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  • Publicado el 23/02/2010, en críticas, libros, Señor E ·  11

    ¿Cómo puede la literatura asustar y generar crisis en una organización criminal que maneja miles de millones de euros?
    Roberto Saviano

    Prohíbe a una cabra contar una historia y a la cabra le dará igual.
    Salman Rushdie

    El poder de los libros y las amenazas a la libertad de expresión fueron los temas de la conferencia impartida en la Academia Sueca en 2008 por Roberto Saviano y Salman Rushdie, ambos amenazados de muerte por sus escritos.

    Ocurrió en Estocolmo

    El napolitano respondía así a su propia pregunta: La literatura inquieta al crimen por cuanto desvela sus mecanismos no como un informe policial, sino de manera directa al corazón, al estómago y la cabeza. Éste es el verdadero miedo de las organizaciones criminales, que el lector llegue a sentir el problema como suyo propio, que se meta en la piel de quienes sufren esta lacra. Ya no se tratará entonces de una barbarie que ocurra allá en Nápoles, en un gulag o en Chechenia sino que será realidad en el mundo entero, y cuando la palabra comience a expandirse por él ya no se podrá detener puesto que se puede callar al escritor pero no a su aliado fundamental, el lector. Mientras el lector exista, existirá el testimonio del escritor.

    Rushdie por su parte usaba el símil animal para explicar que la libertad sencillamente de poder contar historias (ya sea la de nuestra familia, la de nuestro país, etc) es una cuestión que va más allá de la libertad de los escritores para escribir, o de los lectores para leer: es una cuestión existencial. El crimen contra esta libertad es un crimen contra la naturaleza del ser humano.

    Yo quería escribir una crítica sobre “Lo contrario de la muerte”, librito (por el tamaño) de Roberto Saviano publicado después de Gomorra. No quería desvelar mucho del contenido, así que debía completar la reseña con otros datos relacionados si tuviesen interés. Entonces me encontré con ese seminario en la Academia de los Nobel. Allí aparecía el partenopeo y su cabezón calvo rapado con un lunar, gruesas cejas, ojos apagados, ojeras (que ya tenía en la foto de Gomorra), barba de tres días más o menos y la misma austera, aburrida indumentaria de los hombres de negocios suecos: chaqueta negra, camisa blanca.

    El seminario era conducido por el entonces secretario de la Academia, Horace Engdahl. Pronunciaba un inglés británico perfecto, acentuando las últimas sílabas de cada palabra al unísono con cabezazos al aire que le hacían bailar el flequillo. Una puesta en escena pedante (aparentemente) para exponer unos conceptos y una oratoria que no tenían nada de pedantes.

    Engdahl y su flequillo rebelde introdujeron primero a Rushdie: Estrella de la literatura actual, condenado a muerte en una fatua emitida por Jomeini que puso precio a su muerte. Una década escondido bajo vigilancia policial. Como consecuencia de la fatua, Reino Unido e Irán rompieron relaciones diplomáticas (1989). Gente asociada con el libro fueron atacados e incluso asesinados. En 1998 las relaciones Reino Unido-Irán se reanudaron: Irán no apoyaría intentos de acabar con la vida de Rushdie pero el líder espiritual de Irán -Alí Jamenei- proclamó que la sentencia de muerte aún era válida. Lo inusual (hasta el momento) de aquel caso era que un estado persiguiera, por uso de la libertad de expresión, a un ciudadano de otro estado distinto.

    Desde aquel incidente se puede hablar de globalización de la amenaza, una represión para la que no existe exilio, que es a su vez reconocimiento del poder de los autores para reunir a un público internacional. Horace observa que por desgracia, existen grupos represores sin ninguna reputación internacional que arruinar, los cuales no se van a dejar impresionar por simples declaraciones de inquebrantable defensa de los Derechos Humanos.

    En el segundo turno de presentaciones de la conferencia, Roberto Saviano: Gomorra, dos millones de ejemplares vendidos en Italia; publicado y traducido en más de veinte países. El problema que sufre este napolitano nos atañe a todos: en países modernos con leyes adecuadas para defender la libertad de expresión, sigue habiendo personas que son silenciadas con amenazas de muerte. En Suecia sin ir más lejos, testigos en juicios contra bandas criminales renuncian a declarar como resultado de las presiones, al igual que periodistas que investigan a dichas organizaciones.

    Roberto explicó que cuando un policía dice que tu vida ha cambiado para siempre, o un informador revela la hora exacta de tu ejecución, lo primero que siente uno no es cuánto de injusto y erróneo tiene todo eso, la primera sensación es “¿pero qué he hecho yo?”. Empieza él mismo a odiar las palabras que ha escrito porque aunque ellas han llegado muy lejos, él no puede simplemente caminar por la calle, moverse tranquilamente, hablar, vivir. Marginación. A pesar de que esas palabras no son ya de uno solo sino de muchos -el verdadero peligro-, el castigo se recibe en solitario.

    Más aún, la mayoría de las acusaciones que recibe el de Nápoles no vienen de la Camorra (ellos emiten su condena a muerte y punto), sino de la sociedad civil que le acusa de ser un payaso, buscar la fama, el éxito, de haber especulado con esto para su beneficio. “Esto me hiere”, dice Saviano. Acusado de difamar a su propio país por decir lo que funciona mal. Roberto está fuertemente convencido de que contar la realidad es por el contrario una forma de resistencia, una forma de honrar a la parte sana del país y dar esperanza en encontrar la solución.

    Una vez hizo alguien una pintada contra él en Italia, sigue relatando: “no me lo tomé a mal, uno cuenta con ello al ser un personaje público, pero lo increíble es que hasta ahora nadie haya hecho una pintada contra la Camorra, responsable directa del aumento del cáncer en mi región por el transporte ilegal de desechos tóxicos. Las mafias en Italia son una de las potencias económicas de Europa; facturan cien mil millones de euros, invierten por todo el mundo, incluido Escandinavia. A lo largo de mi vida han matado a cuatro mil personas sólo en mi región. Una organización que hace negocios en el cemento, la panadería o la distribución de carburante. Con jefes que son médicos, constructores, psicoanalistas… una burguesía de emprendedores que está envenenando para siempre el sur de Italia” (y exportando a toda Europa el veneno en productos agrícolas o derivados, como se puede leer en Gomorra).

    Una burguesía que le quiere aniquilar por haber revelado nombres sin tapujos. Rushdie explica que irónicamente al amigo de ambos Suketu Mehta, escritor de un libro sobre la mafia en Bombay, le ocurrió lo contrario: Mehta cambió los nombres en su libro por otros ficticios… y los gángsters se molestaron. Suketu les explicó que de otra manera podrían tener problemas con la policía, a lo que contestaron “nosotros nos encargamos de la poli, tú pon nuestros nombres”.

    Salman Rushdie había empezado su discurso dando las gracias a la Academia Sueca, probablemente para la literatura lo más parecido a un sitio sagrado (risas). Lo suelta con cara de pillo, dedos jugando con su perilla cana, buscando y esperando con sus ojos de travieso que la audiencia haya entendido la broma.

    No sólo pistolas callan bocas

    Pone sobre la mesa el inglés de origen hindú la ausencia de libertad de expresión en China, África y el mundo islámico. Pero apunta que corren malos tiempos también en los países llamados “libres” de Occidente. En parte porque algunos bienintencionados grupos ideológicos intentan prevenir de lo que puede ser dicho por si pudiera parecer estar en contra de esta o aquella identidad. La censura acaba marginando y haciendo anodina a una literatura que debe ser más dura o áspera que insulsa. La democracia en sí, en su mejor versión, no es precisamente una merienda entre amigos sino una discusión apasionada. Hay (desgraciadamente, según Rushdie) una aspiración de aplacar a esos grupos que se sienten ofendidos, y con ello toda una cultura de la ofensa ha crecido: “Verdaderamente parece que estas comunidades no tiene realmente una cultura hasta que son ofendidos por algo”.

    Conforme a lo que opinó Salman, tradicionalmente el poder que más ha amenazado a los escritores ha sido, aún más que los estados, la Iglesia. Escritores como Diderot o Voltaire se propusieron romper con ese poder, y el éxito de ese proyecto (acabar con el poder de la Iglesia de limitar los pensamientos) es la victoria en que la libertad de expresión de ideas en la época contemporánea está basada. Lamentablemente, existen en la actualidad autoridades de diferentes religiones esforzándose en limitar aquello que puede ser dicho con métodos (el asesinato entre ellos) aún más brutales que los de la Inquisición.

    Rushdie prosigue señalando que el terror se ha hecho internacional pero no siempre cruza las fronteras. Voltaire decía que un escritor debía vivir cerca de la frontera con otro país, porque podría ser necesario alguna vez cruzarla para escapar. El exilio ya no funciona porque vienen a por ti de todas maneras… pero no debiéramos dar al enemigo más poder del que realmente tienen. Por ejemplo, cuando se emitió la fatua contra los Versos Satánicos, pudo comprobar el escritor inglés el límite de ese poder y con ello encontrar el camino a la solución. No estoy seguro -dice Salman- de cómo de largo es el brazo de la Camorra, pero no creo que pueda alcanzar a todos y cada uno de los rincones de este mundo.

    Añade que tenemos la obligación de proteger a Saviano, no sólo porque sea un chico simpático (risas), sino porque ésta se trata de una más entre las largas series de batallas en las que el poder intenta controlar la discusión sobre la batalla en sí.

    Ambos escritores ilegalmente sentenciados a muerte terminaron la conferencia discutiendo los distintas aspectos que afectan a la libertad de expresión. Saviano, entre otros, llamaba la atención sobre el peligro de la sobreinformación (y su connatural dificultad para filtrar o discernir lo relevante) ayudándose del dicho catalán según el cual “cuando hay inundaciones, lo primero que desaparece es el agua potable”. Rushdie alertaba de que en el tiempo presente se alienta a la gente a definir su identidad de manera cada vez más restringida, y cuanto más estrecha es ésta, más fácil es el desacuerdo con los otros. Cualquiera entiende que ninguno tenemos identidades simples. Todos tenemos identidades plurales, amplias, complejas… reconociendo esto podremos encontrar puntos de acuerdo con los demás. A lo mejor yo soy cristiano y tu musulmán pero en otra área de nuestra identidad podemos ser personas preocupadas por nuestro peso, que sufren la misma enfermedad, con hijos que nos causan idénticos problemas o seguidores del mismo equipo de fútbol. Todo eso junto es nuestra identidad y no sólo una cuestión limitada de ideología o creencias.

    Los dos autores apuntaron a diversas causas, personas, grupos, etc. Roberto Saviano asestó también el peso de la responsabilidad a todos nosotros como lectores: hay escritores que aún sufriendo enormes dificultades consiguen contarnos en un libro la realidad. Pero desgraciadamente es una realidad en la que muchos, teniendo la maravillosa libertad de ir a la librería, ver una película, etc, no se desean sumergir. Por esa razón la mafia durante muchos años ha estado estereotipada (El Padrino, Vito Corleone, Scarface), vista como una cosa glamurosa, violenta pero terroríficamente fascinante. Y la gente ya no quiere otra versión distinta.

    El libro

    La versión más realista, la que Saviano leyó en los informes judiciales y vivió como infiltrado cuando escribía Gomorra no es tratada directamente en su siguiente obra “Lo contrario de la muerte” pero es su trasfondo. El relato de lo que ocurre en el sur de Italia lo lleva inevitablemente insertado como un tumor gigante incurable, arrancarlo de cuajo sería perder más de medio cuerpo.

    “Lo contrario de la muerte” cuenta anécdotas de chavales italianos que se ven obligados a meterse en el ejército porque no tienen otra salida, que odian la guerra pero aman el combate. Han oído disparos en su calle y en el extranjero. Si no les destroza una mina quizá vuelvan a casa contaminados por uranio y con sus amigos en ataúdes, vive ahora con eso. Hombres que van con un fusil a donde se les mande y descubren pronto lo absurdo de la guerra. ¿Afganistán? desde allí escribió Enzo a Maria que “en Kabul nadie aguantaba ya más la guerra y todos querían estar tranquilos como él. Escribía diciendo que no esperaba encontrar un país tan hermoso que casi te venían ganas de irte a vivir allí y de maldecir a quien fuese que lo había dejado así“.

    Lo descrito por Saviano me llega entre otras muchas razones porque lo he visto desde mi ventana, algunas cosas son las mismas ya ocurran en barrios de España, Nápoles o Baltimore. No ya la combinación de ausencia de Estado con la ideología neoliberal del destruye a tu competidor, no sólo los crímenes en sí sino también los mecanismos que los vecinos aprenden para convivir con ellos. Citando al libro, “te adiestran para considerar todo lo que sucede como inevitable [...] y esta postura te impide entender. Entender cómo van las cosas, cómo pueden evitarse, de dónde provienen. Es como tomar cada día como si fuera el peor de los días, pero saber qué provecho sacar de cada uno de ellos. Una ventaja miserable“.

    Recoge en este libro, como hizo en Gomorra, historias humanas que hablan de los universales (la violencia, la familia, la muerte, la amistad, la tierra, la infancia, la vejez), de lacras de nuestra sociedad como el machismo, la corrupción o la brutalidad. También excarba con la misma ansiedad para encontrar rincones donde poder respirar y admirar belleza hasta comprender qué es lo contrario de la muerte. A pesar de todo ello, “Lo contrario de la muerte” sigue condenando a Roberto Saviano a vivir lo contrario de la vida.

    No quería escribir una crítica escasa y finalmente ha sido extensa para un libro de noventa páginas. Es una manera de expresar que para mí este italiano es un héroe. Y si héroe es una palabra demasiado cargada de sentimientos, fácilmente manipulable y utilizable por diferentes intereses, digo que es sencillamente necesario.

    Porque cuando a Saviano se le cuestionaba el que estuviera obsesionado con la sangre y la violencia respondió que él, al igual que quienes tienen en su corazón comprensión tanto para la belleza como para la posibilidad de vivir libre y amar, no soporta el hedor de la corrupción y devastación de su propio país. Y por ello del mismo modo que Albert Camus, indicaba su (para mí más que necesario) propósito:

    Existe la belleza y existe el infierno. A ambos permaneceré fiel lo mejor que pueda“.

    Publicado el 18/02/2010, en Diego, la viñeta ·  1

    Viñeta Diego F

    Cuando se conocieron apenas acababan de abandonar la niñez. Él era un joven algo reservado que empezaba a madurar a escondidas detrás de su semblante serio; ella la hermana pequeña de un amigo, una niña risueña en un exuberante cuerpo de mujer, la fruta prohibida del árbol del deseo. Cada vez que la tenía cerca, él tenía que esforzarse por ahogar en silencio una oleada de sensaciones, una extraña mezcla de amor y lujuria que de tan intensa llegaba a darle miedo. Así pasaron muchos meses, y entre ellos nunca hubo más que un espeso silencio y alguna leve sonrisa de complicidad que a veces alcanzaba a colarse entre toda aquella emoción contenida.

    Una fría tarde de invierno en que los amigos se habían reunido para ver una película, los dos acabaron sentados juntos en el sofá arropados con una misma manta. Ambos miraban la televisión y disfrutaban nerviosos de la proximidad del otro, hasta que en un momento dado, quizás por casualidad (o quizás no), sus meñiques se encontraron bajo la manta. Fue un roce casi imperceptible, apenas unos milímetros de piel, pero aquello les hizo estremecer. Enseguida sus manos volvieron a encontrarse, y ya no dejaron de acariciarse en silencio, con la respiración entrecortada y el pulso acelerado. Con los dedos se dibujaban el uno al otro caprichosas figuras en la palma de la mano, como si quisieran trazar sobre la piel todas esas palabras que nunca habían llegado a decirse. Durante dos horas en el mundo no hubo más que ellos dos y el erótico roce de sus manos. Aquella noche se despidieron con dos besos que guardaban un excitante secreto; se fueron a la cama sonrientes y contaron las horas hasta volverse a ver. No mucho después, un viernes noche, coincidieron en un bar. Hubo un apagón, los dos se buscaron apresuradamente y se fundieron en un apasionado beso que les hizo temblar. Volvió la luz y el secreto se hizo público: estaban juntos.

    Pero aquello no duró. Eran demasiado jóvenes y aquello era demasiado intenso; les vino grande y no supieron manejarlo bien. El miedo y la inconsciencia juveniles pusieron punto final a aquellos días felices, que se desvanecieron dejando un regusto amargo. Pasaron unos años en que no se vieron más que en contadas ocasiones, en las que volvió a interponerse entre ellos el espeso silencio. Al final la vida les separó del todo y no volvieron a saber el uno del otro. Él rememoró con frecuencia aquellos felices encuentros, y una y otra vez se arrepintió de haber dejado escapar aquel amor juvenil. Sabía que algunos trenes sólo pasan una vez en la vida.

    Y la vida pasó, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido; separados por la distancia y el olvido ambos se hicieron adultos y cumplieron la treintena. Lejos quedaba ya la despreocupada juventud y esa sensación de que todo está a salvo y es para siempre. La vida les trajo amores y desamores, salud y enfermedad, hospitales, cementerios, buenos tiempos y malos tiempos, calor y cariño, frío y soledad. Al final consiguieron ser aceptablemente felices, aún a sabiendas de que probablemente nunca volvería a resurgir la llama del amor de entre las amargas cenizas del pasado. Demasiadas decepciones; demasiadas cicatrices.

    Quizás fuese una casualidad (o quizás no), pero el caso es que una fría noche de invierno las nuevas tecnologías les pusieron de nuevo en contacto. Ella le envió un discreto mensaje que tuvo que recorrer dos mil kilómetros para llegar a su destino. Apenas un par de líneas (“hola, hace mucho que no sé de ti, me alegra encontrarte”), algo leve como el roce de un meñique. Él, catorce años después, volvió a estremecerse. Quedaron para cenar a los pocos días, y la espera se hizo eterna y no estuvo exenta de miedos y dudas: ¿y si ya no eran las mismas personas? ¿Y si ya no quedaba nada? ¿Y si era una mala idea?

    Ella esperaba nerviosa fumando un cigarro en la calle. Él apareció al rato, y en cuanto posó sus ojos sobre ella su eterno semblante serio se transformó en una gran sonrisa. Se dieron un fuerte abrazo seguido de dos besos cálidos que aún seguían custodiando un excitante secreto. Ahora eran adultos, él con un montón de canas y ella con una preciosa hija, dos luchadores que se habían empeñado en sobrevivir, pero al cruzar las primeras palabras volvieron a temblar como niños. Apenas una hora después, sentados a la mesa, volvieron los días de vino y rosas y el esplendor en la hierba. Charlaron y rieron y se confesaron que en realidad nunca se habían olvidado, y ambos se alegraron de comprobar que bajo las múltiples cicatrices aún latían dos corazones jóvenes y fuertes capaces de sentir con intensidad. El peso de los años se disipó entre risas y volvieron a ser dos jóvenes felices y despreocupados.

    Esa noche durmieron juntos y despertaron abrazados. Volvían a estar debajo de aquella manta que tantas veces arropó su idilio adolescente; volvían a estar juntos y a sentirse a salvo. Catorce años después había vuelto a pasar el tren, y esta vez no lo habían dejado escapar.

    Muchos besos y muchas caricias después, ella le miró a los ojos y le susurró: “quiero que esta vez dure siempre”.

    Y yo también, Carolina.

    Publicado el 05/02/2010, en actualidad, Diego, la viñeta ·  3

    Viñeta Diego F
    (Internet en China)

    Publicado el 03/02/2010, en Diego, el homenaje, Señor E ·  9

    Abrí El guardián entre el centeno cuando el tren que me llevaba desde algún lugar de Suecia hasta la capital echaba a andar. Lo hice con resignación, tenía que afrontar de alguna manera las siete horas de viaje que tenía por delante. Luego quise que el viaje durase más para que me diese tiempo a terminarlo sin pausa, pero conseguí acabarlo antes de llegar a Estocolmo. No muchas veces he devorado las páginas de un libro con esa misma avidez, con esa misma excitación por reconocer algo allí de mí mismo, por lo reconfortante de sentirme mejor acompañado.

    Me caía de maravilla el protagonista, Holden Caulfield. Un desastre para todo (básicamente ante sus padres y profesores) pero tenía talento para escribir, imaginación y sobre todo, tenía alma. Un tipo de chaval al que admiraba y del que intentaba hacerme amigo en el instituto. Yo era un empollón y él no (hablo de él como si fuera real). Él era un rebelde sin Norte y yo también, aunque las rebeldías de Holden no se podían comparar a las mías cuando -llegada la hora, como a todos- empecé a cuestionar la autoridad.

    Me sigue pasando y me acuerdo de Caulfield cada vez que ocurre, que en situaciones más o menos serias mi imaginación empieza a volar, escapo a mi mundo interior e imagino las chorradas más absurdas mientras mi cuerpo presente debe atender algún protocolo social más o menos prefijado. Tengo entonces que apretar los dientes y callarme la boca porque a veces se me escapa alguna palabra de ese universo de pamplinas cuando no toca.

    Algunos pasajes del libro los recuerdo vagamente pero no voy a releerlo de momento, prefiero quedarme hasta ahora con el poso que dejó, más que con los detalles. La escena con la prostituta, la de su hermana pequeña a la que tanto quiere, y mi favorita, la conversación con Mr Antolini: “La educación académica te proporcionará algo más.[...] Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente de acuerdo con ellas“. Consejo éste al que saqué partido mientras estudiaba en una surrealista y oscura facultad de telecomunicaciones.

    Sin embargo la frase que más recuerdo del libro (y que no encuentro, maldita sea) decía que los hombres y muchachos perdidos, aquellos que intentan escapar de la alienación deben buscar sin cesar ese algo que les interese, que les llene: “El día que encuentres ese algo, agárrate a ello como el náufrago al tronco flotante” (algo similar dijo Ortega y Gasset pero esa es otra historia). Con el tiempo comprendí que tengo conmigo varios trozos de madera flotantes; no llegan para hacer un bote, pero sirven para no hundirme. Una de ellas tiene lija y cuatro ruedas de goma. Otra se desliza sigilosamente por la nieve. La tercera, de corcho y fibra, apenas toca el agua cuando monta las olas. Y así, he ido entendiendo cuáles son mis verdaderas tablas salvavidas (que no busco en el cielo sino aquí en la tierra). Hay otras más en la lista, como escribir, o como la tarea de construir, tal que el albañil ladrillo a ladrillo, algo sólido con mi chica, mis amigos, mi familia, etc. La lista seguiría con otras tablas clandestinas, pero ésa también es otra historia.

    Esta noche, después de escribir esto voy a rendir al escritor del libro otro homenaje más, voy a hojear la versión inglesa que me regalaron mis amigos Antonio y Diego. Todo mi respeto y admiración para Jerome David Salinger. Descanse en paz.