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  • 16 de febrero de 2010

    Cuando se conocieron apenas acababan de abandonar la niñez. Él era un joven algo reservado que empezaba a madurar a escondidas detrás de su semblante serio; ella la hermana pequeña de un amigo, una niña risueña en un exuberante cuerpo de mujer, la fruta prohibida del árbol del deseo. Cada vez que la tenía cerca, él tenía que esforzarse por ahogar en silencio una oleada de sensaciones, una extraña mezcla de amor y lujuria que de tan intensa llegaba a darle miedo. Así pasaron muchos meses, y entre ellos nunca hubo más que un espeso silencio y alguna leve sonrisa de complicidad que a veces alcanzaba a colarse entre toda aquella emoción contenida.

    Una fría tarde de invierno en que los amigos se habían reunido para ver una película, los dos acabaron sentados juntos en el sofá arropados con una misma manta. Ambos miraban la televisión y disfrutaban nerviosos de la proximidad del otro, hasta que en un momento dado, quizás por casualidad (o quizás no), sus meñiques se encontraron bajo la manta. Fue un roce casi imperceptible, apenas unos milímetros de piel, pero aquello les hizo estremecer. Enseguida sus manos volvieron a encontrarse, y ya no dejaron de acariciarse en silencio, con la respiración entrecortada y el pulso acelerado. Con los dedos se dibujaban el uno al otro caprichosas figuras en la palma de la mano, como si quisieran trazar sobre la piel todas esas palabras que nunca habían llegado a decirse. Durante dos horas en el mundo no hubo más que ellos dos y el erótico roce de sus manos. Aquella noche se despidieron con dos besos que guardaban un excitante secreto; se fueron a la cama sonrientes y contaron las horas hasta volverse a ver. No mucho después, un viernes noche, coincidieron en un bar. Hubo un apagón, los dos se buscaron apresuradamente y se fundieron en un apasionado beso que les hizo temblar. Volvió la luz y el secreto se hizo público: estaban juntos.

    Pero aquello no duró. Eran demasiado jóvenes y aquello era demasiado intenso; les vino grande y no supieron manejarlo bien. El miedo y la inconsciencia juveniles pusieron punto final a aquellos días felices, que se desvanecieron dejando un regusto amargo. Pasaron unos años en que no se vieron más que en contadas ocasiones, en las que volvió a interponerse entre ellos el espeso silencio. Al final la vida les separó del todo y no volvieron a saber el uno del otro. Él rememoró con frecuencia aquellos felices encuentros, y una y otra vez se arrepintió de haber dejado escapar aquel amor juvenil. Sabía que algunos trenes sólo pasan una vez en la vida.

    Y la vida pasó, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido; separados por la distancia y el olvido ambos se hicieron adultos y cumplieron la treintena. Lejos quedaba ya la despreocupada juventud y esa sensación de que todo está a salvo y es para siempre. La vida les trajo amores y desamores, salud y enfermedad, hospitales, cementerios, buenos tiempos y malos tiempos, calor y cariño, frío y soledad. Al final consiguieron ser aceptablemente felices, aún a sabiendas de que probablemente nunca volvería a resurgir la llama del amor de entre las amargas cenizas del pasado. Demasiadas decepciones; demasiadas cicatrices.

    Quizás fuese una casualidad (o quizás no), pero el caso es que una fría noche de invierno las nuevas tecnologías les pusieron de nuevo en contacto. Ella le envió un discreto mensaje que tuvo que recorrer dos mil kilómetros para llegar a su destino. Apenas un par de líneas (“hola, hace mucho que no sé de ti, me alegra encontrarte”), algo leve como el roce de un meñique. Él, catorce años después, volvió a estremecerse. Quedaron para cenar a los pocos días, y la espera se hizo eterna y no estuvo exenta de miedos y dudas: ¿y si ya no eran las mismas personas? ¿Y si ya no quedaba nada? ¿Y si era una mala idea?

    Ella esperaba nerviosa fumando un cigarro en la calle. Él apareció al rato, y en cuanto posó sus ojos sobre ella su eterno semblante serio se transformó en una gran sonrisa. Se dieron un fuerte abrazo seguido de dos besos cálidos que aún seguían custodiando un excitante secreto. Ahora eran adultos, él con un montón de canas y ella con una preciosa hija, dos luchadores que se habían empeñado en sobrevivir, pero al cruzar las primeras palabras volvieron a temblar como niños. Apenas una hora después, sentados a la mesa, volvieron los días de vino y rosas y el esplendor en la hierba. Charlaron y rieron y se confesaron que en realidad nunca se habían olvidado, y ambos se alegraron de comprobar que bajo las múltiples cicatrices aún latían dos corazones jóvenes y fuertes capaces de sentir con intensidad. El peso de los años se disipó entre risas y volvieron a ser dos jóvenes felices y despreocupados.

    Esa noche durmieron juntos y despertaron abrazados. Volvían a estar debajo de aquella manta que tantas veces arropó su idilio adolescente; volvían a estar juntos y a sentirse a salvo. Catorce años después había vuelto a pasar el tren, y esta vez no lo habían dejado escapar.

    Muchos besos y muchas caricias después, ella le miró a los ojos y le susurró: “quiero que esta vez dure siempre”.

    Y yo también, Carolina.

    21 de noviembre de 2009

    Iba en el autobús de Torre del Mar a Málaga. Contemplaba el mar y se me perdía la mirada entre los brillos del sol sobre el rítmico vaivén del agua. Pasé largo rato absorto, hasta que por el rabillo del ojo capté una preciosa sonrisa pintada de rojo que me sacó de mis reflexiones. A través del hueco entre los asientos delanteros pude fijar mi atención en aquellos labios felices y cálidos. Una chica joven de ojos verdes y rostro sereno parecía recrearse en algo que, a juzgar por esa mirada derretida de puro amor, debía ser fascinante. Supuse que era el mar.

    Entonces otros labios también pintados se acercaron a los suyos, sus ojos verdes se cerraron despacio, y hubo un beso templado y suave y caricias en la mejilla, y yo casi me sentí culpable por colarme en aquel íntimo momento escondido tras mis gafas de sol.

    La chica de ojos verdes volvió a la devota contemplación de su compañera. Yo volví a perder la vista en el mar, y al rato me di cuenta de que me había quedado perplejo. No por el beso lésbico, que uno siempre ha pensado que pretender imponer al amor y al deseo los límites estadísticos de las costumbres es una gilipollez contra natura, sino porque caí en la cuenta de que no recordaba haber visto una expresión de cariño tan pura en muchísimo tiempo.

    ¿Cuándo había sido la última vez que había visto una pareja heterosexual en actitud semejante, mirándose a los ojos con tal devoción? Solo alcanzaba a recordar caras largas, brazos cruzados, ceños fruncidos, discusiones, reproches, rabia contenida, como si las parejas estuviesen juntas por obligación y no por placer. Concluí que quizás, como postulaba Erich Fromm en El arte de Amar, los tentáculos de la sociedad de consumo se hayan enredado en las mismas raíces del amor. Todo se define, se retuerce y se condiciona, todo se desvirtúa y se etiqueta y se convierte en producto, y al final se acaba persiguiendo esa versión superficial e insulsa del amor con la que se nos bombardea en los medios, con sus sonrisas Profidén y sus mesas para dos y sus diamantes para siempre, un sucedáneo frívolo del amor que llena el alma tanto como el comprar un nuevo teléfono móvil. Adquirimos el producto esperando que, acto seguido, nos invada esa felicidad mística que la publicidad nos promete; queremos que el vecino del quinto nos mire y se muera de envidia. Pero la felicidad nunca termina de llegar, y acabamos culpando al otro de no ser aquello que creímos comprar.

    La sociedad de consumo acabará apropiándose también de las relaciones homosexuales y las redefinirá, desvirtuará y etiquetará a su gusto, inventará ritos y fechas señaladas y prometerá la felicidad eterna al final de un laberinto de escaparates y cajeros automáticos. Pero hoy que aún es un acto de rebeldía el salir del armario, hoy aquellas dos chavalas del autobús se aman porque les da la gana, lejos de todo condicionamiento, y se besan en discreto silencio sin importarles el resto del mundo. Mientras, otras muchas parejas exhiben ruidosamente sus superficiales relaciones de diseño, y algunas incluso se atreven a afirmar que lo suyo es “lo natural”.

    23 de enero de 2009

    (Columna publicada hoy en El Avance)

    A Málaga se la recuerda serena y cálida, húmeda y resplandeciente. Cuando se vive lejos, bajo un cielo siempre gris y un aire que huele a frío, volver a Málaga es una fiesta para los sentidos. Sobre un lienzo azul que sabe a mar Málaga dibuja sus calles con trazos irregulares de cemento y cal y las remata con pinceladas de diversos aromas: dama de noche y jazmín, café recién hecho y tabaco, pescaíto frito, vino y madera. Echo de menos el ruido de la calle, ese caótico murmullo de voces de gente sencilla que sobrelleva la vida como buenamente puede y hace de su rutina una suerte de ritual cargado de significado.  Esa señora viuda que entra al bar cada día exactamente a la misma hora (¿Lo de siempre, María? Un descafeinado con sacarinas y dos churritos, ha’ er favó… Ahí que voy p’al ambulatorio, niño, a que me miren la tensión), ese camarero que ha envejecido detrás de la barra de bar donde se marchitaron sus sueños, ese abuelo que se sienta al sol en la Plaza de la Merced a contar los días que faltan para que la Navidad le traiga de nuevo a sus hijos y nietos, esos jóvenes que vuelan libres sobre sus tablas de skate sin saber que aquí no tienen futuro.

    ¿Por qué será que los lugares con menos futuro suelen ser los que tienen más encanto? Quizás sea la memoria, que todo lo recuerda más bello. O quizás es sólo que Málaga, con su mar, su sol y su música de la vida, de encanto anda sobrada. El caso es que muchos tuvimos que irnos y todos sin excepción soñamos con volver. A nuestro rincón del mundo, a nuestro bar de siempre, a perdernos de nuevo por esas calles que durante años nos vieron crecer y que un buen día nos vieron partir. A todos nos ha pasado lo mismo: la distancia nos ha dado perspectiva y hemos acabado amando incluso aquellas cosas que detestábamos,  por ser rasgos característicos de la tierra que tanto añoramos. La entrañable descortesía en que resultan las limitaciones culturales, la omnipresente pincelada de cutrez, el regusto a desesperanza.

    Y en esas estamos, siempre recordando, siempre volviendo. Somos una generación decepcionada e inconformista; tuvimos que irnos para que no se nos marchitaran los sueños y ahora soñamos con regresar. Somos una generación de románticos que, como recitaba Sabines, “siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte; el amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”. Pero la prórroga alguna vez tocará a su fin; tarde o temprano daremos ese último paso. Final de trayecto, última estación. Seremos por fin parte del murmullo de la calle, del gentío de la plaza, de los asiduos del bar. Niño, ponme lo mío. Quién sabe, quizás nos sentemos al sol a contar pacientemente los días que faltan para la Navidad. Aún no hemos cumplido los cuarenta y nos faltan muchos trenes por coger, pero sabemos que la última estación es azul y huele a mar y a dama de noche.  Málaga. Nuestra Málaga.

    20 de agosto de 2008

    Columna publicada en el diario El Avance
    de la Axarquía en Agosto de 2008

    Era medianoche y llovía sobre Estocolmo. El tren acababa de ponerse en marcha y aún se movía lento. Estábamos cansados, había sido un día muy largo. Habíamos volado de Dublín a Amsterdam, de ahí a Estocolmo, y todavía nos quedaban seis horas de tren hasta llegar a Östersund. Contemplábamos la noche desde la ventana y recordábamos años pasados. Hablábamos de cómo las circunstancias habían acabado llevándonos a todos lejos de casa. Ya no éramos un grupo de amigos que repartían pizzas, daban clases particulares o ponían copas para costearse las carreras; habíamos partido en busca de futuro y ahora éramos informáticos en Irlanda, telecos en Suecia, biólogos en USA. Lejos quedaban ya esas soleadas tardes malagueñas con música de vencejos, esas rondas nocturnas por los callejones del centro, el mirar arriba y ver la Alcazaba, con su romántica luz del pasado, haciendo mora nuestra luna y brujas nuestras noches. Ahora todos vivíamos lejos y para tomar unas cervezas juntos teníamos que pedir vacaciones y coger dos aviones y un tren.

    Emilio había sido el último en partir. Hacía mucho que tenía el amor en Suecia y todos sabíamos que tarde o temprano daría el salto. Terminó la carrera, preparó una maleta con algo de ropa, unos cuantos libros y casi treinta años de recuerdos, y se llevó sus ilusiones  a una pequeña ciudad sueca a mitad de camino entre Málaga y el Polo Norte.

    Abrí los ojos a las seis de la mañana y creí estar aún soñando. Una tenue luz azulada teñía de paz el interior del vagón; la gente dormitaba en sus asientos mecidos por el monótono vaivén del tren. Miré por la ventana: un océano de nieve y pinos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Detrás del horizonte el sol despuntaba sus primeros rayos, que a veces conseguían colarse entre los árboles y acariciarme la cara haciéndome entornar los ojos. Parecía que hubiésemos llegado a la silenciosa cima del mundo, donde todo es blanco y puro y bañado en oro. Me quedé largo rato contemplando el paisaje con una sonrisa de gratitud; eterna gratitud a la madre naturaleza por derrochar belleza. En eso el tren empezó a aminorar la marcha. Estábamos llegando a Östersund.

    Nos forramos de ropa, nos calzamos las botas y nos apeamos del tren. Emilio nos esperaba en la estación con su perpetua sonrisa y sus incombustibles ganas de vivir. No hacía falta preguntarle cómo estaba: derrochaba felicidad, como siempre. Nos encaminamos a su apartamento. Las casas, las calles, los jardines, los bosques… todo estaba cubierto por un apacible manto blanco. El aire frío purificaba mis entrañas. Yo miraba a mi alrededor con ojos de asombro, como un niño que descubre el mundo por primera vez. Eché a correr y me arrojé a la nieve. Quedé tumbado boca arriba, mirando al cielo, con los brazos abiertos. Quería fundirme con aquel tranquilo paraíso helado.

    La pequeña ciudad de Östersund es como el pueblecito de cuento donde nunca muere la inocencia ni se apagan las chimeneas. Las casas, los árboles, todo allí es madera bañada de blanco; caprichosas figuras de hielo azul decoran las cunetas. La tarde es oscura y los escaparates derraman su luz dorada sobre las aceras. Se diría que allí siempre es Navidad. Los niños juegan en la nieve, con sus guantes y sus orejeras y sus gruesos abrigos de plumas. Las abuelas se sientan junto al fuego y se entretienen mirando por la ventana, contando las ardillas que se corretean por el jardín. Los jóvenes pasean sus idilios por el lago y cuando cae la noche vuelven a sus apartamentos enmoquetados y cenan con luz suave y música romántica.

    Cinco días estuvimos disfrutando del sosegado estilo de vida de aquel lugar donde todo era orden y respeto. Paseamos en silencio por el bosque una mañana azul oscura y luego tomamos té y pasteles en una cafetería con velas en las mesas. Cruzamos a pie el lago helado para llegar a una colina donde pasamos la tarde entera deslizándonos una y otra vez en pequeños artilugios de plástico. Nos fuimos de excursión a la montaña y nos metimos en una cueva de hielo verde que se había formado bajo una cascada. Visitamos una fábrica de chocolate, luego fuimos a un hotel donde nos bañamos en una piscina al aire libre y corrimos en bañador por la nieve para asombro de los civilizados suecos. Bebimos en bares llenos de vida a los que llegamos por oscuras calles mojadas y solitarias. Nuestras risas parecían ser las de siempre, pero me daba la impresión de que el último instante de nuestras sonrisas siempre tenía una capa casi imperceptible de amargura. No pude evitar plantearme si ahora que había cambiado todo también habíamos cambiado nosotros. ¿Nos habrían pasado la factura el tiempo y la distancia? ¿Seguíamos siendo los mismos, o nos habíamos dejado pedazos del alma por el camino? ¿Qué precio habíamos pagado por nuestro futuro? Pensé en la posibilidad de volver a donde siempre y no sentirlo como siempre, y por un momento sentí pánico. ¿Y si nuestra tierra ya no era la que era? ¿Y si ya no podíamos volver nunca al mismo lugar? ¿Y si estábamos perdidos en el tiempo?

    De todo ello hablábamos la última noche en el apartamento. Afuera hacía cinco bajo cero. La luz de una solitaria farola plantada en la nieve apenas alcanzaba a atravesar la densa niebla. Tras las ventanas la noche negra congelaba el aire; dentro de casa una pequeña radio pintaba de nostalgia el vacío. Por algún motivo la música suena mejor en el frío. Las notas suenan puras, cristalinas, resplandecen como rayos de sol despuntando en el hielo. Y allí estábamos nosotros, tres malagueños, vaciando cerveza tras cerveza y escuchando a Serrat y Sabina. Emilio rememoraba como, estando en la playa la tarde antes de coger su vuelo sin retorno, a la hora de volver a casa él volvía a tirarse al agua una y otra vez porque no quería que ninguna vez fuese la última. Antonio recordaba que después de aquellos largos días de duro trabajo le bastaba media hora corriendo descalzo por la arena, respirando hondo el aire del mar, para recuperar las fuerzas y la sonrisa. Yo me acordé de esos últimos metros en el aeropuerto antes de cruzar el control de seguridad. Me abracé con mis padres y mi hermana. A mi madre se le quebró un poco la voz al decirme adiós, y yo cerré los ojos, me di la vuelta y me fui sin mirar atrás porque sabía que si la veía llorar no sería capaz de coger ese avión. Sí, a todos nos dolía la distancia.

    Entonces Serrat y Sabina se arrancaron por rumba. Cuatro acordes, un golpe sordo a la guitarra, y a mi se me escapó un ole que me salió del alma. No pudimos ni quisimos evitarlo. Dejamos de hablar y nos unimos a la música. Redoblamos las palmas, marcamos el son golpeando entre nuestras piernas la madera de las sillas. Reímos y jaleamos. No estábamos muertos, no, estábamos de parranda. Acabó la rumba y seguimos la fiesta. Sacamos más cervezas y pusimos más canciones. Yo quiero encontrar la felicidad y olvidar el olvido, nos cantaba Muchachito, que estaba perdío. Sé de un lugar donde brotan las flores para ti, donde el río y el monte se aman, donde el niño que nace es feliz, lloraba la voz triste y profunda de Triana. Nosotros también sabíamos de ese lugar. Paco de Lucía nos llenó de magia por bulerías; las sentidas notas de su guitarra nos devolvieron el eco de la Alcazaba, el embrujo, el misterio. Afuera hacía frío, pero a nosotros nos calentaba la sangre mora y gitana forjada en la hoguera del tiempo, entre los muros de piedra de silenciosos palacios, en patios de naranjos bañados de luna, en caminos de polvo y arena, en sórdidas tabernas de madera húmeda de vino. Sangre de hombres y mujeres que han amado la tierra con pasión, que han bailado sin miedo ni pudor la danza de la vida. Sangre misteriosa y noble, caliente y amarga.

    A la luz de la música pudimos ver por un instante nuestro futuro. El regreso, el reencuentro, los brazos abiertos de la familia que nunca nos sintió lejos. Seremos maridos, seremos padres. Viviremos cerca del mar y cenaremos juntos a la luz de un farol. Nos esperan largas noches de pasión y vino. Y seguiremos siendo los de siempre, porque al duende no lo matan los siglos, ni la distancia, ni la nieve.