• Búsqueda

  • Últimas entradas

  • Páginas

  • Tags

  • Temas

  • Archivos

  • Activismo

  • Telekomor

  • Meta

  • Acabo de enviar el último ejemplar firmado de la primera edición de “Fuckowski, memorias de un ingeniero”. Creo que en la tienda de la Fundación Cabana aún quedan unos pocos ejemplares, que pueden adquirse (sin dedicatoria) a €9 + gastos de envío.

    Ya estoy ultimando los detalles de la segunda edición, que espero se imprima en Febrero. La nueva edición contará con algunas novedades: corrección exhaustiva, algunos pasajes reescritos, un relato que no se incluyó en la primera edición (I.T. Pito del Sereno parte 1), flamante prólogo de Alejandro Párraga (escritor malagueño autor de “Meando en la puerta del vecino“, entre otras), y nueva cubierta diseñada por mi buen amigo Tato a partir de una ilustración de Rocío Galindo. La contraportada contará con reseñas de Javier Malonda y Rafael Fernández.

    Me voy de vacaciones, volveré en Enero con renovadas fuerzas para seguir hablando mal de FON.

    ¡FELICES FIESTAS!
    06 de diciembre de 2006

    Free sex blog Pro-liberty blog

    web-2.0-free blog Autobombo-free blog

    endogamy-free blog Blog-free person

    VERSIONES 150X150

    Free sex blog Pro-liberty blog web-2.0-free blog

    Autobombo-free blog endogamy-free blog Blog-free person

    VERSIONES 100X100

    Free sex blog Pro-liberty blog web-2.0-free blog

    Autobombo-free blog endogamy-free blog Blog-free person

    FREE SEX BLOG
    (no más capulladas)

    PRO-LIBERTY BLOG
    (allá cada uno con su mierda)

    WEB 2.0-FREE BLOG
    (no morning singing)

    AUTOBOMBO-FREE BLOG
    (moderated ego)

    ENDOGAMY-FREE BLOG
    (no empecemos a chuparnos las pollas)

    BLOG-FREE PERSON
    (que esto no es pa tanto)

    Este rollo que se traen los microsiervos con la publicidad resulta absolutamente vomitivo. La verdad es que me la trae al pairo lo que cuatro geeks hagan con su página web, por más que los susodichos sean los trapecistas principales de este Fabuloso Circo 2.0 donde Jorge Cortell doma leones invisibles y Enrique Dans hace juegos de ilusionismo con un puñado de vaguedades tecnológicas, pero no deja de ser otro ejemplo más de la decadencia ética de los tiempos que corren. Lo de estos señores ha pasado de ser una página simpática tipo zapping, de temática nerd e ínfulas seudo científicas, donde algunas entradas eran interesantes y otras ridículamente pretenciosas, a convertirse en un monumento a la desfachatez y un chirriante insulto a la inteligencia.

    No tiene nada que ver que me parezca cuestionable registrar un dominio .com con el nombre de una conocida novela (¿cuánto tráfico le deberán al talento creativo de Douglas Coupland?), que no me guste ese tonillo de pues oye, modestamente, pero hay que ver cómo molo siempre presente en la página, que todo lo geek empiece a resultarme cansino (ya parece que todo el que tiene un iPod, un blog y nociones de UNIX tome café los viernes con Steve Jobs en un VIP´s de Sillicon Valley) o que deteste el amarillismo científico y me parezca una sandez buscarle los tres pies a PI. Todo esto se queda en el terreno de la opinión personal, y yo opino igual que Voltaire: todo lo que dices me pueden parecen gilipolleces, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a tener un blog. Lo que me indigna es ver repetirse una vez más la historia del tránsfuga político, del sindicalista corrupto, del hippie aburguesado, del donde dije digo, digo Diego, del de entrada, no, y todo el largo etcétera. Lo de siempre: se empieza con el compañeros, no hay derecho a que nos hagan esto y se acaba con el oye, que yo tengo derecho a hacer lo que quiera.

    Primero estos señores, autoerigidos en máximos representantes de la pureza y el buenrollismo interneteros, nos adoctrinaron en su visión de una blogosfera grande y libre de publicidad, afirmando que la publicidad corporativa “devalúa el medio” y que hay que apuntarse al movimiento del búho para ser puro de oliva. A mi esto ya me pareció una soberana memez: para empezar no creo que haya mucho que devaluar, y además no veo en qué se devalúa mi opinión por llevar unos anuncios a la izquierda (en mi caso la publicidad se queda en el margen de la página, y en esta columna central en la que escribo mando yo y no influyen ni Google, ni Varsavsky, ni la madre que me parió. De hecho me importa bien poco que los microsiervos sean parte del jurado del concurso de 20minutos al que me he apuntado, por los 3000 pavos y la oportunidad de ser columnista. Me da que no voy a contar con sus votos, pero mis intereses personales jamás han censurado a mi sentido común). Y además no me gustan nada los puritanismos: siempre son un intento de elevar el prestigio propio a costa del prestigio de terceros. Es de cajón: para endiosarse uno hay que demonizar a otro. Tú no eres un blogger de verdad porque pones publicidad, tú no eres un vasco verdadero porque no tienes el PH neutro, tú no eres verdaderamente ario porque tu bisabuelo era polaco. El purista lo que pretende es dividir a la población en varios sectores, declarar como “bueno” aquel al que él pertenece y al resto tildarlos de infieles, paganos, pecadores, etcétera, con objeto de reducir el número de bocas entre las que se reparte el pan, la gloria o las subvenciones.

    Luego nos enteramos de que los señores puristas nos la llevaban metiendo doblada una buena temporada: nos estaban colando de soslayo la más vil de las publicidades, la que intenta hacerse pasar por un buen consejo para capitalizar la confianza, la amistad o la simpatía. A mi no me entraba en la cabeza que unos señores informáticos que dicen saber de ciencia y tecnología tuvieran una opinión positiva de ese despropósito tecnológico a gran escala que es FON (por cierto, ¿se ha dado ya algún caso de alguien a quien FON le haya servido de algo?). En breve se supo dónde estaba encerrado el gato: uno de los microsiervos era un fonero a sueldo al servicio secreto de su majestad. Acto seguido, antes de que les cayese la de dios y se les llenase el kiosco de grafitis críticos que les ahuyentasen a la clientela, los acérrimos defensores de la Internet grande y libre le dieron la espalda a aquello de “la web 2.0 se define por el diálogo” pegando el cerrojazo a los comentarios de su página. Y como buenos dioses, van y redefinen la web a su imagen y semejanza afirmando que “el diálogo debe seguirse en otros weblogs”.

    Más tarde le endiñan al chiringuito el buscador comercial de Google y volviéndonos a tomar por bobos nos explican que ha sido por problemas técnicos (disculpadme un momento, que son las 17.00 y es mi hora de chuparme el dedo). Y por último, pasándose por el arco del triunfo todo su discurso purista, van y se adscriben al sistema de publicidad contextual AdSense. Pero vaya, que en realidad no es publicidad, es más como un experimento. Bueno, sí que es publicidad, pero por amor al arte. O sea que no es publicidad publicidad. Vamos, apenas unos hilitos de plastilina, que diría aquel.

    Claro, alegan que todos tenemos derecho a cambiar de opinión. Sí, por supuesto. Sólo dos pequeñas puntualizaciones. A) no es lo mismo cambiar de opinión que simplemente cambiar de actitud (no han explicado porqué ahora piensan que la publicidad no devalúa el medio) y B) lo que realmente importa es cómo y cuando se cambia de opinión: si uno razona, se da cuenta de los propios errores y cambia de parecer, uno es un sabio; si uno cambia de actitud para ponerse al sol que más calienta (el populismo y el yo os represento primero, y una vez conseguido el PageRank con el apoyo de la masa agradecida, el liberalismo y el y vosotros qué sabréis) y si encima al quedar con el culo al aire se atrinchera detrás de una retórica eufemística no apta para mayores de cinco años, uno o es un hipócrita o un ministro del PP.

    Yo no estoy ni a favor ni en contra de la publicidad en las páginas personales; me parecería una gilipollez dividirnos por eso. Allá cada uno. Lo que sí que me planteo es hasta que punto es ético sacar tajada de la publicidad de un sitio donde los contenidos los aportan los usuarios o son corta-pegas de otros sitios. Por ejemplo, si Fulanito quiere informarse sobre el coñazo que le pegan algunos abogados al webmaster de TrabajoBasura y busca en en Google trabajobasura abogados, le va a salir una entrada de Microsiervos que reproduce un texto mío (ellos salen antes que yo porque tienen más PageRank). Entonces Fulanito accede a Microsiervos, que le muestra un anuncio del Bufete de Perry Mason junto a mi texto. Fulanito pincha, y medio dólar que se embolsan a mi costa. ¿No es esto incompatible con eso del copyleft y el cópiame pero no te lucres? Además me resulta curioso que precisamente sean individuos que se definen defensores del software libre (“porque un programador no puede pretender escribir un programa una vez y cobrar para siempre”) y del P2P (“porque un cantante no puede pretender grabar un disco una vez y cobrar para siempre”) los que pretenden montar una página una vez, dejar a los usuarios currándose los contenidos… y cobrar para siempre. Yo creo que lo verdaderamente justo sería que estas páginas que se basan en la colaboración del personal repartieran hasta el último euro de beneficios (una vez descontados los gastos de hosting) entre todos los colaboradores según puntos de karma, cantidad de noticias enviadas, tiempo invertido, etcétera. Si no, se quedan en el modelo de negocio Varsavsky: todos colaboráis filantrópicamente y yo me llevo la pasta.

    Si tu respuesta es “ya, pero ejque resulta que la idea fue mia” pues me parece estupendo, pero entonces no me des la brasa con búhos, ni copyleft, ni gaitas escocesas. Yo soy un firme defensor de algunas de estas causas (con ciertas salvedades), pero creo que antes que una revolución lo que se necesita es una epidemia de coherencia. Sin coherencia toda revolución se queda en simple río revuelto, y ya sabemos lo que pasa en estos casos. Demasiados pescadores 2.0 estoy viendo ya.

    Pero nada, ahí siguen ellos, evangelizándonos. Ahora a la secuencia “tres de corta-pega, uno de hace un año-dos-tres, uno de frase de House, uno de PI, dos de que cómo molamos” hay que añadirle el “y uno de lavado de cerebro”, como este en el que nos enseñan que ahora hay publicidad buena y mala, publicidad aborrecible y publicidad superpráctiquísima de la muerte, o este en el que nos recuerdan que todos tenemos derecho a cambiar de opinión.

    En breve los microsiervos se nos vestirán de Teletubbies para explicárnoslo clarito:

    -Tinki Winkie se ha puesto en el bolso una pegatina del Naranjito. ¡Tinki Winkie esta haciendo publicidad mala malosa! Pero está lloviendo, y Dipsi necesita un paraguas. ¡Laa Laa vende paraguas! Po le dice a Dipsi: ¿quieres comprarle un paraguas a Laa Laa? Los vende muy baratos. ¡Po está haciendo publicidad super chachi piruli! ¡Uhhhh!

    Yo estoy por hacerme una licencia de Creative Commons a medida: “mis contenidos los puede reproducir todo el mundo menos Microsiervos”. Y ya que nos ponemos, podría empezar una buena campaña purificadora. Para la mascota estoy dudando entre un murciélago con el texto “en la oscuridad, todos los búhos son pardos”, una caricatura de Ramoncín diciendo “no al blog-manta, si copias no te forres”, o un escarabajo pelotero con la leyenda “pro-liberty-blog: allá cada uno con su propia mierda”.

    En fin, amigos, esta es mi opinión. Sin acritud, espero. Pero por si acaso: ¡Aaaabrazo fuerteeeee!

    ¡Abrazo fuerte!

    Al hilo de uno de los siempre interesantes
    “emilios” de mi buen amigo Emilio.

    Hay quien diría que veo las cosas de una determinada manera porque soy informático. Yo siempre digo que me hice informático porque veo las cosas de una determinada manera. Estoy firmemente convencido de que si las cosas se hacen bien, pues funcionan. Y punto. Evidentemente somos humanos y tenemos nuestras limitaciones, así que cometemos errores. Por eso existe la fase de pruebas. Lo que resulta frustrante es observar un sistema, aprender de sus errores, proponer una solución, y que se decida no llevarla a cabo, sin más. Y eso en el mejor de los casos, cuando los “responsables” al menos admiten el error. La mayor parte de las veces los errores ni siquiera se reconocen: se esconden bajo la alfombra del eufemismo (daño colateral, incidencia, sacrificio necesario) o se califican de sabotaje malintencionado aumentando la crispación general y fomentando la división de la sociedad atacando ad hominem a las voces críticas. Todos los sistemas defectuosos necesitan demonios, ya sea para culparles de los propios errores o para poder argumentar que “este sistema tiene sus fallos, pero las demás alternativas son aún peores”. En esta última frase se afirma implícitamente que no hay más alternativas que las ya conocidas, negando toda posibilidad de cambio o progreso. Cualquier otra idea se tacha de utopía. He aquí la piedra angular del conservadurismo.

    Además, hablar de sistemas defectuosos es ser muy benevolente. En muchos casos habría que hablar de sistemas injustos, donde los errores no son atribuibles al azar sino al interés y la mala intención. De hecho, en un contexto político interés y mala intención son casi sinónimos: si las buenas intenciones en política se dirigen al interés común y yo actúo en mi propio interés, tengo malas intenciones. Por eso la expresión “política de privatización” siempre me ha resultado un tanto contradictoria: la política se refiere por definición al conjunto de todos los individuos, y lo privado es inherente al individuo en sí. Que el capitalismo (al menos en la modalidad que ahora “disfrutamos”, donde aquello de las oportunidades para todos se queda en un mal chiste) cree aberrantes desigualdades sociales no es un “bug”; es su razón de ser.

    Total, que a mí esto de meter el botecito de espuma de afeitar, siempre de menos de 20ml, en una bolsa de plástico herméticamente cerrada de determinadas medidas, me parece un estúpido e incómodo parche, y los parches siempre se ponen para tapar los fallos del sistema. Que se inviertan miles de millones en “poner freno” al llamado “terrorismo internacional” pero que no se dediquen recursos a analizar en profundidad el por qué de su existencia y su actual intensificación, no es atribuible a la simple incompetencia de los gobiernos. No estamos gobernados por meros incompetentes; estamos gobernados por cabrones malintencionados. Igual por eso los lobbys patrocinan gobernantes que parecen idiotas: mas les vale que pensemos que el presidente ha cometido una idiotez que una injusticia a sabiendas y además pasándose por el forro presidencial el grito de la voz popular.

    Ya de entrada tengo problemas con el concepto mismo de autoridad. Pero bueno, casi todos acatamos las normas sin rechistar porque las sabemos necesarias para el bienestar común. Es cuando se empieza a sospechar que las normas se crean para bloquear el derecho del individuo a la represalia, para perpetuar la situación privilegiada de una minoría o para maximizar beneficios cuando empieza uno a pensar en fascismo.

    Por poner un ejemplo, me parece estupendo que se contrate personal de seguridad en un pub. Los violentos, por desgracia, pueden aparecer en cualquier parte. Pero si las zonas de ocio empiezan a convertirse por norma en campos de batalla hay que preguntarse por qué, pues ya no estamos hablando de una manifestación esporádica de violencia a manos de algún capullo incivilizado, sino de algo más profundo que hay que analizar y solucionar desde la misma raíz. Y luego está el asunto de la criba en la entrada. Aquí en Dublín, una capital de gente sencilla con catorce pubs por metro cuadrado, el personal de seguridad suele estar dentro del local, no en la puerta. Jamás he visto prohibir la entrada a nadie en tres años. Sin embargo en algunas zonas del centro de Londres me han llegado a prohibir la entrada en tres pubs consecutivos, y sin darme la más mínima explicación. Bueno, una vez un gorila me espetó un escueto “¿tú dónde te crees que vas?”. El baremo estaba claro: con traje sí, con vaqueros a la puta calle. Que me parece estupendo que si fulanito monta su garito y paga sus impuestos para reservar su derecho de admisión deje entrar a quien le se salga de los cojones. Pero obviamente el gorila no está ahí para protegerme a mí, sino la cartera del dueño del local. Que se argumenten “motivos de seguridad” para encubrir el más puro elitismo es una desfachatez como un templo. Y cuando esto no lo hace el dueño de un local privado sino un gobierno, es una aberración política.

    Hace años empezó la guerra de precios en las compañías aéreas. Se redujeron drásticamente los servicios y se convirtieron los aviones en tiendas volantes. Ahora hay que pagar 9 euros por un minúsculo sándwich, un botellín de agua y un “obsequio especial”: un Lacasito en un sobre. A mitad de vuelo la tripulación te ofrece joyas, relojes y gafas de sol. Yo hasta ahora me llevaba mi botella de agua en la mochila. Pero se acabó: ahora el avituallamiento hay que hacerlo en las tiendas del aeropuerto, donde todo vale un huevo. Qué oportuno. En breve nos contarán que se pueden hacer bombas imprimiendo páginas con tintas especiales que al mezclarlas se vuelven flamígeras y tendremos que comprarnos una copia “segura” del Código da Vinci dentro del recinto aeroportuario, no vaya a ser que a un tipo le de por juntar su Mortadelo clorhídrico con su New York Times sulfúrico y se monte la de dios es cristo.

    Yo es que intento imaginarme la estampa y me da la risa:

    -Azafata, dígale al piloto que ponga rumbo a la Casa Blanca. Lo más vertical posible.

    -¡Dios mío, tiene una Mirinda!

    Por lo menos en los cines no te ponen excusas. Las palomitas y la Pepsi se compran dentro, y si no te gusta te esperas a que salga el DVD o tiras del eMule (luego se quejarán…)

    Que no digo yo que igual esto de las bebidas no tenga todo el sentido del mundo. No sé, no soy ningún experto en explosivos. Pero que después de años y años de alzar la voz contra el imperialismo, de gritar hasta la saciedad “No a la guerra”, de poner en la medida de mis humildes posibilidades un granito de arena por la igualdad social, de pasar la vergüenza de ir por ahí con un pasaporte de un país que envió tropas a invadir Irak en mi nombre y que se meó en la ONU para bailarle el agua al la democracia petrolífera (país del que tuve que emigrar para poder respirar un poco y no pasar a engordar la larga lista de los “mileuristas”, aunque el señor Varsavski concluya que el problema del empleo precario en España es que somos unos memos envidiosos y antiprogresistas que no apoyamos frescas iniciativas sociales como su FON), después de apretar los puños y llorar de tristeza, impotencia y rabia contenida el 11M, de aguantar estoicamente que el señor Aznar suponga que el 14M no le voté por que me coaccionó Al-Qaeda, que después de todo eso uno vuelva a casa por Navidad y en el control policial le despeloten, le hagan un tacto prostático y le confisquen el frasco del gazpacho por si uno es un terrorista, pues sí, oye, me toca los cojones.

    Los programas de nuestros gobiernos cada vez me recuerdan más a los malos programas Java: un código mal diseñado y mal implementado, todo dentro de un enorme try/catch, y al final una lista interminable de captura de excepciones. Que sí, que las excepciones hay que capturarlas, en los aeropuertos o en donde sea. Que el control de errores es necesario. Pero cuando las excepciones se convierten en la norma hay que empezar a pensar que el programa es una puta mierda.

    Una vez le envié a un manager un documento enumerando los múltiples defectos de una aplicación desarrollada por la empresa y una análisis bastante detallado con un montón de mejoras que convertían el engendro aquel en un producto simple y de fácil manejo. Su respuesta: “es que si se lo ponemos muy fácil no nos contratan el soporte”. Da que pensar.

    06 de noviembre de 2006