Columna publicada en El Avance el 28 de Noviembre de 2008
(Versión impresa)
Nos costó tres horas de coche llegar a la playa, la mayor parte del trayecto por un camino de tierra plagado de curvas. Íbamos charlando sobre lo mal que va el mundo últimamente. A pesar de que el coche temblaba con fuerza, Luka dormía plácidamente en brazos de su madre. Cuando finalmente llegamos a nuestro destino todos estábamos exhaustos menos él. Despertó riendo, se apeó del coche y echó a andar hacia la orilla.
Allí no había ni rastro de civilización. Sólo estábamos nosotros, el mar y una espesa bruma blanca flotando sobre la arena. Espacio natural protegido, rezaba un cartel. Quedé largo rato contemplando el paisaje, maravillado. El Atlántico rugía profundo ante mis ojos, el viento se estrellaba contra las montañas volcánicas a mis espaldas, el sol se colaba por entre las nubes y yo cada vez me sentía más pequeño y más humilde. De pronto me avergoncé de pertenecer a esta raza humana tan ciega y tan cargada de odio, y sentí ganas de llorar por un planeta que muere a manos de nuestra mezquina insensatez.
Me despojé de mi ropa y eché a correr por la orilla; apreté los puños y corrí desnudo por la arena hasta que me perdí en la bruma. Paré cuando la sangre empezó a golpearme las sienes; me lancé de cabeza al agua y me dejé llevar por las olas de espuma. Una y otra vez nadaba mar adentro, y una y otra vez las olas blancas me devolvían a la orilla y me dejaban tirado sobre la arena. A veces uno quisiera que el mar se llevase los sueños rotos, los malos recuerdos, la rabia, los demonios; a veces uno lo daría todo por olvidar que el mundo está condenado. A veces uno quisiera renacer y no puede.
Una voz lejana que gritaba mi nombre me sacó del trance. De la nada blanca surgió una pequeña figura borrosa que corría hacia mí con los brazos abiertos. Era Luka.
Tiene cuatro años. Es medio serbio y medio bosnio, pero nació bajo el sol de Canarias y ha pasado su corta vida jugando en la playa. Un buen día su madre decidió que quería empezar de nuevo, se armó de valor y abandonó Serbia. Aterrizó en las islas sola y sin saber español, y a base de mucho coraje y sacrificio consiguió construirse una vida. Luka nació poco después. Él es inmensamente feliz; así lo atestigua su mirada limpia y risueña. No sabe lo que es el odio, ni la guerra, ni la miserable condición humana. Aún no había nacido aquella mañana de Abril en que su madre no pudo ir a clase porque la OTAN bombardeaba Belgrado. Luka no sabe de los fantasmas que pueblan la memoria de su madre; ella mantiene a raya sus demonios detrás de una perpetua sonrisa. Luka ha nacido en un espacio protegido donde juega feliz y no conoce más que el amor.
“¡Ehpérame, ‘Fredo, que te fuihte sin mí y aún no jugamoh!”, me dijo el pequeño con su peculiar acento majorero. Le cogí en brazos y nos metimos en el agua a jugar a los surfistas, y durante un rato volví a ser un niño inocente y despreocupado.
Mas tarde tuvimos frío y decidimos regresar. Subí al pequeño a mis hombros y volvimos paseando por la orilla. Entonces me di cuenta de que no todo está perdido: Luka es la esperanza. A veces el coraje de una madre es capaz de sobreponerse a la barbarie y hacer resurgir la inocencia de entre las ruinas del odio. Luka es la humanidad renacida. Su madre quizás no lo sepa, pero ella sola ha salvado el mundo. Y es que sólo hay dos fuerzas en la naturaleza: el caos y el amor de madre, y una vez más el amor de madre ha ganado la partida.









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[...] [Fuckowski ] Luka es la esperanzawww.alfredodehoces.com/press/luka-es-la-esperanza por Palcraft hace pocos segundos [...]