Siempre hay una excusa

By – On abril 15, 2009 – In columna en El Avance With 3 Comments

Era una mañana soleada en Dublín y me dirigía al trabajo con la sonrisa puesta. En la estación de tren un joven repartía periódicos gratuitos; cogí un ejemplar y al primer vistazo a la portada la sonrisa desapareció de mi cara. Al parecer, un grupo de disidentes del IRA (autodenominado “el auténtico IRA”) había matado a tiros el día anterior a dos soldados ingleses. Cuando terminé de leer la noticia tuve que reprimir las lágrimas. Los soldados ingleses asesinados eran dos ingenieros de poco más de veinte años. Cuatro personas más habían resultado heridas: otros dos soldados y dos repartidores de pizza. Por lo visto, el individuo que realizó la llamada telefónica para atribuirse la autoría del atentado indicó que los pizzeros habían sido tiroteados “por servir al imperio”. Casi no podía creerlo; por un momento pensé que quizás estuviese leyendo uno de esos diarios humorísticos con noticias falsas. Cuatro chavales de veinte años y dos repartidores de pizza: las oscuras fuerzas del mal y sus malévolos sirvientes.

Oí decir a Chomsky que detrás de un acto terrorista siempre suele haber una pequeña parte de legitimidad. La historia de la humanidad es cruel; todos podemos encontrar motivos históricos para odiar a alguien con solo remontarnos lo suficiente en el pasado. La clave está en que la mayoría de nosotros tenemos mejores cosas en que emplear nuestro tiempo que andar pegando pedacitos del pasado sobre un lienzo de odio para crear historias de buenos y malos, de héroes y villanos. Por mucho que algunos de los mal llamados conflictos a los que se enfrenta la sociedad moderna puedan tener un origen más o menos legítimo, lo cierto es que hoy por hoy muchos han dejado de tener sentido. Todos esos motivos por los que algunos malnacidos dicen entregarse a la violencia no son más que pobres excusas para dar rienda suelta a sus verdaderas naturalezas. El verdadero problema es que cada cinco minutos en alguna parte nace un hijo de puta.

El resto es solo cuestión de tiempo: el hijo de puta es narcisista y déspota, cree merecer el paraíso simplemente por existir, y en algún momento encontrará una historia a su medida que ratifique su superioridad y culpe a terceros de conspirar para no dejarle ocupar su merecido lugar en el mundo. Estas ensoñaciones fascistas tomarán una u otra forma concreta dependiendo de la nacionalidad o la religión del hijo de puta en cuestión. El noble y heroico vasco oprimido por el ruin español, el alemán de pura sangre aria a la búsqueda de su esplendor ensuciado por las razas inferiores, y todo el largo etcétera. Pensamiento mágico al servicio de esos delirios de grandeza que siempre hunden sus raíces en el complejo de inferioridad; diferentes manifestaciones de la misma patología que niega la responsabilidad en el propio fracaso y busca un enemigo arquetípico sobre el que proyectar la frustración. El hijo de puta niega al otro para afirmarse a sí mismo y disfraza la falta de empatía de superioridad moral; su ego vive de esta lucha. Y ya dijo Nietzsche que quien vive de combatir a su enemigo no tiene ningún interés en acabar con él. Para un hijo de puta siempre hay una excusa.