Artículo publicado en El Avance (cierre del anuario de 2008)
El año 2008 será sin duda recordado como el año de la gran crisis. En años anteriores los bancos se habían estado estafando unos a otros con las hipotecas subprime y, como en el timo de la estampita, cuando finalmente el avispado comprador de duros a cuatro pesetas se quedó a solas y abrió el sobre de los beneficios descubrió que allí solo había papel mojado. La bola de nieve empezó a correr ladera abajo, se fue haciendo cada vez más grande, y acabó arrastrando consigo toda la economía mundial. Las consecuencias son de todos conocidas: inestabilidad, derrumbe bursátil, crisis alimentaria, y los gobiernos del mundo tratando de tapar el agujero de la economía privada a base de inyectar insultantes cantidades de dinero de los fondos públicos. De nuestros bolsillos, vaya.
Siempre nos la meten doblada exactamente con la misma historia. Apelan a nuestra avaricia y nos ofrecen algo que hoy vale cuatro y mañana (aseguran) se podrá vender por cuarenta. Y picamos una y otra vez como pardillos. Áticos en el extrarradio, acciones de las puntocom, colecciones de sellos de Los Simpsons, etcétera. Pura y simple especulación; la misma estafa piramidal mil y una veces rebautizada. Al final siempre llega un punto en que la burbuja de precios hinchados no tiene más remedio que estallar, y toda la pirámide hace crack.
Hasta hace escasos meses los defensores a ultranza de este fraude a gran escala que ha sido el capitalismo neoliberal (y que, como todo fraude, sólo puede defenderse por interés o por ignorancia) aún se atrevían a sostener que habían construido el mejor de los mundos posibles, y lo peor del asunto es que una parte considerable de la población se lo creía. Nos las prometíamos muy felices en nuestro dulce sueño de crecimiento exponencial. Pensábamos que todo el monte era orégano y que de verdad, de alguna forma, estos señores multiplicaban los panes y los peces. Pero llegó la hora de la verdad, que siempre llega, y pasó lo que tenía que pasar: unos pocos se lo llevaron crudo y a los demás sólo nos han dejado enormes deudas. Ellos se salvaron de la catástrofe con sus paracaídas de oro y a nosotros nos han dejado el mundo hecho unos zorros.
De todas formas todo este desastre no deja de tener una lectura positiva: hemos tocado fondo y, exceptuando los casos de estupidez insalvable, hemos cobrado conciencia de muchos de nuestros errores. Hace escasas semanas no se podía mantener una postura de izquierdas y abogar por la regulación de los mercados sin que miles de cretinos envalentonados alzasen la voz para lapidarte bajo una lluvia de manidos clichés sobre las virtudes del neoliberalismo económico y el sueño americano. Una defensa acérrima que sólo puede explicarse por egoísmo y estrechez de miras. Es comprensible; ingresaban dinero sin esfuerzo y no se planteaban que todo giraba en torno al engorde artificial de precios de cientos de miles de viviendas que no se necesitaban y que en algún momento nadie se iba a poder costear. Hoy, millones de criaturitas han despertado del sueño húmedo americano y se han dado cuenta de que en realidad estaban solos en la cama y además se estaban meando encima.
Este será también el año que vio marcharse a Bush, ese engendro estulto, reaccionario y caduco que tan bien representa a la podrida moral capitalista. Se fue el último de las Azores, el trío de pequeños dictadores que quisieron subirse a hombros de la historia y lo único que consiguieron es hacer de este mundo una vergüenza. Esperemos que ya pronto se apaguen los ecos de sus voces chirriantes y soberbias y dejen tranquilo al mundo seguir su nuevo curso.
Afortunadamente, 2008 también será recordado como el año de la elección de Obama. Uno, que está acostumbrado a la decepción política constante y a que todo quede en bonitas palabras que se lleva el viento, no puede evitar plantearse si todo esto no será demasiado bueno como para ser cierto. Pero voy a darme el gusto de creer que, efectivamente, las cosas van a empezar a cambiar. Necesitamos desesperadamente renovar nuestras esperanzas. Aún queda un larguísimo camino por recorrer para hacer de este mundo un lugar mínimamente digno, pero voy a permitirme el lujo de pensar que al menos empezamos a apuntar en la dirección correcta.
El panorama es desolador: Oriente Medio, el tercer mundo, el calentamiento global, Latinoamérica, por citar algunos de los grandes problemas del mundo de los que puede responsabilizarse en gran medida al imperialismo yankee. En un futuro inmediato me gustaría ver a EEUU retirarse de Irak, comprometerse a respetar el protocolo de Kioto, retirar su apoyo incondicional a la barbarie israelí, reducir drásticamente su consumo energético y su dependencia del petróleo árabe, retirar el embargo económico a Cuba… Ya es hora de devolver un poco de cordura a este mundo aquejado de la fiebre del dinero.
Ahora el mundo expresa sus buenas intenciones, lo que no deja de ser reconfortante. Pero las buenas intenciones no bastan; no es suficiente con soltar una lágrima oyendo un discurso de Obama, cogernos de la mano y entonar el yes we can a la luz de las velas cual anuncio navideño de Coca-Cola. Tenemos que cambiar drásticamente de mentalidad y de actitud y recuperar nuestra conciencia política. El cambio empieza por nosotros. Tenemos que recuperar nuestros valores y dejar atrás la carrera de ratas; hemos vivido los últimos años en una vorágine de consumo compulsivo y derroche energético, creyéndonos mejores cuantas más cosas inútiles poseíamos e ignorando las drásticas consecuencias de nuestra locura colectiva. Nos habíamos convertido en unos horteras inconscientes capaces de cometer las mayores barbaridades con tal de mantener un tren de vida estúpido e insatisfactorio.
Hoy más que nunca hay que arrimar el hombro. Hemos dado muchos pasos atrás y hay que recuperar el tiempo perdido. Aprovechemos el cambio de año para hacer firme propósito de enmienda y hagamos de 2009 el principio de una nueva vida. Recuperemos la humildad y la sencillez, dejemos atrás ese narcisismo caprichoso propio de la inseguridad adolescente, y maduremos de una vez por todas. Quizás no sea demasiado tarde.






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[...] pide “tirar del carro”, mientras que el otro dice que “hoy más que nunca hay que arrimar el hombro”. Hoy. Más que [...]