa; te daban el espacio y te quitaban el tiempo. Ellos salían ganando.

    Un leve movimiento al pie de un árbol me sacó de mis reflexiones.

    Era un pájaro negro. Un pichón. Estaba muy quieto, me miraba con cautela. Yo también me paré, y me quedé mirándolo. Era bonito.

    Empecé a aproximarme al él muy lentamente, haciendo el menor ruido posible. Quería comprobar cuánto me dejaría acercarme sin huir volando. Quizás se diese cuenta de que yo no pensaba hacerle daño. Quizás, si me dejaba rozarlo, significaría que conmigo había hecho una excepción, que a mí me había considerado distinto. Que parte de ese algo de la lluvia sí que se me había quedado dentro, haciéndome mejor.

    Me acerque más y más. El pájaro no se movía. Al final lo tuve entre mis pies. Pero lo que vi me descorazonó. Aquel pájaro no podía volar; se había caído del nido. Tenía sangre en las alas. A todos los efectos, ya estaba muerto.

    No sabía que hacer. Me sentía miserable. Para mí no podía haber peor visión que aquella. Tenía que hacer algo, no podía abandonarlo allí.

    Intenté cogerlo, pero dio unos pasos y se volvió a parar. Me miró de nuevo, y esta vez me pareció que estaba asustado y a la vez necesitado. Pero ¿qué cojones podía hacer yo? Tenía delante el símbolo de mi propia tragedia y no se me ocurría ninguna solución. Realmente era horrible la sensación de impotencia. Ahora entendía que la gente llegase a suicidarse. Era como si la sangre se te convirtiese en veneno, sentías que todo era una mierda y que la culpa era tuya. Que en realidad todo estaba ya perdido. La única opción era abandonar. Nihilismo, suicidio, consultoría de forlayos.

    Lo intenté de nuevo y el pichón volvió a huir. Rodeó el árbol y se ocultó de mi vista. Pensé que si lo cogía le haría más daño. Mi presentación iba a empezar en breve. Me bloqueé y empecé a sudar tinta.

    Concluí que no podía hacer nada. Cosas así pasaban a cada minuto, era ley de vida. No era culpa mía. Además como llegase tarde a la presentación se iba a montar una buena.

    Dejé atrás el parque y entré al edificio. Lourdes estaba en su mesa, mirando su pantalla, con esos auriculares con micrófono incorporado. Pura realidad virtual. En ese momento no me hubiese importado ponerme un casco de VR yo también. Enchufarme a alguna realidad alternativa que me hiciese olvidar lo asquerosamente rata que me sentía.

    Entré al ascensor. De hecho, me parecía que había otra realidad de la que me estaba desenchufando para siempre. La del bosque y la lluvia. Aún me unía a ella una especie de débil cordón que las puertas del ascensor iban a cortar en dos segundos, dejándome solo en la realidad del cemento y el cristal, donde ya nada olía a esperanza.

    II.

    Le podían dar por culo al cemento. Puse el pie entre las dos puertas y volvieron a abrirse. Dejé mi café y mi necro-sándwich en la mesa de Lourdes. Salí del edificio y volví al parque. El pichón aún estaba detrás del árbol, inmóvil. Yo seguía sin saber qué hacer, pero al menos haría algo, que era mejor que nada.

    Me costó seis intentos y dos vueltas al árbol agarrar al pajarito. Me lo acerqué para verle las heridas y se me cagó en la corbata. Bien. Me dejaría la mierda ahí siempre. Hacía juego con mi empleo.

    Sentía una extraña mezcla de miedo y valor. Aquello estaba bien. El pichón se quedó quieto entre mis manos. Las manchas en las alas bien podían no ser sangre. Tenía que intentar limpiarlo.

    Con el reverso de la corbata froté aquello todo lo delicadamente que pude. El pájaro no se quejó; al parecer sólo era barro. Debía haberse manchado al caer.

    Pero no volaba. Ni siquiera intentaba mover las alas. ¿Tendría algo roto? Si no me lo llevaba de ahí, estaba condenado. No tenía otra opción: el pichón se venía a mi casa. Después ya veríamos.

    Necesitaba una caja. Lourdes me ayudaría. Entré a recepción, y la vegetariana coñazo se me quedó mirando con cara de espanto y me soltó:

    -Ni se te ocurra acercarme ese bicho asqueroso, seguro que tiene mil enfermedades.

    De puta madre. O sea, que no era una ecologista vegetariana. Era una gilipollas haciendo una dieta.

    -Lourdes, voy a llevármelo a casa. ¿Puedes darme una caja grande?

    A regañadientes sacó una caja vacía del armario de artículos de oficina y la puso en su mostrador. Cuando me acerqué con el pájaro, ella se apartó.

    Metí ahí a la pobre criatura, y le hice unos agujeros con un bolígrafo a la tapa. Cerré la caja.

    -Gracias. Por favor, llama a Paul y dile que no voy a poder estar en la presentación.

    Ella me miró asombrada. Salí de allí. En el mundo del cristal y el cemento se quedó una gilipollas a dieta de ensalada limpia-conciencias mientras yo atravesaba el parque con la corbata llena de mierda.

    Me puse la caja bajo el brazo izquierdo y con la otra mano saqué el móvil y llamé a mi amigo Rafa, que era de campo, a ver si tenía idea de lo que hacer.

    Le expliqué la situación, le describí al pájaro con la mayor precisión que pude.

    -Pues, por lo que dices, parece que simplemente es aún joven. Le calculo un mes, así que en dos o tres semanas, si no se muere de sed o de frío, podrá volar -dijo.

    Me tranquilizó. Era cuestión de que el pichón aguantara. Si se me moría en casa iba a ser un drama, pero al menos podría decirme a mi mismo que había hecho lo posible.

    Rafa había tenido docenas de pichones. Se morían con facilidad, me dijo. Me explicó cómo darle los cuidados básicos. Si Lourdes hubiera oído aquello, le hubiera dado un telele.

    -Te agradezco los consejos. Me has quitado un peso de encima. Mañana me voy a ganar una buena bronca, ahora tendría que estar en una presentación… ya me puedo imaginar al Monchito recochineándose…

    -Nada -respondió Rafa-, te llevas al pichón y que le saque los ojos al Monchito. Por cierto, que le podías llamar Rockefeller, no sé si me explico…

    -Jajaja, sí, lo acabas de bautizar. Bueno, te dejo, que estoy llegando al tren. Gracias otra vez.

    -De nada, hasta luego chaval.

    Colgué, y me reí un buen rato. Me sentía bien, me sentía parte de algo grande. Debía ser la tierra mojada.

    Una vez en casa me puse manos a la obra. Saqué a Rockefeller de la caja y lo dejé encima de mi mesa. Seguía inmóvil. Llené la caja con calcetines viejos, metí al pájaro de nuevo dentro, y éste se acomodó. Me miraba fijamente, pestañeaba con cara de interrogante.

    Salí a la calle y compré trigo. A la vuelta, Rockefeller estaba durmiendo. En mi móvil había cuatro llamadas perdidas. Lo apagué, me tumbé en la cama, puse Las cuatro estaciones y me dejé llevar.

    III.

    Desperté a media tarde y ya no tenía resaca. Era de puta madre poder dormir lo suficiente.

    El pájaro se había cagado repetidas veces en el improvisado nido. Ahí estaba, metido en su caja, asustado, hambriento, y lo único que tenía era su propia mierda. El perfecto desarrollador de software.

    Rockefeller tenía que alimentarse. Puse trigo mezclado con pan y agua en una taza, y se lo acerqué. Ni puto caso. Luego le acerqué un vaso de agua, y tampoco. Pues sí que estamos bien. ¿Y ahora qué?

    Recordaba como mi madre había sacado a Satán adelante. Lo habíamos encontrado en un desagüe, moribundo. Sus cinco hermanos de camada ya se habían ahogado. Aún tenía el cordón umbilical colgando. Mi madre siempre sabía lo que hacer, cómo y cuándo darle de comer; se lo pegaba al pecho para que se durmiese oyendo los latidos de su corazón…

    Lo sacó de la muerte y ahora pesaba cuarenta kilos y era una de esas pocas cosas que de verdad daban sentido a mi vida. ¿Cómo hacían las mujeres esas cosas? ¿Tenían una especie de voz interior que les decía qué hacer, o qué? Ellas tenían conexión directa con algún plano que yo desconocía.

    Rockefeller no tenía tecla de “HELP” por ninguna parte. Tampoco venía con un README ni con un HOWTO. Estábamos jodidos. El sudor frío me volvió a pegar la camisa al cuerpo.

    Tenía que beber, y según Rafa, si no sabía beber solo tendría que hacerle el boca a boca. En fin, en peores plazas habíamos toreado. Vamos allá. Me llené la boca de agua, cogí al pichón con una mano, y con la otra le agarré la cabeza y le metí el pico entre mis labios. Suavemente le insuflé agua dentro. Noté una pequeña lenguecita succionando.

    Repetí la operación tres veces más, luego escupí, me limpié la boca lo mejor que pude, y lo intenté con la comida. Cuidadosamente le agarraba la cabeza por detrás y con dos dedos le abría el pico. Con la otra mano le metía pedacitos de comida dentro. El pájaro se sacudía. A veces la comida se le salía y otras veces se la tragaba. Al principio temía romperle la cabeza, pero poco a poco perdí el miedo y me fue resultando mas fácil.

    Bebió y comió bastante. Pensé que acababa de hacer algo así como insuflar vida. Era una sensación milagrosa.

    IV.

    Al día siguiente, a las 8:05 Paul me llamó a su despacho. Me dolía haberle fallado. Era de los pocos jefes competentes de toda la empresa, si no el único. Sabía lo que hacía, sus estimaciones estaban basadas en su experiencia y no en una hoja de cálculo. De vez en cuando te encontrabas que había estado trasteando el código fuente y que había mejorado los objetos, llegaba el primero a la empresa y se iba el último, y cuando viajaba aprovechaba los vuelos para adelantar trabajo con el portátil. También sufría la conjura de los necios.

    Entré allí con la cabeza gacha. Su cara era un poema. La mía, supongo que también.

    -¿Qué te pasó ayer, Fuckowski?

    -Una emergencia. Siento haberte dejado todo el trabajo. Pero tenía que hacerlo.

    -¿Emergencia? No es eso lo que he oído.

    Vaya, la que no comía carne sabía sacar hígados.

    -Paul, asumo la responsabilidad. Si me vais a despedir o a expedientar, lo comprenderé.

    -Nada de eso. Ya sabes que valoro tu trabajo, y que por desgracia no puedo tenerte en todos los proyectos conmigo, como me gustaría. Pero ayer me sentí decepcionado. Quiero entender como fuiste capaz de abandonar tus obligaciones por un simple pajarito.

    -Precisamente, lo que hice ayer fue, creo, cumplir con mis obligaciones. Si no lo hubiese hecho, hoy me sentiría como el culo.

    -Tus verdaderas obligaciones son esas que están descritas claramente en tu contrato.

    -Paul, yo paso la mayor parte del tiempo aquí metido, y es fácil acostumbrarse a esa rutina. Pero a veces siento cosas

    -¿Cómo que “cosas”?

    -Mira, en mis últimas vacaciones pasé dos semanas en Suiza y dejé a mi perro en casa de mis padres. Nunca había estado tanto tiempo sin verme, y a la vuelta, cuando fui a por él, yo me esperaba su típica fiesta de bienvenida. ¿Y sabes qué hizo?

    -No.

    -Nada. No hizo nada. Vino hacia mí lentamente, se sentó a mis pies, y se me quedó mirando fijamente con una expresión de asombro tal, que el cabrón me arrancó las lágrimas. Su mirada casi quería decir ¿pero de verdad eres tú?. Luego ladró una vez, porque yo me había quedado paralizado, y cuando reaccioné y me agaché para acariciarle la cabeza, se pasó lamiéndome diez minutos. Me hizo sentir tan vivo, que pensé que la mayor parte del tiempo no soy más que un gilipollas congelado.

    -Ah, ya veo. Mira, todas esas cosas están muy bien, pero no sé qué tienen que ver con tu falta de ayer.

    -Tú bien sabes que no le tengo miedo al trabajo. Sudo mi miserable salario, curro entre cuarenta y sesenta horas, siempre ando metido en lo mío y apagándoles los fuegos a los demás. Pero todo esto lo hago por poder llenarme la nevera y pagar el alquiler, y así seguir disfrutando de una vida a la que sólo esas cosas dan algún sentido. Ayer salvé una vida. Eso da sentido a la mía. Si no lo hubiera hecho, estar hoy aquí sería simple y llana esclavitud.

    -Fuckowski, ¿no eres ya muy mayor para andarte preocupando por perritos, pajaritos, y todas esas mariconadas?

    -Pues mira, si el precio a pagar por ahorrarme estas preocupaciones es que mi Satán pase a ser simplemente “un perrito”, no me compensa.

    -Joder. Eres un idealista. Muy bonito, pero eso no funciona en el mundo real.

    Mierda. ¿Cuántas veces había oído ya eso? ¿En qué momento exacto de la historia el término idealista había pasado a considerarse despectivo?

    -Bueno, aquella señora negra que un día decidió sentarse en el autobús en los asientos para blancos, no pensó que el mundo real fuese algo inmutable. Comenzó la liberación de toda su raza.

    Aún quedaban muchos negros olvidados en alguna iglesia podrida del Harlem cantando desgarradas versiones Gospel del I still haven´t found what I´m looking for. Pero habíamos mejorado bastante.

    Paul me miraba como si yo hubiese perdido por completo la razón. Yo no lo entendía.

    -Fuckowski, te has equivocado de planeta.

    Por un instante pensé en bosques, en lluvia, en el mar rompiendo al pie de un acantilado, la fría arena de la playa en una noche de verano.

    -No puedo imaginarme un planeta mejor. Es sólo que está siendo invadido.

    -¿¡Invadido!? -ahí era cuando Paul ya constataba del todo que yo era un paranoico- ¿¡Invadido por quién!?

    -Por hombres pequeños y ciegos, con maletines y trajes, que siempre andan diciéndote cómo funciona el mundo real. Los peores tienen bigote.

    -Está bien, está bien. Creo que podemos dejarlo aquí. Por favor, que no se repita lo de ayer. Supongo que con el tiempo acabarás madurando.

    -Gracias, Paul. Intentaré que no se repita.

    Madurar. Frutas maduras. Frutas que se caen del árbol y se pudren en el suelo. Pocos días antes había ido a un concierto. Whitesnake, en una sala bastante pequeña. Tenía a David Coverdale a diez metros. Cincuenta y siete años tenía ya el hombre, y allí estaba plantado, con su inmensa sonrisa, cantándonos el Here I go Again, llenándonos de toda la energía que le sobraba. A su edad no parecía andarse pudriendo en el suelo. Yo de viejo quería estar así de joven.

    Toda mi vida había sido igual. Me desgañitaba exponiendo mis argumentos, mis ideas, mis sentimientos, y siempre se los cepillaban con una sola palabra. Idealista, inmaduro, mariconadas, romántico, loco. Parecía fácil menospreciar lo que nunca se había sentido.

    A veces hasta me hacían dudar. O yo de verdad estaba loco, o loco era simplemente el término a aplicar al que no vivía en una determinada realidad, definida por vete a saber quien. Los de los maletines.

    En ambos casos me importaba tres cojones.

    V.

    Rockefeller se hacía mas fuerte cada día que pasaba. Y con él, mis convicciones. El día de la presentación había hecho lo correcto. Seguía teniendo que darle de comer directamente en el pico, pero ya me iba costando menos. Se esforzaba, algo en su interior iba despertando. Quería vivir.

    Le tenía que limpiar la mierda del nido cada noche, para que no durmiera encima de ella. Hasta que un día, espontáneamente, aprendió a sacar el culo del nido y a echar su mierda fuera, en mi alfombra. Rockefeller ya era consultor.

    Cada vez era más fácil. Cuando tenía hambre o sed, me piaba. Casi parecía que se enfadaba. Estaba claro que para todo bicho viviente la comunicación era una necesidad vital.

    Una mañana, me despertó un batir de alas. El pájaro había volado hasta la otra punta de la mesa, se había posado en el filo de la taza del trigo, y estaba devorando los granos con avidez. Y al minuto, como el que no quiere la cosa, dio unos pasos hasta el vaso con agua, metió la cabeza dentro y empezó a beber.

    Fue sublime comprobar que los que los seres vivos llevamos cosas aprendidas dentro, cosas que no hace falta que salgan por la tele, ni que nos las escriban en contratos. Sólo hay que esperar a que afloren, y luego aguantar el chaparrón del menosprecio social y tirar para adelante.

    Y una tarde, al volver del trabajo, me encontré un extraño cuadro en mi habitación: Rockefeller se había cagado en el nido, en la taza y en el vaso, había volado hasta la ventana y estaba picoteando el cristal.

    Me recordó a mí mismo. Estaba listo para largarse.

    El sábado por la mañana, cerré la caja con Rockefeller dentro y me fui al parque central. Un silencio tan triste se apoderó de todo, que lo tuve que llenar con un LP de Vicente Amigo.

    Camino del parque iba aterrorizado. ¿Sabría arreglárselas sólo? Parecía fuerte. ¿Y si se moría de frío? ¿Y si me lo quedaba en casa para siempre?

    No. Aseguraría su supervivencia pero le robaría su verdadera vida. Un delito.

    Estaba claro lo que tenía que hacer. Recorrí el parque buscando algún sitio apropiado, donde pudiese refugiarse del frío, y donde hubiese palomas cerca para que se uniese al grupo.

    Encontré el lugar idóneo entre unos arbustos, frente a un banco. Saqué a Rockefeller de la caja y me lo puse en el hombro. Anduve hasta una papelera, y tiré la caja. Rockefeller me picó una oreja.

    Paseé por allí largo rato. Finalmente, el pájaro saltó. Dio un vuelo corto y aterrizó entre los arbustos. Me senté en el banco a esperar. Pero no se movía. No hacía nada. Tenía ante sí un mundo sin ventanas y no hacía nada.

    Rockefeller parecía estar muy asustado. Llamé a Rafa de nuevo y le expliqué lo que pasaba. Su consejo fue muy clarificador:

    -No te preocupes, pasa como con las personas. Ahora no hace nada, pero cuando empiece a pasarlas putas ya espabilará…

    Gran sabiduría la suya. Pues nada, a esperar. Yo miraba a Rockefeller, él me miraba a mí, y Vicente Amigo lloraba dulces escalas menores en un trémolo.

    Por un momento cerré los ojos y no hubo más que una escala menor que lo bañaba todo de melancolía. Luego un Fa grave en suspenso y finalmente, para mi sorpresa, un fuerte golpe a un Mi mayor que cambió el sentido a toda la escala. Se hizo el silencio, abrí los ojos, y Rockefeller ya no estaba.

    Me fui de allí con la sensación de que había pasado algo que no alcanzaba a comprender.

    Y volví a ser un gilipollas congelado algunas semanas más. Luego a Paul le dio un infarto.

    VI.

    Aquella habitación de hospital olía a muerte y a desesperanza. Paul estaba tumbado en la cama. Era una mañana nublada y gris. Llovía barro y polvo.

    -Me recuperaré, no ha sido demasiado grave. Sólo un susto -me dijo.

    -Sí, susto el que nos has dado a todos, tío. Pero vamos, ¡bicho malo nunca muere! -yo no sabía muy bien qué decir en estas situaciones, así que me decantaba por trivialidades.

    La mujer de Paul había ido a comer. Estábamos solos. La vida podía ser una gran putada.

    -¿Vas a volver? -pregunté.

    -Claro. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

    Yo no lo sabía. Pero estaba seguro de que no quería sufrir un infarto a los cuarenta.

    Entonces sucedió. Una paloma se posó en la cornisa exterior de la ventana. Estaba sucia de polvo y barro. Seguro que no era Rockefeller, pero el hecho de que perfectamente podría haberlo sido me llenó el alma.

    Estaba quieta. Miraba al cielo. De pronto, por un claro entre las nubes se coló el sol. Por un instante todo se iluminó en un húmedo dorado.

    La paloma se sacudió la mierda de un golpe, y echó a volar.

    Mientras la veía perderse en el infinito lo entendí. Un golpe. Bastaba un solo golpe para quitarse la mierda de encima. De un golpe una escala menor se convertía en mayor, desaparecía la melancolía y todo se iluminaba.

    El golpe era esa última palabra. La voluntad. Todo podía cambiar.

    Miré a Paul, pero parecía habérselo perdido. Pensé en explicárselo, pero ya sabía lo que me iba a contestar: mariconadas.

    Joder. Yo lo entendía y Paul no. ¿Y si me había vuelto gay?

    Tenía que comprobarlo.

    -Ahora vengo -dije.

    Salí de la habitación y me puse a deambular por los pasillos sin saber muy bien lo que andaba buscando. ¿Cómo verifica uno su tendencia sexual?

    Doblé una esquina y paré en seco. Una enfermera imponente con un culo que parecía estar hecho de pura roca se aproximaba a un mostrador de información. Me escondí detrás de la esquina y me quedé mirando de reojo.

    La mujer se puso a hablar con un celador sin ser consciente de que el culo podía reventar su blanca minifalda en cualquier momento. Se agachó a firmar unos papeles y yo no pude remediar echarme la mano al paquete. La costurilla de la falda se le abría. Yo me frotaba la bragueta. La cosa se me puso bastante dura.

    -Es usted un enfermo -me dijo una señora gorda que salía del ascensor.

    -Señora, esto es un hospital, ¿qué esperaba?

    Me largué de allí erecto y ruborizado. La vida era bella.

    Volví a la habitación, me despedí de Paul, y salí del hospital. Paseé despacio. Respiraba profundamente. En la rama de un árbol vi pájaros posados. Eran David Coverdale, Vicente Amigo, Charles Bukowski. Y todos eran Rockefeller.

    Había gente que escribía, cantaba, tocaba flamenco, pintaba cuadros. El motivo era muy simple: la vida estaba llena de cosas que valían la pena. Siempre nos lo andábamos recordando unos a otros, pero había que saber escuchar.

    Yo no iba a tener un infarto a los cuarenta. De hecho, iba a tener un orgasmo a los veinticinco. ¿Cómo? Pues no lo sabía muy bien. Pero al menos iba a hacer algo, que era mejor que no hacer nada.

    Quizá escritor, quizá músico, quizá actor porno. Puede que incluso informático, pero de los de verdad. O a lo mejor todo a la vez. Para empezar volvería a la facultad a terminar la carrera. Me quedaba poco pero nunca había tenido tiempo. Luego ya veríamos.

    VII.

    Volví al trabajo y escribí mi primer relato corto. Empezaba así:

    Estimado señor,

    por la presente comunico mi renuncia al puesto de “Desarrollador Senior” que en la actualidad desempeño, haciéndose ésta efectiva en el plazo de cuatro semanas…


    El resto era un poco ciencia ficción, pero tengo que reconocer que me quedó de puta madre.

    Lo envié a RRHH. La noticia se corrió como la pólvora. A la hora del almuerzo muchos se acercaron a preguntar.

    -¿Es verdad eso? ¿A dónde vas?

    -Pues no lo sé. Simplemente me voy. Quiero hacer otras cosas. Viajar. Ver mundo.

    -¿Y a estas alturas lo vas a dejar todo?

    ¿Todo? ¿Y qué era todo? ¿Un nido lleno de mierda y un vaso con agua? Pero no lo entendían. A la mayoría aún le daban de comer directamente en el pico.

    -Pues sí. Voy a acabar la carrera, y en unos meses me largaré al extranjero.

    -¿Y si no encuentras trabajo?

    -Seguro que lo encontraré.

    -¿Seguro? Tú no puedes estar seguro.

    -Joder que no. Solo hay que mantenerse firme y dar el golpe en el momento adecuado.

    -Se te ha terminado de ir la pelota, macho…

    Podía ser. Pero la cosa es que en mi puta vida me había sentido mejor. Notaba como algo en mi interior crecía, se desplegaba, desde muy dentro, y poco a poco se iba extendiendo hasta mis brazos y mis piernas. Era mi verdadero yo, que volvía. Había sido enterrado, a empujones: la vida no es así, idealismo, tú no puedes, tú no puedes, tú no puedes…

    Pues mira tú por dónde, yo sí puedo. Cojones, ¡cómo me había echado de menos a mí mismo!. Me sentía como justo después de afeitarme, ducharme, comer bien, tomar unas cervezas y echar un polvo.

    No, más bien era como si en ese mismo instante estuviera echando un polvo. ¿Sería eso estar vivo?

    La última hora de trabajo la dediqué a escribir la historia de Rockefeller. La imprimí y la releí. Necesitaba retoques, pero al menos no era papel mojado. Un poquito de belleza había quedado allí capturada.

    Doblé las hojas, me las metí en el bolsillo de atrás del pantalón y me encaminé a la salida.

    Andaba deprisa. No me había dado cuenta de que estaba sonriendo. Bajé en el ascensor. Se abrieron las puertas. Con la mano le dije adiós a Lourdes, que estaba inmersa en su realidad virtual.

    Aquel cordón que una vez había estado a punto de romperse, tiraba de mí con fuerza.

    Salí a la calle. Brillaba el sol. Me sentía ligero, muy ligero. Me había quitado toda la mierda de encima. Eché una última mirada al cristal y el cemento.

    Y luego, amigos, eché a volar.

    06 de diciembre de 2004

    “Plantez la graine de l’avarice dans la fertile terre de la stupidité et vous obtiendrez la belle fleur de la merde”.
    (Confucius)

    Tout commence avec un délire de grandeur d’un nain mental qui a toujours envié tout ce qu’il ne méritait pas. Peut-être un complexe d’infériorité chronique, peut-être avoir vécu à l’ombre d’un grand frère à qui tout réussissait, ou alors trop de télévision. Toujours est-il qu’un jour fatidique arrive ou notre nain mental, avec beaucoup d’efforts, obtient une licence. Ce soir-là, il monte sur une colline, diplôme en main, le rouge crépuscule dans son dos, lève les yeux et crie au ciel:

    “Avec Dieu comme témoin, je jure qu’un jour je serais quelqu’un !!… Avec Dieu comme témoin, je jure qu’un jour je donnerais des conférences!!…Avec Dieu comme témoin je jure qu’un jour j’aurais une armoire pleine de costumes d’Armani!! Avec Dieu comme témoin je jure qu’un jour, je boirais le café avec un président!!”

    Alors se produit le miracle de la métamorphose, mais à l’envers. Dans ce cas un frêle papillon meurt et une grosse chenille gluante naît. Souhaitons la bienvenue à Monsieur Don Capullo(1), visionnaire, entrepreneur, directeur. Une cravate, un peu de gel, un attaché-case noir avec fermeture dorée, un balai dans le cul. Un déséquilibre dans le système vient de naître: l’alter ego Don Capullo achètera des choses que Nain Mental ne pourra pas payer. Et jusqu’a ce que quelqu’un s’en rende compte, des dettes seront crées. Des dettes que nous devrons payer.

    Don Capullo est un type très culte. Il a lu cette oeuvre d’art de la littérature universelle, “qui m’a volé mon fromage?”. Ça lui a pris du temps, mais il a compris le message: pédé le dernier, et celui qui arrive derrière, qu’il fasse avec. Don Capullo veut le fromage. Où est à l’heure actuelle le fromage? Sur Internet. La graine en forme de modèle de commerce a été plantée dans l’attaché-case noir. La fleur de la merde ne se fera pas attendre. Smoke Solutions est né, que la représentation commence!

    Le pas suivant c’est monter la scène. Il faut louer une cage pas chère dans n’importe quel zoo technologique et il faut déposer un nom de domaine aguicheur, quelque chose qui suggère expansion, valeur, futur, en définitive “nous somme encore petits, mais bientôt nous allons doubler votre investissement”. Il est recommandé de lui donner un air impérial (Rome, ou alors l’Egypte) qui suggère grandeur culturelle et un nuage anglo-saxon qui suggère nouvelle technologie. Entelequisys, Intelectis, Singergius, Keopsolutions, Evolucius, Netsupreme… les combinaisons sont infinies.

    Maintenant il faut les acteurs. L’acteur idéal est celui qui croit réellement en son rôle. Les petits poussins fraîchement sortis de leurs coquilles et les vieux corbeaux malades sont les profils idéaux. Don Capullo va s’entourer d’adeptes et leur racontera sa vérité : «Je suis le fils du futur, j’ai vu la lumière du demain. Celui qui croira en moi découvrira la vie éternelle. Mais vous devrez avoir foi et ne jamais succomber à la tentation.» C’est-à-dire, tant qu’on va croire au conte de fée, on va avoir un emploi à vie (ha, ha), et que si un jour quelqu’un affirme «ce type n’est qu’un nabot mental et un comédien» on va le condamner au bûcher. C’est le démon qui apparaît sous la forme d’un programmeur qui se croit intelligent. C’est l’ange déchu, qui veut arriver plus haut que dieu.

    L’histoire nous montre l’effectivité de ces structures basées sur le «on change le pain et la consolation par la foi aveugle». Quelques unes durent déjà depuis deux mille ans.

    Arrive le grand jour de la première. Tous les acteurs connaissent leur rôle, qui a été repartit en Power Point, et ils l’adorent. Celui qui à acheté le switch est l’expert en réseaux intelligents, celui qui a mis en marche le serveur l’expert en déploiement de projets distribués, celui qui a mis le “s” derrière l’http notre expert en sécurité de l’information, celui qui a inclus “encoding=UTF-8″ dans l’XML notre expert en internationalisation, et celui qui a écris le JSP de mille lignes sans un seul include ou usebean, notre gourou Java. Trac. Le rideau se lève. Le public, les possibles investisseurs, remplissent la salle. Les lumières s’éteignent, le projecteur s’allume. F5, commencer présentation.

    Pendant deux heures nous nous promenons dans le demain. Automatisation, intelligence artificielle, navettes spatiales. Téléphones mobiles avec vidéoconférence holographique en 3D. Télé transporteurs dimensionnels. On va vous positionner dans le futur. On va vous rapprocher de vos clients. On va vous éloigner de votre concurrence. Encore mieux, on va désintégrer votre concurrence ! On va vous mettre dans le lit de vos clients ! On va doubler, tripler, MILLIONIFIER VOTRE INVESTISSEMENT ! JUSQU’OÙ VOULEZ VOUS ARRIVER?

    Fin de la représentation. Applaudissement, larmes d’émotion. Quelques investisseurs se frottent déjà les mains. On dit que l’assesseur financier d’un président qui veut investir les fonds publics pour améliorer la qualité de vie de son pays est là incognito, seulement en échange d’un paquet d’actions au nom de son beau-frère, qui va dévier le cinq pourcent de l’investissement à des mains amies au même instant de sa sortie en bourse (on n’est jamais contre une petite îles aux caraïbes ; ce sont les petits plus qu’offre le fait de sacrifier sa vie pour autrui et le bien-être de son peuple).

    Avalanche de questions. De quelle couleur vont être les navettes spatiales? Platine avec des nervures dorées. Quelle portée auront les télé transporteurs? D’un bout à l’autre de la planète en une nanoseconde, en combinant les super cordes et les trous noirs. Quelle autonomie auront les mobiles holographiques? Illimitée grce à la fusion froide. Et comment allez-vous faire tout ça? demande quelqu’un. Silence gêné. Les petits poussins et les vieux corbeaux regardent Don Capullo, qui se lève avec son meilleur sourire d’auto complaisance et leur parle des synergies, des convergences, David et Goliath, les pyramides, Apple et le garage de Steve Jobs, Yahoo et la camionnette de Jerry Yang et David Filo. La graine est là -il pointe son attaché-case- il faut juste l’arroser.

    Et voilà, presque comme si de rien n’était, on a cinquante millions d’euros dans un compte des îles Caïman. Maintenant il faut faire preuve d’ingéniosité et commencer à bien arnaquer. Il faut justifier chaque pincée prise au sac, alors il faut de l’imagination. Le premier canal de détournement de fonds c’est le salaire (vous me direz si 8.000 euros nets par mois n’est pas un salaire excessif pour un simple balai truffé de gel). Mais on s’habitue vite au salaire, la maintenance de la Mercedes est chère, et la villa dans la montagne n’est pas donnée. Il arnaquer plus, et mieux.

    À ce moment on utilise la méthode facile, le donuts égyptien. On sort les donuts (ces cinquante millions d’euros des Caïmans), et des plein d’amis sortent de nulle part(2). Un ami qui te fait un software, un autre qui te vend le hardware, et un troisième qui te décore le bureau.

    Alors on se met et position égyptienne et pendant qu’avec une main on caresse le dos à notre nouvel ami, avec l’autre on choppe la commission en noir. Si les commissions sont trop petites, on peut toujours s’acheter soi-même moyennant des entreprises fantômes au nom du cousin Eustache. Exemples pratiques : projet de décoration de bureau (une tableau et deux pots de fleurs), douze milles euros. Système de CRM (une base de donnée Access faite en une heure) cent mille euros. Et on continue.

    Pendant quelques temps la vie est merveilleuse. On donne des conférences, on porte des costumes d’Armani, on prend le café de temps en temps avec le président. Escapades à la montagne, aux caraïbes, balades en décapotable. Voilà un triomphateur. Mais les donuts ne se multiplient pas. Un jour, quelqu’un se gratte la poche et demande : «où sont mes millions?». On commence à tirer du fil et on arrive à la pelote : l’attaché-case. Montrez vos cartes, monsieur Don Capullo. Ouvrez l’attaché-case.

    Don Capullo convoque une macro réunion. Employés, assesseurs, directifs, investisseurs. Même le cousin Eustache est là. La boîte de Pandore va s’ouvrir. Don Capullo monte à l’estrade, dépose l’attaché-case devant un ventilateur de dimensions considérables, marque la combinaison, et l’ouvre.

    Tout le monde est noyé par la merde. Les têtes tombent, les sanctions volent, les dénonces sont légions. Ceux qui finissent le plus mal sont les poussins, leur rêve d’experts-en-dérivation-de-forloies est fini. Dans la prochaine entreprise il faudra revenir sur Terre, apprendre à coder, et transpirer sec. Certains ne s’en remettent jamais.

    Une fois le cirque est démonté et la tempête est passée, il faut récupérer le fric. Don Capullo se cramponne au trop connu «Tatata, tout investissement est un risque», et se lance à nouveau dans le fromage, peut-être dans le brevet des gènes. Alors c’est comme toujours. On informe la presse du classique «CRISE DANS LE SECTEUR», «L’ÉCONOMIE ENTRE DANS UNE NOUVELLE PHASE RÉCESSIVE», «ÉTAPE DE MÉFIANCE», etc. Si l’investisseur était une banque : on baisse les salaires et on monte les intérêts. C’était une entreprise téléphonique : on baisse les salaires et on monte les prix des communications. Nous, on est baisés comme d’habitude, avec le chantage habituel : on se serre la ceinture ou on ferme l’entreprise.

    Il y a un cas extrême : quand il s’agit des fonds publics d’un pays et que l’arnaque est à grande échelle, la fleur de la merde est arrosée en abondance et finalement il donne ses fruits : les casseroles.

    _______
    (1) NdT : Capullo en espagnol veut dire chenille, mais aussi, plus vulgairement, gland
    (2) NdT : référence a une pub espagnole : «sacas los donetes y te salen amigos de todas partes»

    Traducción:
    Leo Lozes [mail]

    04 de diciembre de 2004

    Il y a quelque temps je revenais du boulot en train, en méditant sur les différents aspects transcendantaux de mon existence (en quoi me suis-je trompé, d’ou peuvent bien sortir tout ces incompétents, quelle odeur peut bien avoir une ressource humain …) quand j’interceptais une conversation des sièges d’à côté:

    - Alors, c’est allé comment votre année fiscale?

    - Pas mal du tout, on a facturé presque un 15% de plus que l’année d’avant.

    - Nous on a maintenu le taux de croissance.

    Les voix venaient de derrière deux exemplaires de journaux d’économie. Tiens -pensais-je- voilà donc deux grands directeurs. Comme ceux qui parlent de millions d’euros comme qui parle d’aller se faire une petite bouffe, comme ceux qui décident aujourd’hui les tendances des marchés du demain, comme ceux qui…

    - Bon, à plus Javi, moi je descend ici, je vais à mes cours de badminton.

    - Allez, a la prochaine Fran…

    C’était deux gamins enfouis dans des costumes trop grands pour eux. On voyait encore les restes d’acné. Leur cartes d’identification disaient: Javier Maneras, Bibiandersen Consulting(1) Junior Consultant; Francisco Minglanillas, Teddybear Point, Junior Consultant. Javi sortit du train. Dans une main son journal financier, dans l’autre un sac avec son yogourt liquide et une poire. Il se perdit dans la foule, en marchant avec cette rectitude caractéristique de l’employé satisfait d’une grande multinationale, comme s’il avait un balai dans le cul. Minglanillas reprit la lecture de sa feuille de chou avec un demi-sourire du genre “tss … voyons ce qu’il ont écrit aujourd’hui … mais bon, je le sais déjà sûrement…”

    On a facturé. Nous. La corporation. Il n’y a plus de moi, il n’y a plus que nous. Le pluriel corporatif. “Je bosse, tu bosses, il empoche, nous facturons, vous facturez, ils se tapent la belle vie”. Et tout le monde est content. Comment font ces grandes compagnies pour avoir la majorité de ses employés qui bossent sans heure de sortie, souvent de lundi à dimanche, avec des salaires initialement misérables qui augmentent nettement plus lentement que le stress, et malgré tout auto-satisfaits, corporativisés et minéralisés? Drogues, hypnose? Traitement Ludovico, chambre 101?

    Non. Ça n’est pas nécessaire. Il faut juste appliquer le principe de la corporation américaine: traiter l’employé comme si c’était un client. Et comment traite-t-on le client? Allumons un instant le téléviseur: “avec votre mobile Cadena aujourd’hui vous êtes un peu plus libre … Briquets Immolator, l’étincelle de votre vie ...”

    Effectivement. On traite le client comme si il était con; l’employé, aussi. Et ça marche. Ça marche merveilleusement bien.

    Vendredi, 8:45 AM, Bureaux de Teddybear Point Consulting. Directeur technique au téléphone avec un client.

    [directeur] DES TABLES!!? Non, non, nous n’avons pas de tables. Si vous voulez des tables, allez à Ikea. Nous on offre des surfaces quadrupèdes de déploiement et exploitation compatibles dot NET et J2EE, avec système de synchronisation de filostres et dérivation de forloies(2). Vous n’avez pas besoin d’une technologie aussi pointue? Ça n’est pas l’avis de votre concurrence. Vous ne savez pas ce qui vous attend dans le secteur… croyez-moi, nos dernières analyses indiquent que dans trois mois tout modèle de commerce qui ne contemple pas la dérivation de forloies dans ses surfaces quadrupèdes va être considéré désuet. Vous ne voulez pas finir comme ça, non … oui, oui, exactement … considérez ça comme un investissement à moyen terme. Investir dans les forloies, c’est se positionner sur le marché du demain. Pour lundi? Oui, pas de problème, je vous envoie notre meilleur analyste … d’accord. À bientôt.

    Il raccrocht et actionnt l’interphone:

    [directeur] Maika, bonjour, s’il te plait, appelle-moi un junior au bureau avec l’heure d’overtime à moins de 15 euros. Oui, tout de suite. Merci.

    [mégaphone] Monsieur Francisco Minglanillas, monsieur Francisco Minglanillas, on vous attend au bureau du directeur…

    Fran sortit de son cubiculum, se remit le noeud de cravate en place et s’introduisit son meilleur balai. Cinq minutes après il entrait dans le bureau du directeur, qui l’attendait avec les bras ouverts et un grand sourire de dents pointues.

    [directeur] Monsieur Minglanillas! Asseyez-vous … Une grande occasion s’offre à nous, et on a tout de suite pensé à vous. C’est un projet de surfaces quadrupèdes.

    [Minglanillas] Filostres et forloies?

    [directeur] Excellent. Nous savions que vous étiez le candidat idéal. On va vous demander un petit sacrifice, monsieur Minglanillas. Le projet doit être prêt pour lundi.

    [Minglanillas] Comptez sur moi.

    [directeur] Excellent. Nous savions que vous vous montreriez à la hauteur. Considérez votre effort comme un investissement à moyen terme. Les experts en forloies d’aujourd’hui sont les analystes du demain.

    [Minglanillas] Une question: tout projet de surfaces quadrupèdes requiert une logistique initiale. Elle est prête?

    [directeur] Ah oui. Les tables. Achetez-les cet après-midi à Ikea.

    Minglanillas sortit du bureau en se répétant mentalement: “Analyste, analyste, analyste…” Il avait une érection. Il chercha un moment sur Internet et téléchargea deux fichiers .pdf: “Filostres in a Nutshell” et “L’odeur d’une forloie”.

    ________________

    (1) NdT : Bibi Andersen est un acteur travelo assez connu.
    (2)NdT: Filostros y forlayos en espagnol. Non, ça ne veut rien dire non plus.


    Traducción:
    Leo Lozes [mail]

    21 de noviembre de 2004

    I.

    Mi cuerpo y mi mente estaban encerrados en mi cubículo documentando una arquitectura Java que había creado, en ratos perdidos entre parche y parche, para intentar no perder más ratos parcheando. Mi espíritu lloraba por salir de allí, e ir hacia el este a contemplar los anillos de humo entre los árboles.

    And it makes me wonder…

    Pero siempre que me ponía Stairway to heaven en el mp3 había algún indeseable deseando joderme la parte del solo. Esta vez fue Roberto, la rata. Me golpeó en el hombro, me giré, y me encontré con su plástica sonrisa autosuficiente. Me quité los auriculares.

    -¡Fuckowski! ¡Que te está sonando el teléfono!

    -Eh… gracias.

    Cogí la llamada. Era la secretaria, para informarme de que mi mentor (ese individuo cuyo trabajo consistía en pintar la mierda de rosa) quería hablar conmigo.

    -Vale, subo en cinco minutos.

    Colgué. La rata me habló:

    -¿Vas a erre hache? -le gustaba hablar con siglas. Así si alguien le preguntaba qué era erre hache, podía darse el gusto de gritarle ¡Pues Recursos Humanos, hombre! y reír a carcajadas y alimentar un poco sus delirios de superioridad intelectual. En realidad el concepto no importaba, sólo saberse las siglas. Él pensaba que inteligencia y memoria eran lo mismo. Como todos los tontos.

    Si tenías que hacer un juicio rápido sobre alguien con quien ibas a tener que trabajar, podías aplicar una sencilla regla: a más siglas, más incompetente.

    -Sí, en cuanto suba esto al servidor -le dije.

    -Vale, voy contigo.

    Yo le llamaba la rata por dos razones. Una, por su nariz respingona y esos dos dientes de roedor sobresaliendo de su insufrible sonrisa. La otra, por su actitud. Era de esos que, en el retorcido laberinto de la sociedad de consumo, vivían tan a gusto en algún agujero infecto que decoraban con pedacitos de sus propios excrementos, y cada día a la misma hora salían a buscar desperdicios, los clasificaban y ordenaban meticulosamente, y los atesoraban en sus oscuras madrigueras.

    Había muchas personas rata. A la mínima oportunidad aprovechaban para contarte con todo detalle cómo ellos siempre eran los primeros en encontrar desperdicios, cómo se quedaban con los mejores pedazos, cómo se sabían cada atajo y cada resquicio del sistema. También acostumbraban a hablar largo y tendido sobre su museo de excrementos. Parecían felices.

    Las ratas subsistían bien en el laberinto, estaba hecho a su medida. El problema era que no podían elevar su cabeza sobre él, sólo podían verlo desde dentro. Era su mundo. Yo no tenía alma de rata, tenía alma de pájaro. De pájaro triste de alas desperdiciadas. El sistema siempre me había producido claustrofobia; iba a echar a volar a la primera oportunidad que tuviese. Lejos, bien lejos. Ya había dado algún que otro vuelo y había podido contemplar el laberinto desde arriba. No era más que una caja negra poblada por una colonia de ratas, que consumía recursos y acumulaba mierda. Una caja negra destructiva y contaminante, que hacía rico a algún hijo de puta que vivía lejos de ella. Y encima, por si las ratas se le cabreaban, les había escrito un libro explicándoles que protestar es de idiotas infelices, que lo inteligente es callarse y seguir buscando desperdicios. La biblia de la rata feliz.

    ¿Quién se ha llevado mi queso? Fácil. Un hijoputa retorcido. Pero de esto no se podía hablar con las ratas. La luz les hacía daño.

    Subimos a recursos humanos. Dos pisos le bastaron a Roberto para contarme su plan con pelos y señales. Iba a solicitar que le redistribuyesen la nómina, quitando aquí y poniendo allí, aumentando las dietas de locomoción, para pagar un 2% menos de impuestos y blablabla…

    Era bueno manejando desperdicios.

    -¿Qué te parece, Fuckowski?

    -No sé, yo soy un águila imperial.

    -¿Y en qué estás ahora, águila? -él pensaba que yo estaba pirado. Igual tenía razón.

    -Un portal inmobiliario. J2EE.

    -Ya veo, ¿has usado GLAS?

    -Pueees, no.

    Acrónimos, más acrónimos. Ni puta idea de lo que era GLAS, pero no le iba a dar el gusto de preguntárselo. Cualquier día iba a mandar a Roberto a tomar por C.

    -Deberías considerarlo, la curva de aprendizaje es mínima y reduce tiempos.

    Él se sentía superior a mí. Yo me sentía de una naturaleza distinta a la suya. No había conflicto posible.

    II.

    Entré al despacho del mentor, esa habitación a la que llegabas contando que te estaban dando por el culo y salías convencido de que la empresa estaba combatiendo tus hemorroides. Estaba preparado para mi ración de pintura rosa.

    -Buenas tardes, Sr. Fuckowski, siéntese por favor. ¿Va todo bien?

    Pues parece ser que no, a juzgar por esa sonrisa de judas.

    -Hola, sí, sin novedad.

    -Bien, bien. ¿No va a ir el sábado a la cena de la comunidad?

    Ah, copón, que era eso.

    -No…

    -¿Por algún motivo en concreto?

    ¿Qué tal “ya tengo una vida en otra parte”?

    -Pues no, nada en especial, tengo otros planes. Es que es en sábado.

    Demasiada tortura era estar encerrado en la caja negra de lunes a viernes.

    -Nos lo vamos a pasar muy bien…

    Sí, sí. Comeremos, beberemos, reiremos… desfilaremos y cantaremos canciones corporativas. Luego repartirán puros y billetes de 500 para todos.

    -Ya, no digo que no, pero es que no me van mucho estas cosas.

    -Fuckowski, el no tomar parte en actividades de grupo perjudica su imagen…

    -Ah. ¿Y que tal la jornada de veintidós horas seguidas del viernes pasado? ¿No compensa eso un poco?

    -La empresa no tiene la más mínima duda acerca de la calidad de su trabajo, señor Fuckowski. Es una simple cuestión de actitud. Tiene usted un brillante futuro en ésta compañía.

    Sí, y un presente más negro que los cojones de un grillo.

    -Bueno, de eso no estoy tan seguro. Entré en condiciones infrahumanas con la promesa de una “carrera profesional”. Pero mis responsabilidades crecen a pasos agigantados, y mi salario tan sólo un poco más rápido que el IPC. O sea, que entré muy mal y cada vez estoy peor.

    -Debería usted darle una oportunidad a la gente.

    Eso es salirse por la “tan-gente” y lo demás son gaitas. No podía explicarle a él que yo no la tenía tomada con toda la gente, si no con la que todavía quedaba allí. La empresa llevaba funcionando 5 años. Todos los buenos ya se habían largado. Yo llevaba allí trece meses y a veces pensaba en el suicidio. Los que quedaban, parecían felices. Estaban completamente locos.

    -No es la gente. A mí me gusta vivir a mi manera.

    -Tendría que considerar adaptarse un poco a su entorno, le reportaría más de una satisfacción.

    Por supuesto. La satisfacción del conformismo. La aceptación del rebaño. El NO de la razón consolado por el SI de los tontos. Ni pensarlo.

    -¿Puedo seguir diciendo que no?

    -Ah, tiene usted un perfil difícil…

    Ya estamos con la historia de los perfiles. Nos contaban una mentira, y nos clasificaban según la posición que adoptábamos dentro de ella. El emprendedor, el conciliador, el motivado, el comepollas.

    Yo no tenía perfil. Yo afirmaba que todo era mentira y me sorprendía que los demás se lo creyesen. Al tiempo todo reventaba, y las ratas en vez de aprender de sus errores simplemente se iban a buscar otra mentira metida en caja negra con desperdicios para todos, y vuelta a empezar. Aún tendríamos que ver varias guerras mundiales.

    Quince minutos después ya empezaba a sentirme mareado. Parecía que los cursos de mentoring estuviesen diseñados específicamente para darle la brasa a la gente como yo. Al final cedí por puro agotamiento.

    -Bueno, me pasaré -dije.

    Iría, me emborracharía a costa de la empresa y comprobaría una vez más por qué quería largarme de allí.

    Salí de aquel despacho untado de pomada hemorroidal, bajé a la cantina y me serví un café. Era casi la hora de salida.

    De camino a mi cubículo me crucé con Libertad. Su nombre era lo que yo buscaba en la vida. Ella bien podría ser lo que yo buscaba en una mujer, si es que lo sabía.

    -¿Qué tal, Lib? ¿Vas a la cena del sábado?

    -¡Hola! Sí, iré, no tengo planes.

    -Vale, allí nos veremos. Me voy a recoger mis cosas…

    Lib y yo habíamos salido varias veces. Era probable que cualquier día empezásemos una relación seria, pero por alguna razón nunca nos habíamos sentido obligados a ello, lo que hacía único cada uno de nuestros encuentros.

    Recogí mis cosas, y antes de apagar mi PC me metí en la Intranet y busqué “GLAS”:

    GLAS. Ground Level Architecture System
    Framework J2EE de bajo nivel. Know how: Fuckowski.
    Desarrollo interno. En fase de documentación. Funcionalidades: encapsulamiento de acceso a datos, integración con http, validación de formularios, parseo de XML.
    Observaciones: Curva de aprendizaje mínima. Reducción de tiempos de desarrollo.

    Mi arquitectura. La rata me había chuleado con mi propia arquitectura, porque yo no sabía como coño la habían bautizado. Tenía cojones la cosa.

    Algunos brillaban con reflejos del talento ajeno. ¿Sería eso el “valor añadido”?

    III.

    La cena. Todavía no habían llegado los primeros platos, y Lib y yo ya estábamos medio borrachos. Ella era mejor con la gente que yo; al menos tenía paciencia para escuchar. Yo me limitaba a quedarme ahí, observando, preguntándome por qué yo no sentía el impulso irrefrenable de contarle a todo el mundo cuántos canales de TV tenía en casa, cuántos cajones tenía mi congelador, cuántas capas tenía el papel con el que me limpiaba el culo.

    No tenía televisión por cable, mi congelador siempre había estado vacío, y normalmente me limpiaba el culo con los análisis funcionales de Monchito.

    Para cuando acabó la cena llevaba unos tres litros de cerveza encima. Lib era atractiva, pero a esas alturas estaba del todo irresistible. El personal del hotel abrió el bar y nos indicó que teníamos barra libre.

    Pasamos al bar, y yo me fui directo a por dos gin-tonics. Cuando volví, Lib charlaba con Roberto, o más bien ella prestaba atención al monólogo de él. La rata sostenía un papel con una mano, y con la otra le señalaba algo a Lib:

    -Y aquí me voy a hacer un despacho, para cuando me lleve trabajo a casa…

    Le di a Lib su cubata.

    -Voy al servicio, ahora vuelvo -dije.

    Exposiciones del museo de la mierda no, gracias. Fui al WC, me miré al espejo y me pregunté qué cojones estaba haciendo allí.

    A la vuelta encendí un cigarro y me perdí entre la gente. Minglanillas y otros cuantos charlaban animadamente sobre algo. Me acerqué y pegué el oído:

    -Yo le mataría sin dudarlo un instante. Y luego dormiría tan tranquilo.

    -Pues yo creo que no tendría valor para hacerlo, aunque se lo tendría merecido.

    -Y tú, ¿qué harías, Fuckowski? -me preguntó Minglanillas.

    -Lo siento, no se de que habláis -le dije.

    -Si pudieras retroceder en el tiempo hasta el año que nació Hitler, sabiendo lo que sabes ahora, ¿te lo cargarías? ¿serías capaz?

    La historia de siempre. Discutían sobre la posición de cada uno en un planteamiento erróneo.

    -Es una pregunta con trampa -dije-, una vez formulada no hay respuesta correcta.

    Me miraban sorprendidos. Proseguí:

    -Discutiendo sobre esto, estamos aceptando que Hitler nació Hitler, que si volviese a nacer volvería a suceder lo mismo. Le echamos a él la culpa de todo. El tío era un hijoputa, cierto. Pero, ¿qué me decís de la sociedad en la que vivió, de la educación que recibió, de la coyuntura política? ¿Qué le hizo ser así? Por no hablar de los que le votaron, los que le siguieron, los que cumplieron sus órdenes, los que echaron la vista a un lado hasta que ya fue demasiado tarde. Lo que planteáis no es una pregunta, es una disculpa a la estupidez de la humanidad.

    -Eres un aguafiestas, Fuckowski -dijo alguien, pero yo ya me estaba yendo.

    Ese era mi perfil, el del aguafiestas. El aguafiestas de las fiestas de despropósitos.

    Y por si no tenía suficientes despropósitos, el mentor se subió al estrado. Bajaron la música y le dieron volumen a su micro.

    -Buenas noches. Ante todo, quiero daros las gracias por vuestra asistencia. Aprovechemos este momento para hacer un brindis por la comunidad A1…

    En la empresa, los empleados estábamos divididos en secciones. En breve, cada individuo tendría su numero tatuado en la frente. A veces me arrepentía de haber leído 1984.

    El mentor siguió con su discurso, que culminó en orgasmo:

    -Y por último felicitaros por vuestra profesionalidad y esfuerzo. Al cierre del año fiscal, la comunidad A1 ha facturado ¡un 32% más que el año pasado!

    Aplausos, risas, vítores, silbidos. Yo no lo entendía. Parecía que ese 32% nos lo fueran a dar en efectivo al día siguiente. Todos cobrábamos casi la misma mierda, pero algún superior soltaba una felicitación y un tanto por ciento, y todos segregaban endorfinas. A mí ese concepto de la felicidad no me entraba en la cabeza. La recompensa al esfuerzo era una palmadita en el hombro y una hipoteca con despacho para llevarse trabajo a casa. Oscuras madrigueras. No entendía como lo soportaban.

    De pronto subió el volumen de la música y nos obsequió con la moraleja de todo aquello:

    ¡No pares, sigue, sigue, no pares sigue, sigue…!

    La gente empezó a bailar aquí y allí. Algunos se colocaron formando un tren agarrándose por las cinturas. La rata iba el primero, para variar. El tren fue creciendo. Una chavala me cogió de la mano y me dijo:

    -¡Agárrate!

    -No gracias -solté la mano.

    -Oh, eres un soso, Fuckowski…

    Maldita sea. Yo había llorado escuchando a Mozart; su música me había partido el alma en dos y me había hecho llorar maldiciendo el hecho de tener que morir algún día. Y ahora, por no querer menear el culo al ritmo de un culo cantando, parecía que yo no sabía disfrutar la vida. Y te lo decia alguien que había oído Tu frialdad de Triana por primera vez en una versión de OT.

    Finalmente el tren humano se convirtió en un gran círculo cerrado que giraba y giraba. El mentor estaba en el centro, bailando y sonriendo. Yo me había auto excluido.

    Aquello representaba perfectamente la estructura de la sociedad: te pusieras donde te pusieras, siempre tendrías a alguien dándote por detrás. En el centro, algún cretino sonriente recitando su mantra de la felicidad: Hemos facturado un 32% más, España va bien, Estados Unidos está devolviendo la paz al mundo.

    Y las ratas tan felices, mientras la gran caja negra agotaba recursos y amontonaba mierda. Yo no quería participar en el baile. Era un aguafiestas y un infeliz.

    Libertad me cogió de la mano y me susurró al oído:

    -Vámonos de aquí.

    Me besó. Vámonos de aquí. Probablemente lo más romántico que me habían dicho nunca.

    IV

    Era una bonita noche. Paseamos despacio en dirección a mi casa sin perturbar el silencio.

    En el ascensor nos besamos delicadamente. Cuando se abrieron las puertas, saqué las llaves de mi bolsillo. Mi perro, Satán, reconoció el tintineo y empezó a ladrar. Al abrir la puerta de mi apartamento, cuarenta kilos de negra lealtad con forma de pastor belga se me echaron encima. Le dejé lamerme la cara, y acto seguido saludó a Lib sin dejar de mover el rabo.

    -Espérame en mi cuarto, si quieres -le dije a ella.

    Fui a la cocina, le puse a Satán su comida y saqué dos cervezas de la nevera.

    Entré a mi cuarto. Lib estaba tumbada en mi cama, fumando marihuana. Yo no podía abusar de la hierba. Me fumaba medio de esos y me pasaba tres días mezclando Java con C. Bueno, aún era sábado.

    Me tumbé a su lado y me agarré a ella.

    -¿Estás bien? -preguntó.

    -Sí, ahora sí. Pero el trabajo, la gente… no se. Estoy harto de todo.

    -¿Y qué quieres en realidad?

    -No estoy seguro. Quiero volar por encima de todo esto.

    -Volar. ¿Volar a dónde? ¿Qué quieres encontrar?

    -Aún no lo se. Pero al menos quiero tener la oportunidad de salir a buscarlo. Me siento encerrado. Tengo la amarga sensación de estar desperdiciando mi tiempo.

    -¿Y si no hay nada más?

    -Si no hay nada más, volveré. Pero tengo que comprobarlo.

    -¿Tienes algún plan?

    -Más o menos. He ahorrado algún dinero. Lo justo para coger un avión y empezar de nuevo en alguna parte. Quiero viajar, trabajar aquí y allí, ver el mundo…

    -Me recuerdas al poema de Sabines. Los amorosos siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte… Los amorosos son locos, sólo locos, sin dios y sin diablo… juegan a coger el agua, a tatuar el humo…

    Me encantaba aquel poema.

    -Puede que yo sólo sea un romántico. Pero no entiendo otra forma de vida.

    -Llévame contigo -me dijo.

    Bebimos, charlamos, nos besamos, reímos describiendo sueños que quizás estuvieran al alcance de nuestra mano.

    -Tenemos que ir a Florencia -dijo ella.

    -Por supuesto. Desde allí le mandaré una postal al gordo que diga: recuerdos a tu puta madre del David de Miguel Ángel. Yo también hacía mis pinitos con la poesía. Trazamos nuestro itinerario. Florencia, Praga, Dublín, Helsinki, Tokio, Sydney… el mundo se nos quedaba pequeño.

    Lib me pasó mi guitarra y dijo:

    -Tócame algo.

    Yo dejé la guitarra en el suelo, y me lo tomé al pie de la letra.

    V.

    Me despertó Satán, lamiéndome una mano. Era su hora de salir. Amanecía.

    Lib dormía plácidamente. La dejé en la cama, me vestí, cogí el mp3 y las llaves y salí del apartamento. Satán me seguía moviendo el rabo.

    La ciudad iba despertando. De camino a la playa paré en un bar, y pedí un café sólo en vaso de plástico. Llegamos a la playa y Satán corrió a la orilla. Yo me senté, me quité los zapatos y hundí los pies en la fría arena.

    A lo lejos sonaron las campanas de la iglesia. Me puse los auriculares y pulsé play en el mp3. Stairway to Heaven. Miré a mi alrededor. La arena, el mar, el horizonte. No había indeseables a la vista. Estaban en la iglesia, perdiéndose todos los milagros.

    Contemplaba el mundo. Veía evolución, energía, equilibrios de fuerzas, fractales. No encontré a dios por ningún lado. Dios era el gran acrónimo sin sentido, el camino más corto a ninguna parte.

    Las ratas bailaban al son de alguna imbecilidad mientras todo lo que en el mundo tenía algún sentido se iba irremediablemente a tomar por culo.

    Bush había sido reelegido. Algún día, si el orden mundial se desmoronaba y se montaba una gorda, las ratas fantasearían con hipotéticos viajes en el tiempo.

    Si pudieses volver al año en que nació Bush, sabiendo lo que iba a pasar…

    Imbéciles. Bastaba con no haberle votado.

    Satán jugaba con las olas, ajeno a la miseria del mundo. Una gaviota surcaba el cielo. Yo miraba al horizonte, preguntándome qué podía hacer yo.

    El horizonte me respondió, alto y claro:

    To be a rock, and not to roll…

    I.

    MAIL FROM: Marketing
    TO: Staff

    Estimados todos,

    Recordaros que el día 8 se cierra la convocatoria de presentación de eslóganes para el proyecto XNetCitizens, que será lanzado el día 15 del mes en curso (presenta tu propuesta pulsando [aquí]).

    Sin más, daros las gracias por la masiva participación en el concurso, y desearos suerte.

    Maika.

    Gilipolleces. Un portal con perfiles personales, chat, y mil y una chorradas para que cada friqui pudiera tener su alter ego Tolkiano y una o más novias virtuales, además de amigos de baja resolución. Pulsé el link.

    Concurso eslogan XNetCitizens.
    Introduce tu propuesta:
    ENVIAR.

    Pues no sé. ¿Qué tal “sal a la calle a que te dé el sol, coño”? O quizá “XNetCitizens, donde no te quitarán el bocadillo”. Estaba a punto de enviar la última frase cuando apareció mi obeso y sudoroso manager con un Empleado Sonriente No Identificado.

    El manager me lo presentó. Se incorporaba a la fase de pruebas. No recuerdo cómo se llamaba el menda. Andrés, Román, qué mas da. El caso es que era un capullo. Al principio casi me cayó bien, cuando él pensaba que yo le convertiría en desarrollador. No tardó en irse todo al traste.

    Era bajito, delgado, de piel blanca y mofletes rosados, y siempre tenía una sonrisa infantil muy forzada. Parecía un muñeco ventrílocuo, así que lo bauticé mentalmente como Monchito y aquí paz, y allí gloria.

    Por lo visto era licenciado en matemáticas. Había dado clases en un par de colegios, y luego había asistido a un curso de ofimática avanzada. No mucho después entró en la empresa de Junior Tester. Y era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Tras sólo dos días en mi proyecto presentó un informe que me sacó una sonrisa. Daba gusto ver a alguien preocupándose por lo que hacía. La tercera pantalla tiene mal ordenada la tabulación de cajas de texto, inconsistencia estética en la pantalla de log out, el menú no se visualiza correctamente con Mozilla, tipo de letra incorrecto en dos opciones de la barra de navegación… en total sesenta y dos incidencias. El tío trabajaba a conciencia.

    Él repasaba y yo parcheaba. Escudriñaba el producto de forma inmisericorde. Me tenía machacado, pero era mejor que tener a algún inútil mareando la perdiz y que las incidencias te las acabara indicando el cliente, cabreado y con prisas. Bajamos a la cantina a tomar un café. Él me preguntó:

    -¿Cuál es exactamente tu puesto? Parece que te encargas de todo, desarrollo, sistemas, soporte…

    -Sí, mi puesto es Pito del Sereno. Pero en mi contrato pone Desarrollador Senior, si es lo que quieres saber -respondí.

    -Eso. Yo quiero ser desarrollador.

    A un matemático le resultaría fácil manejar la algoritmia, las funciones, los objetos. Un poco de lenguajes formales, otro de OOP, y ya podría empezar. El TCP/IP era otra historia. A alguien que había hecho un simple curso de ofimática no le iba a resultar fácil asimilar todo el tinglado. Código java que se ejecuta en un servidor, con objeto de crear HTLM que se envía a un cliente, normalmente incluyendo código javascript que se ejecutaría finalmente en el cliente quizá con referencias al servidor…

    -¿Estás seguro? Mira que si no es una verdadera vocación, resulta igual de agradable que clavarte astillas debajo de las uñas…

    -Ya será menos, con ese sueldo.

    Ah. El sueldo. Sí, yo cobraba más que él. Pero no estaba seguro de que compensara.

    Esa tarde le envié unos cuantos ficheros pdf de iniciación a la OOP, al TCP/IP, al J2EE. Si tienes alguna duda, no dudes en preguntar, le indiqué.

    II.

    A los cuatro días ya me estaba tocando los cojones. Tuvimos una reunión de diseño, el manager y yo. Monchito vino “por si podía dar alguna sugerencia”, y lo que dio fue un coñazo espantoso. Empezó a soltar improperios sobre robustez, dinamismo, flexibilidad, servidores, clientes, clusters… parecía que en vez de leerse mis pdfs se los hubiera metido por el culo.

    Pero siempre que el gordo soltaba alguna de las suyas (montar un cluster en un solo PC, compartir carpetas del servidor a todo Internet), Monchito asentía sonriente. Sí, sí, es una gran idea, oh, genial…. Me tocaba las narices, pero de pronto me imaginé a Monchito sentado en una mesa alta de una sola pata, con un traje rojo y los pies colgando, y al gordo engominado y vestido de frac metiéndole una mano por detrás de la cabeza para moverle la mandíbula.

    Un cluster en una sola máquina es robusto, ¿verdad Monchito?

    ¡Claro jefe! ¡Robusto como mis piernas de formica!

    Tuve que ir al servicio porque no me podía aguantar la risa. Quince minutos estuve allí dentro. Me relajaba, pensaba que se me había pasado, y cuando estaba a punto de entrar a la sala de reuniones me volvía a dar el ataque y tenía que volver al cuarto de baño. Cuatro veces tuve que repetir el proceso, y al entrar de nuevo a la reunión me forcé a pensar en la muerte de Chanquete para no descojonarme.

    Cada vez que yo sacaba el destornillador lingüístico y desmontaba alguna de las subnormalidades del gordo, Monchito me miraba raro. Normal. Otro que pensaba que leyendo revistas de decoración de interiores ya podía codearse con arquitectos. Entendía que Monchito se lo estuviese pasando bien jugando a los programadores; yo me lo pasaba bien de niño jugando a detectives. Pero coño, ahora iba en serio, cobrábamos por ello. Además fijo que la mierda que él generase (y tal y como había empezado, iba a ser mucha) la acabaría limpiando yo. Total que me fastidiaba ser una vez mas el aguafiestas, pero como dice el dicho, o follamos todos o tiramos la puta al río. Si yo tenía que programar de verdad, él también. Para payasadas ya teníamos el circo.

    La reunión aún duro dos horas. Tuvo de todo: payasos, elefantes, trapecistas, un mago que de su sombrero sacaba mierda tras mierda, y como actuación estelar, el domador de Fuckowskis. Eso fue al final, cuando el gordo empezó a aplicarme sus correctivos de actitud; los viejos todo es posible para un buen programador, hay que llegar a un compromiso entre calidad y valor, la técnica de Extreme Programming afirma que sólo hay que desarrollar lo que el cliente pide. En resumen, hagamos una gran chapuza para salir del paso, rapidito, y no me digas que no lo puedes tener para ayer. Y yo que bueno, que sí, pero que el análisis funcional lo hace Rita que para eso le pagan.

    Cuando acabó el número del domador, Monchito ya no me miraba raro. Me miraba por encima del hombro. Yo sé lo que pensaba: “el listillo éste, que se cree que yo no tengo ni puta idea”. Salimos de allí. Yo me fui directo a limpiar las cagadas de los elefantes; Monchito y el gordo fueron a comprar algodón dulce para irse dando pedacitos el uno al otro disfrutando de su reciente idilio.

    A la hora del almuerzo coincidimos en la cantina. Yo tenía algo que decirle a Monchito. Sabía que era un error, pero me sentía en la obligación.

    -Te recomiendo, en esto de la programación, empezar desde abajo. Está bien leer, mantenerse al día, pero hay que picar mucho código para dominar ciertos conceptos, los problemas que pueden plantear uno u otro diseño, etc… Ah, y no le prestes demasiada atención al manager, habla desde una perspectiva demasiado general -que bonito eufemismo para afirmar que en vez de cerebro, el gordo tenía una piedra pómez.

    -Oh, no seas tan negativo; ahora estamos trabajando en el análisis de la versión 2.4 y él se va a encargar de codificar, así que no creo que sólo tenga una perspectiva general…

    Espera. Demasiadas puñaladas para una sola frase. Primero, otro que me venía con el rollo del negativo. Luego, ¿trabajando en el análisis? ¿Así de fácil? De tester a analista del tirón, sin picar una línea. Tan sólo tomando carrerilla y usando mi páncreas como potro de salto. Pues qué bien. Otro jefe más. Y encima el gordo iba a codificar. Hala, cachondeo. Mañana llamamos a Curro Romero, que venga vestido de luces a hacer las css.

    Terminé de comer y me dispuse a volver a mi puesto de trabajo. La sobremesa siempre me la saltaba, prefería llevarme el café a mi mesa. Total, para quedarme en el gallinero cacareando prefería luego salir media hora antes y hacer algo constructivo, como sacar a mi perro por la playa, leer un libro o visitar a algún amigo (yo no había sustituido a mis amigos antiguos por amigos nuevos de dentro de la empresa; igual resultaba práctico pero no dejaba de ser una infidelidad. Además, me empeñaba en que mi vínculo con la empresa se limitase al salario; todo lo demás podía ser utilizado en tu contra).

    Dejé a Monchito solo en la mesa. Él era de esas personas que preferían estar antes muertas que solas, así que se levantó y se llevó su taza de café consigo. Se acercó a la mesa de dos chavalas con las que yo nunca había hablado. Sabía que trabajaban en la sección de SAP. Eran de esas que habían estudiado informática para hacerse las intelectuales preocupadas por la nanotecnología y el derretimiento de los polos, y justificar así el hecho de no tener novio. Que eran feas, vaya.

    Monchito hizo ademán de coger una de las sillas libres y dijo:

    -Hola, guapísimas, ¿os importa tomar café con un analista? -lo dijo con retintín, como diciendo “os tengo que contar esto”.

    -¡Oh, por supuesto que no, analista! -le sonrieron- ¿En que estás trabajando ahora?

    Aquello era superior a mis fuerzas así que me apresuré a salir de allí antes de que el analista empezase a cacarear. ¿Por qué coño era tan fácil para algunos conseguir el reconocimiento social? Llegas, te auto proclamas, y listo. Yo llevaba allí un año partiéndome los cuernos para salvar proyectos y normalmente me miraban como diciendo “a ver que le pica ahora a éste”. Me estaba equivocando en algo.

    III.

    Salía de la cantina dispuesto a conseguir reconocimiento social. Abrí la puerta. Tres consultores estaban a punto de entrar.

    -Por favor, dejad paso a un escritor -dije, y les guiñé un ojo.

    -Yo no veo ninguno -dijo uno de ellos, y entró mientras yo sostenía la puerta. Los otros dos le siguieron.

    Mal. Así no. Faltaba algo. Recordé a Monchito: hola guapísimas…. Joder, claro. Había que dar algo a cambio.

    Por el pasillo venía Ivon dando taconazos. Al cruzarnos le dije:

    -Ivon, guapa…

    -No tengo tiempo para crisis, Fuckowski.

    Cojones. Claro, Ivon no era fea. Había que averiguar dónde le picaba al otro y rascarle ahí. Llamé al ascensor. Cuando se abrieron las puertas, Juanma estaba dentro. Era un tío que no llegaba al metro sesenta, y se había metido en un gimnasio para crecer al menos a lo ancho. Siempre iba con camisas de manga corta para lucir sus bíceps, que tampoco eran gran cosa. El tío era una piltrafa. Entonces lo vi claro. Entré al ascensor y dije:

    -Aleja esos músculos, no vayas a quebrar mi frágil espíritu de escritor.

    -¡Jajaja! -rió estrepitosamente- Vaya, no sabía que fueras escritor ¿y sobre qué escribes?

    -Más que nada chorradas de ascensor.

    -Seguro que lo haces muy bien.

    Lo había conseguido. ¡Soy un ser social, soy un ser social!, pensé.

    Pues vaya mierda. Aquello era como hacer el sesenta y nueve con un travesti. Por una parte no se podía negar que daba cierto placer, pero por otra te comías una polla.

    Se abrieron las puertas y ante mí quedo la enorme oficina. Éramos doscientos. En ese momento me pareció, mas que nunca, una granja. Los que habían vuelto del almuerzo charlaban en sus cubículos. Yo esto, yo lo otro, mi nuevo tal, mi nuevo cual… Cacareaban y de vez en cuando ponían un huevo que se llevaba la empresa. Y seguían allí, rascándose los unos a los a los otros, dándose con los picos, quitándose insectos de debajo de las plumas.

    Eso hacía la gente. Poner huevos y darle al pico. Rascarse el ego, hablar de ellos mismos, distorsionar su imagen en el espejo de los demás para gustarse a sí mismos. Por alguna razón a mí nunca me había picado el ego. Tenía mis defectos y mis virtudes, pero yo me gustaba sin necesidad de distorsión. De hecho cuando me distorsionaban era cuando mas horroroso me veía.

    Un momento. ¿Y si muchas de las parejas de las que se dicen súper enamoradas que te cagas o sea te lo juro, en realidad se aman a sí mismos a través del otro? No quise profundizar en aquello. Aún conservaba la esperanza de formar, algún día, una familia mentalmente sana.

    Me senté a mi mesa, me puse los auriculares, y el Shine on your crazy diamond de Pink Floyd se elevó por encima del cacareo. Empecé a cerrar ventanas del navegador, y quedó al descubierto la Intranet. Concurso eslogan XNetCitizens. Introduce tu propuesta. Escribí:

    “Dichoso aquel que sólo le pica la curiosidad, porque podrá rascarse él solo”.

    Enviar. Pink Floyd seguía cantando. Yo seguía siendo un ser antisocial.

    Esa noche tuve un sueño espantoso. Iba al despacho del gordo a que me aclarase por qué me había mandado el análisis funcional en formato mp3. Al llegar a la puerta, oía voces. Llámame otra vez analista, por favor. Claro, pero tu llámame manager. ¡Manager, que estás hecho un manager! ¡Eso tú, pedazo de analista! Abrí la puerta de golpe y allí estaban el gordo y Monchito, en pelotas, cada uno sobándole la erecta polla al otro.

    -¿¡Pero que mariconada es ésta!? -grité.

    El gordo le metió la mano a Monchito en el agujero de la cabeza, y le hizo decir:

    -Oh, no seas tan negativo; sólo nos estamos masturbando. Tú también lo haces.

    Entonces me desperté, pensando: no es lo mismo, no es lo mismo…

    IV.

    Gané el segundo premio de eslóganes, y me tocó muchos los huevos. No sería el eslogan principal, pero aparecería en banners publicitarios. A la empresa le había parecido un ingenioso juego de palabras. Por una parte, mencionar el picor y la curiosidad atraería visitantes. Por otra, suavizaba el posible prejuicio acerca de los adictos al chat, dándole un toque intelectual en lugar de marginal, convirtiendo soledad en individualidad con el juego de palabras sólo/solo.

    Hostia puta. Suelto una frase inspirada en la agradable sensación de la libertad, y se convierte en un reclamo para friquis.

    Camuflar soledad marginal con individualidad intelectual. ¿Era eso lo que yo hacía? ¿Me había estado justificando todo el tiempo? ¿Qué diferencia hay entre emigrar y ser desterrado? Ante los ojos de los demás, quizás ninguna. Los motivos del emigrante eran excusas para el desterrado.

    Me levanté de mi asiento y miré a mi alrededor. No, yo no había sido desterrado. Yo lo había elegido. Pasar media hora más en la cantina hablando de bíceps y de análisis de orina no me parecía una buena idea. Podía hacerlo, sólo era cuestión de averiguar qué le picaba a cada uno. En el ascensor lo había conseguido. Pero no me satisfacía, simplemente. Yo quería ganarme mis títulos con exámenes, no con chantajes ni intercambios de favores.

    Me quedé allí, conmigo mismo y con mi música. Y puede que todo aquello no fuesen más que pajas mentales, pero bueno; me las hacía con mi propia polla.

    No me relacionaba mucho con los demás, no. Pero yo al menos, cuando tenía una relación, era para hacer el amor. No para hacerme pajas.