ÚLTIMA HORA: Segunda edición de "Fuckowski, memorias de un ingeniero" agotada, en preparación la tercera edición
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  • I.

    -Póngase cómodo, señor Fuckowski; ¿quiere una cerveza? En esta empresa no nos gustan las formalidades, no nos van los estirados con palos de escoba metidos por el culo…

    Coño. Pues sí que empieza bien la cosa.

    -Esto… sí, por favor, negra, bien fría…

    -Maika, por favor, tráigale una jarra de cerveza negra helada al señor Fuckowski. Estamos en la 237 -dijo por el intercomunicador.

    Era un tipo de unos cuarenta años, con clase, algún mechón de canas, pero lucía una sonrisa de aspecto juvenil. Prosiguió:

    -Bien. Ha superado usted tres entrevistas técnicas. Ésta será la entrevista final. Vayamos al grano. Veo por su currículum que tiene usted bastante experiencia. Pero no dura usted mucho en las empresas, ¿eh? -el tipo me guiñó un ojo.

    -Pues… es que…

    -No, no se disculpe. Sigue usted buscando el empleo ideal, en ese sitio donde las cosas se hagan bien, ¿me equivoco?

    -Eso, exactamente.

    -Ocho años de experiencia. Está muy bien para su edad. Lleva usted diez años en la universidad, ¿cierto?

    Joder. La pregunta del millón. A ver como le explico yo ahora el tema.

    -Esto… sí. Tuve la oportunidad de trabajar, y consideré que… bueno… me quedan sólo seis asignaturas, y…

    -No, no, por favor, nada de explicaciones. No le culpo por ello. Con la mierda de universidades que tenemos en este país… Pero no se preocupe, aquí no será prejuzgado por su expediente académico.

    Entonces entró Maika y por poco no se me cayeron las pelotas. Una tía de mi estatura, morena, pelo sedoso, piel blanca, enormes ojos azules… ¡y qué cuerpo! La voluptuosidad hecha secretaria. Llevaba unos pantalones negros ajustados que se aferraban con fuerza a su imponente culo y bajaban justo hasta la mitad de las pantorrillas, tacones altos, y un top blanco que apenas podía contener las tetas más inmensas que había visto fuera de internet.

    -Aquí está la cerveza, señor Fuckowski -me dijo Maika.

    Encima tenía voz de tontita, de no haber roto un plato, de chuparse el dedo, de tenerlo todo afeitadito, de no decir nunca que no, de disfrutar como una perra chupando y chupando y dejándose chupar y…

    -Si no la quiere, me la llevo -me había quedado embobado mirándole las tetas; tenía la boca abierta y la lengua colgando.

    Cogí la cerveza e intenté decir gracias, pero con la lengua fuera sólo pude emitir un nosequé estúpido y baboso. Maika salió de la sala sonriendo. Juraría que me había guiñado un ojo…

    El director de mirada joven prosiguió:

    -Uno de nuestros análisis iniciales reveló que el 99.5% de alumnos con expediente brillante son borregos mediocres que jamás se dan cuenta de si aquello que les exigen hacer es una memez o no, que no piensan por ellos mismos, que presuponen a sus superiores el don de la verdad absoluta, que se autoculpabilizan de todo, y que son capaces de estudiar quince horas al día simplemente por miedo al fracaso, porque “así funcionan las cosas”. Acaban devorados por las consultoras, son el perfil ideal. Los mandan a marear la perdiz al cliente y ellos no se dan ni cuenta. ¿Cree usted que un cliente, en su ignorancia tecnológica, sería capaz de concluir que está pagando una millonada por cuatro chavales sonrientes con expediente de sobresaliente, por cambiarle los colorcitos de la página web? No, sobre todo cuando los cuatro chavales sostienen, porque de hecho están convencidos de ello, que están “desarrollando un proyecto de reestructuración de cascade style sheets para adaptar los estilos subyacentes a la usabilidad de la quinta generación y así posicionar el producto a la cabeza del mercado”. Y encima, como son unos mantas, pues tardan cien horas que se le cobran al cliente, y todos tan contentos. Así va el país…

    Joder. Oír hablar a ése tío era como oírme hablar a mí mismo. Quería más.

    -¿Y el otro cero coma cinco?

    -¡Por el culo te la hinco! -me espetó el tipo a la vez que extendía el brazo y me señalaba con su dedo índice.

    Yo no estaba preparado para aquello y se me quedó cara de absoluto gilipollas. Tenía que haber una cámara oculta en algún sitio.

    -Bébase su cerveza, hombre, ¡que aún le veo un poco estirado!

    Cuando el hombre termino de reírse a mi costa, me explicó lo del otro cuatro mas uno:

    -Los otros pertenecen al reducido grupo de los genios que no se han desmotivado, porque desde siempre quisieron dedicarse a la enseñanza e investigación y tuvieron claro que un buen expediente era su única posibilidad. Saben que la docencia es deficiente, que emplear carísimas horas de clase en copiar al dictado es una estafa, que en realidad lo que hay que saber no son las respuestas correctas, si no las que el profesor de turno considera correctas, y que posiblemente luego lo tengan que reaprender casi todo, pero aún así hacen el sacrificio en pos del futuro. Luego, después de unos años como becarios precarios haciendo el trabajo sucio del departamento, preparando apuntes de asignaturas nuevas, corrigiendo exámenes en fin de semana, yendo a por café, tiza y tabaco, redactando brillantes artículos que firman todos los demás, y en definitiva haciendo todo el trabajo de algún espabilado que se pasa el curso viajando por los cinco continentes de conferencia en conferencia y de hotel en hotel, consiguen su plaza. Y ahí es cuando empieza el verdadero infierno: su forma de hacer las cosas, su talento, su entusiasmo, deja en evidencia a todos los demás, así que se ven sometidos a la conjura de los necios, al más cruel acoso laboral, son perseguidos, calumniados, ninguneados. Salvo excepciones, acaban aislados en algún oscuro despacho, sufriendo algún tipo de úlcera y preguntándose en qué han fallado.

    -Terrible… -dije.

    Yo en toda la carrera había tenido tres o cuatro buenos profesores. Tenía que acordarme de mandarles un mail agradeciéndoles sus clases. Le pegué un buen viaje a la cerveza. Empezaba a sentirme como en casa.

    -En fin. Le explico como trabajamos en esta compañía: le damos un portátil con conexión por satélite a internet y a nuestra red privada. Un terabit. También le damos una tarjeta de crédito con la que podrá pagar billetes de avión, hoteles, restaurantes, y ocio. Sin límite. Usted se larga a donde le salga de los cojones: Teruel, Florencia, Estambul, Zihuatanejo. Cada viernes a las 14:00 GTM, se conecta con el cuartel general por videoconferencia para que sepamos que sigue vivo. Cuando corresponda, le enviaremos la lista de tareas y el plazo de entrega. Luego trabaja usted como le venga en gana, pero con una única condición: aquí no hay retrasos. Ante cualquier tipo de imprevisto, nos lo comunica inmediatamente para que alguien retome su trabajo, que debe estar perfectamente documentado y libre de bugs. Si el viernes no da usted señales de vida, alguien seguirá por donde usted lo hubiera dejado. Si no estaba usted en un hospital, estará despedido. Y si todo va bien, el 1 de cada mes le pagamos el sueldo base, y después de cada entrega nos repartimos los beneficios. Noventa por ciento a repartir entre los programadores y analistas, diez por ciento para mí que para eso la empresa es mía. Además, ¿no querrá que los tiburones que tengo en la pecera del salón se me mueran de hambre, no?

    La polla me iba a reventar la bragueta.

    -¿Dónde hay que follar? Digo, ¡FIRMAR!

    -Firmar, en el contrato. Follar, en la sauna.

    Accionó de nuevo el intercomunicador.

    -Maika, traiga el contrato, y prepárese para un masaje y una sesión de sauna.

    No me lo podía creer. A los diez segundos entró Maika en bikini, toda ella inmensas curvas de piel blanca y carne prieta, con los pezones y el sexo tapados por tres triángulos rojos de tela, cada uno del tamaño aproximado de un Dorito. Bajo el ombligo tenía uno de esos tatuajes tribales con forma de V, que no significan nada en chino, ni en sánscrito, ni hostias. Usan el lenguaje visual de las señales de tráfico y significan “por aquí se va al chocho”.

    Dejó el contrato sobre la mesa y empezó a masajearme los hombros. Ocasionalmente sus tetas se posaban sobre mi cabeza. Me bebí lo que me quedaba de cerveza de un tirón.

    Eché un vistazo rápido al contrato. Sin asteriscos, sin letra pequeña, sin cláusulas de abducción. Todo tal y como me lo habían explicado.

    -Bueno, firrrme ssu contrrrato y sse da ussted una sessión de ssauna con Maika, con todo incluido…

    De pronto el tío tenía acento rumano. Levanté la vista de los folios. Me ofrecía una pluma metálica con punta de aguja. Al tipo le habían salido unos enormes y afilados colmillos.

    -Ssupongo que no le imporrtarrá firrmarr con ssangrre…

    -Oiga, pero… ¿se puede saber qué clase de payasada es ésta? -dije, indignado, a la vez que me levantaba de mi silla.

    El tipo guardo la pluma en un cajón, y sacó un bolígrafo. Se echó mano a los colmillos, se quitó la dentadura postiza y la dejó junto a la pluma. Me pasó el bolígrafo y dijo:

    -Bueno, era nuestro último test psicológico. Lo ha superado usted. Verá, hemos observado que en un mundo en el que impera la más absoluta tiranía laboral, muchos trabajadores sufren una especie de síndrome de Estocolmo. Cuando empiezan a trabajar para nosotros sienten culpabilidad, remordimientos, una especie de rechazo al placer, al bienestar. Acostumbrados a cobrar un sueldo mísero y a oír la cantinela de “hay que apretarse el cinturón que el sector está mal”, cuando cobran un salario digno no pueden soportarlo. Al final se convierte en auténtica paranoia. Piensan que nos dedicamos al tráfico de armas, que somos mafiosos, o satánicos, que se van a quemar en el infierno. Es que la religión ha hecho estragos en las conciencias humanas…

    Pero, ¿quién cojones era ese tío? Bueno, iba a tener la oportunidad de averiguarlo.

    Firmé el contrato, se lo entregué, y dije:

    -Entonces, lo del casquete en la sauna, ¿era parte del test, o…?

    -No, en absoluto, Maika le acompañará a la sauna. Aquí somos muy abiertos, ¿verdad?

    -Por supuesto… -respondió Maika. Me cogió de la mano y se encaminó a la puerta. La seguí al pasillo.

    Era un pasillo largo de moqueta roja. La jarra de cerveza había hecho su efecto, tenía que ir al servicio urgentemente.

    -Perdón, ¿hay un servicio cerca, Maika?

    -Sí, es la puerta al final del pasillo. La sauna es aquí, te espero dentro. ¡No tardes!

    Se quitó la parte de arriba del bikini y me la colgó del cuello.

    -Ni dos segundos. Estaré ahí antes de que empieces a sudar.

    Me dirigí al final del pasillo. Anduve y anduve y de pronto reparé en que el pasillo no se acababa nunca. Joder. No sería la primera vez que me iba a quedar sin casquete por algún retraso estúpido.

    Me lo pensé un poco; luego me saqué la chorra, me apoyé en la pared, apunté al filo de la moqueta, y me dejé ir…

    Entonces me desperté.

    Era un uno de Octubre. Yo estaba en el paro: había dejado el trabajo y había decidido volver a la universidad, a terminar la carrera. Era mi primer día de clase.

    Tenía veinticinco años. Y me había meado encima.

    Por Adehoces
    (sobre el autor)
    » escribir un comentario
    1. [...] La l

      Pingback by mrithail.com » Fuckowski, Memorias de un Ingeniero — 2 de marzo de 2006 @ 11:37
    2. [...] Hace casi dos años leí este post de fuckowsky y alguna sinapsis se produjo en algún rincón de mi cerebro. [...]

      Pingback by Programming Ape » Hasta luego. — 16 de noviembre de 2006 @ 2:04
    3. [...] (Basado en el archiconocido I.T. Pito del Sereno de Fuckowski, para que luego digaís que os suena de algo…) [...]

    4. genial

      Comentario by hayVa — 2 de febrero de 2010 @ 22:58

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