
Era mi primera tarde en mi nuevo apartamento, en el sótano de un caserón en pleno centro de Dublín. Andaba desempaquetando ropa y libros cuando llamaron a mi puerta. Abrí, y lo primero que pensé fue que aquel tipo raro no podía querer nada bueno. Era extremadamente delgado y pálido, lucía una barba canosa y descuidada y su mirada era esquiva. Tenía en los dedos y en los labios las típicas manchas oscuras del tabaco, y olía como si sudase güisqui puro. La camisa blanca pulcramente planchada y el ajustado sombrero negro contrastaban con el aspecto dejado de aquel hombre. ¿Sí? –pregunté, desconfiado. Buenas tardes, mi nombre es Joe. Vivo en el apartamento de al lado. Tan sólo deseaba darle la bienvenida a la casa; para cualquier cosa que necesite quedo a su disposición. Hablaba muy despacio, como si quisiera asegurarse de pronunciar correctamente pesar de su embriaguez. Intercambiamos unas frases amables y cada uno volvió a lo suyo.
Varios días después Joe volvió a llamar a mi puerta. Eran las ocho de la mañana; yo acababa de ducharme y estaba a punto de salir a trabajar. Aún sonaba Pink Floyd en mi equipo de música (Recuerda cuando eras joven, y brillabas como el sol…) Joe, en su tono amable y correcto, me preguntó si podía subir el volumen. Yo no tengo equipo de música; he reconocido la canción y desearía disfrutarla unos instantes –me explicó. Subí el volumen y puse la canción desde el principio. Cuando acabó me fui a trabajar, intrigado.
Joe es un misterio. No tiene trabajo y siempre está en casa, solo. Pasa las horas leyendo, viendo la tele y dando largos tragos a su botella de güisqui. No tiene horarios; a veces sale a tender sus camisas a las cuatro de la mañana. Algunas tardes le veo por la ventana del patio durmiendo en una vieja butaca. Cuando hace sol, Joe se pone su sombrero negro y se sienta en la terraza del bar de al lado, y bebe y fuma y ve pasar la vida sin mediar palabra. Nunca tiene visita; supongo que nadie le echa de menos. Imagino que malvive gracias a algún tipo de subsidio. Es posible que padezca alguna enfermedad; o quizás su enfermedad sea sólo la botella.
La semana pasada se nos inundó el sótano; el agua nos llegaba hasta las rodillas. Joe y yo tuvimos que abandonar nuestros apartamentos en mitad de la noche. Nos sentamos en la escalera a esperar a los bomberos y charlamos amigablemente durante cuatro horas. Joe, entre trago y trago, me habló de sus múltiples viajes, de su niñez en la Irlanda deprimida, de cuánto han cambiado los tiempos. Se expresaba con una inusual elocuencia y citaba a Wilde, a Joyce y a Becket con una facilidad pasmosa. A ratos, evocando pasajes de su memoria, sus ojos brillaban como los de un niño al que el mundo le resulta fascinante. Oyéndole concluí que en realidad él no está enfermo; el que está enfermo es el mundo y Joe bebe para olvidarlo, para preservar en alcohol al niño que lleva dentro y que ya no entiende nada.
Hoy he terminado de recoger mis cosas; mi apartamento ha quedado inhabitable. Mañana me mudo a otra parte. Dentro de un rato voy a despedirme de mi extraño vecino y a dejarle un regalo que le he comprado esta tarde: un reproductor de CD y un “grandes éxitos” de Pink Floyd. Shine or your crazy diamond, Joe.
Columna publicada en el diario
El Avance de La Axarquía









1 comentario en el blog
[...] Joe el irlandéswww.perspicalia.com/post/joe-el-irlandes por juanfra hace pocos segundos [...]