
-Pues yo a tu edad ya llevaba tres años partiéndome la espalda –su padre le repetía el mismo discurso por enésima vez-, y entre saco de cemento y saco de cemento a mí no me quedaba tiempo para depresiones, ni crisis, ni tonterías de esas que os pasan a los jóvenes hoy en día. Que os habéis vuelto muy blandos, tanta consola y tanta tele y tanta tontería, y no aguantáis nada. Teleco es muy duro, teleco es muy duro… ¡Hacer mezcla, poner ladrillos, levantar muros, eso sí que es duro! ¡Y veinte años me he pasado yo dando el callo de sol a sol para poder darte a ti las oportunidades que yo nunca tuve! ¡Vamos, me habría sacado yo teleco con la punta del pijo! ¿Qué es eso de que estás desmotivado? ¿Acaso le digo yo al capataz que no puedo sacar más mezcla porque me he desmotivado? Uy, pobre, que está desmotivado, llevémosle al psicólogo y a ver si en tres o cuatro meses podemos terminar la obra. Pero sin prisa, que vaya que le dé una crisis… Vamos hombre. Menuda chorrada. Los apuntes son como los ladrillos. Doscientos ladrillos, un tabique. Doscientos folios, una asignatura menos. Así de fácil. Y no me vengas con que no te entran, a ver si va a ser que he tenido un hijo tonto. ¡Tonto! ¡Un hijo mío! De eso nada. Tú llevas mi apellido, mi sangre y mi inteligencia. Así que no quiero oír más tonterías. Te metes en tu habitación y en Septiembre demuestras de qué madera estamos hechos en esta familia.
Así que una vez más Roberto se metió en su habitación sin una salida, sin una respuesta. Sin poder replicar que el pedigrí de una humilde familia de albañiles no basta para dominar las ecuaciones diferenciales, máxime cuando se estudia en una universidad masificada donde entran cien y sólo pueden salir cinco, y además se sufren graves carencias de base por culpa de una reforma educativa diseñada para lavar la cara a las estadísticas a base de aflojar el nivel exigido en lugar de mejorar la calidad de la enseñanza. Sin encontrar siquiera una pequeña grieta en el férreo discurso paterno por la que introducir una idea muy simple: en realidad él nunca había querido ser ingeniero. Pero toda la vida había escuchado la misma cantinela: éste niño muy listo (como su padre), llegará lejos, sacará matrículas de honor, lucirá el apellido familiar bordado sobre una bata blanca por los pasillos de la universidad.
Delante de él se elevaba un muro infranqueable de cincuenta asignaturas que se le antojaban imposibles y que además sólo le conducirían a un futuro que nunca había deseado; detrás de él, un muro de incomprensión. Avanzar le resultaba imposible y retroceder era decepcionar a todos. Así que justo antes de volverse loco, Roberto optó por escapar volando de su mudo cautiverio. Desempolvó la guitarra que tuvo que enterrar en un armario en primero de carrera, metió algo de ropa en su raída mochila y, sin dejar siquiera una nota de despedida, escapó en el tren nocturno con destino a cualquier parte. Hoy su foto decora las calles de la ciudad. Desaparecido hace ocho meses; se recompensará cualquier información sobre su paradero.
Un joven anónimo le pone alma a una triste estación de metro arrancando acordes de blues a su vieja guitarra. Alguien se acerca, deja caer un euro sobre la raída mochila que yace en el suelo y dice: qué talento tienes, chaval. Y, por primera vez en años, Roberto sonríe.
Columna publicada en el diario
El Avance de La Axarquía






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