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  • Publicado el 15/12/2009, en (otros) ·  21

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    Publicado el 01/12/2009, en críticas, Juin, opinión, reflexiones ·  21

    Lo que de verdad me irrita de los reality shows no es el hecho de que sean una forma de mantener entretenido al público con morbo malsano. Tampoco que a veces se presenten como “experimentos sociales” en los que participa “gente normal”. Los individuos dispuestos a vender su vida privada a cientos de miles de personas intentando hacerse famosos a golpe de genital no son la norma, ni psicológica ni estadísticamente hablando. Es duro pensar que cada vez que alguien eleva a la categoría de experimento científico esa casa con diez oligofrénicos copulando en los retretes y teniendo conversaciones que harían enrojecer a un niño de seis años, millones de científicos que dedicaron décadas de esfuerzo y pasión para hacer avanzar el conocimiento humano, desde Aristóteles hasta Einstein, se revuelven en sus tumbas. Pero esto no es nada nuevo.

    También tengo la impresión de que muchos de los que ven estos programas con la excusa de que “sólo se ríen de los frikis” lo hacen porque tienen la autoestima por los suelos y subconscientemente necesitan sentirse superiores a alguien, aunque sea un pobre anciano desfigurado con un retraso mental más que evidente, como era el ya desaparecido Pozi, o un yonki en las últimas al que años de consumo de drogas le han borrado del cerebro el sentido del ridículo. Pero esto no es lo que más me irrita.

    Lo peor de los realities son las cámaras en la nuca.

    Hablo en concreto de los programas para “buscar pareja”, subgénero dentro del género reality, como el actual Granjero busca Esposa o uno que daban en la MTV hace un tiempo, cuyo nombre ni siquiera quiero buscar en google.  Así como en Gran Hermano el “espectáculo” se centraba en la convivencia y tocaba de forma tangencial el romance entre los concursantes, aquí el “romance” es el tema principal. En teoría, estos programas diseñados para parecer reales (reality show, ¿recuerdan?) generan un ambiente relajado para los que están detrás de las cámaras. Los testimonios de los concursantes así lo afirman.

    -Estaba nervioso al principio, pero después de unas cuantas sesiones se olvida que las cámaras están ahí, ¿sabes? -dice Menganito.

    Oh, maravilla. Es entonces cuando empieza la magia, el inicio del espectáculo, dice el productor. Los concursantes se han olvidado de las cámaras y entonces el selecto público puede disfrutar de ser voyeur sin necesidad de llevar gabardina ni unos prismáticos ni el riesgo de acabar en el cuartelillo dando explicaciones.

    Pero la realidad es que los concursantes no se olvidan de las cámaras, simplemente se acostumbran a vivir con ellas.

    Es muy humano adaptarse a las diferentes situaciones sociales. No usamos las mismas palabras ni el mismo lenguaje corporal con los amigotes que con nuestros abuelos, ni siquiera usamos el mismo tono de voz. Todos nos creamos personajes que se adecuan a las distintas situaciones que vivimos en nuestras vidas. Nos imitamos unos a otros, a veces conciente y otras inconscientemente, como primates que somos. Nos adaptamos. Cuando los concursantes de los realities se acostumbran a las cámaras, no están olvidándolas. Simplemente han interiorizado sus personajes y pasan a actuar con la naturalidad de un actor profesional. Y pueden llegar a creerse que son ellos. Pero en ese momento los que están delante de las cámaras son los personajes que han creado para mostrar al mundo. Sus verdaderas personalidades están ocultas en el fondo de su cerebros, asustadas de salir porque saben que encima de su nuca está la cámara, esperando que pierdan el control, ávida de basura para rellenar los tabloides y alimentar de morbo a la gente que disfruta con las miserias ajenas. Estos personajes artificiales, creados en los cerebros de los concursantes, se multiplican como virus en millones de televisores y entran en los salones de nuestras casas.

    Si un programa de estas características se vuelve popular no existe escapatoria, apagar el televisor no nos inmuniza. Cuando los personajes están en suficientes cabezas estos pasan a derramarse en conversaciones delante de la máquina de café en el trabajo y en las barras de los bares. Son personajes que parecen reales y que se comportan como si fueran reales, y les imitamos como primates que somos. Cuando nos contagian actuamos como si nuestras vidas también estuvieran siendo retransmitidas. De esta forma, los reality shows nos hacen un poco más superficiales, potenciando nuestra obsesión por la imagen, transformando las relaciones humanas en actuaciones y equiparando la búsqueda de pareja con la búsqueda de una chaqueta que nos siente bien. Eh, pero que quede bien claro que no tenemos ningún problema. Al principio se nos hizo un poco raro, pero por fin nos hemos acostumbrado y ya no notamos que las cámaras están ahí. En nuestras nucas.