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  • 23 de enero de 2009

    (Columna publicada hoy en El Avance)

    A Málaga se la recuerda serena y cálida, húmeda y resplandeciente. Cuando se vive lejos, bajo un cielo siempre gris y un aire que huele a frío, volver a Málaga es una fiesta para los sentidos. Sobre un lienzo azul que sabe a mar Málaga dibuja sus calles con trazos irregulares de cemento y cal y las remata con pinceladas de diversos aromas: dama de noche y jazmín, café recién hecho y tabaco, pescaíto frito, vino y madera. Echo de menos el ruido de la calle, ese caótico murmullo de voces de gente sencilla que sobrelleva la vida como buenamente puede y hace de su rutina una suerte de ritual cargado de significado.  Esa señora viuda que entra al bar cada día exactamente a la misma hora (¿Lo de siempre, María? Un descafeinado con sacarinas y dos churritos, ha’ er favó… Ahí que voy p’al ambulatorio, niño, a que me miren la tensión), ese camarero que ha envejecido detrás de la barra de bar donde se marchitaron sus sueños, ese abuelo que se sienta al sol en la Plaza de la Merced a contar los días que faltan para que la Navidad le traiga de nuevo a sus hijos y nietos, esos jóvenes que vuelan libres sobre sus tablas de skate sin saber que aquí no tienen futuro.

    ¿Por qué será que los lugares con menos futuro suelen ser los que tienen más encanto? Quizás sea la memoria, que todo lo recuerda más bello. O quizás es sólo que Málaga, con su mar, su sol y su música de la vida, de encanto anda sobrada. El caso es que muchos tuvimos que irnos y todos sin excepción soñamos con volver. A nuestro rincón del mundo, a nuestro bar de siempre, a perdernos de nuevo por esas calles que durante años nos vieron crecer y que un buen día nos vieron partir. A todos nos ha pasado lo mismo: la distancia nos ha dado perspectiva y hemos acabado amando incluso aquellas cosas que detestábamos,  por ser rasgos característicos de la tierra que tanto añoramos. La entrañable descortesía en que resultan las limitaciones culturales, la omnipresente pincelada de cutrez, el regusto a desesperanza.

    Y en esas estamos, siempre recordando, siempre volviendo. Somos una generación decepcionada e inconformista; tuvimos que irnos para que no se nos marchitaran los sueños y ahora soñamos con regresar. Somos una generación de románticos que, como recitaba Sabines, “siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte; el amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”. Pero la prórroga alguna vez tocará a su fin; tarde o temprano daremos ese último paso. Final de trayecto, última estación. Seremos por fin parte del murmullo de la calle, del gentío de la plaza, de los asiduos del bar. Niño, ponme lo mío. Quién sabe, quizás nos sentemos al sol a contar pacientemente los días que faltan para la Navidad. Aún no hemos cumplido los cuarenta y nos faltan muchos trenes por coger, pero sabemos que la última estación es azul y huele a mar y a dama de noche.  Málaga. Nuestra Málaga.

    02 de diciembre de 2008

    Columna publicada en El Avance el 28 de Noviembre de 2008
    (Versión impresa)

    Nos costó tres horas de coche llegar a la playa, la mayor parte del trayecto por un camino de tierra plagado de curvas. Íbamos charlando sobre lo mal que va el mundo últimamente. A pesar de que el coche temblaba con fuerza, Luka dormía plácidamente en brazos de su madre. Cuando finalmente llegamos a nuestro destino todos estábamos exhaustos menos él. Despertó riendo, se apeó del coche y echó a andar hacia la orilla.

    Allí no había ni rastro de civilización. Sólo estábamos nosotros, el mar y una espesa bruma blanca flotando sobre la arena. Espacio natural protegido, rezaba un cartel. Quedé largo rato contemplando el paisaje, maravillado. El Atlántico rugía profundo ante mis ojos, el viento se estrellaba contra las montañas volcánicas a mis espaldas, el sol se colaba por entre las nubes y yo cada vez me sentía más pequeño y más humilde. De pronto me avergoncé de pertenecer a esta raza humana tan ciega y tan cargada de odio, y sentí ganas de llorar por un planeta que muere a manos de nuestra mezquina insensatez.

    Me despojé de mi ropa y eché a correr por la orilla; apreté los puños y corrí desnudo por la arena hasta que me perdí en la bruma. Paré cuando la sangre empezó a golpearme las sienes; me lancé de cabeza al agua y me dejé llevar por las olas de espuma. Una y otra vez nadaba mar adentro, y una y otra vez las olas blancas me devolvían a la orilla y me dejaban tirado sobre la arena. A veces uno quisiera que el mar se llevase los sueños rotos, los malos recuerdos, la rabia, los demonios; a veces uno lo daría todo por olvidar que el mundo está condenado. A veces uno quisiera renacer y no puede.

    Una voz lejana que gritaba mi nombre me sacó del trance. De la nada blanca surgió una pequeña figura borrosa que corría hacia mí con los brazos abiertos. Era Luka.

    Tiene cuatro años. Es medio serbio y medio bosnio, pero nació bajo el sol de Canarias y ha pasado su corta vida jugando en la playa. Un buen día su madre decidió que quería empezar de nuevo, se armó de valor y abandonó Serbia. Aterrizó en las islas sola y sin saber español, y a base de mucho coraje y sacrificio consiguió construirse una vida. Luka nació poco después. Él es inmensamente feliz; así lo atestigua su mirada limpia y risueña. No sabe lo que es el odio, ni la guerra, ni la miserable condición humana. Aún no había nacido aquella mañana de Abril en que su madre no pudo ir a clase porque la OTAN bombardeaba Belgrado. Luka no sabe de los fantasmas que pueblan la memoria de su madre; ella mantiene a raya sus demonios detrás de una perpetua sonrisa. Luka ha nacido en un espacio protegido donde juega feliz y no conoce más que el amor.

    “¡Ehpérame, ‘Fredo, que te fuihte sin mí y aún no jugamoh!”, me dijo el pequeño con su peculiar acento majorero. Le cogí en brazos y nos metimos en el agua a jugar a los surfistas, y durante un rato volví a ser un niño inocente y despreocupado.

    Mas tarde tuvimos frío y decidimos regresar. Subí al pequeño a mis hombros y volvimos paseando por la orilla. Entonces me di cuenta de que no todo está perdido: Luka es la esperanza. A veces el coraje de una madre es capaz de sobreponerse a la barbarie y hacer resurgir la inocencia de entre las ruinas del odio. Luka es la humanidad renacida. Su madre quizás no lo sepa, pero ella sola ha salvado el mundo. Y es que sólo hay dos fuerzas en la naturaleza: el caos y el amor de madre, y una vez más el amor de madre ha ganado la partida.

    15 de febrero de 2008

    Columna publicada hoy en el diario
    El Avance de La Axarquía
    (versión impresa, pdf 269Kb)

    Recuerdo que de niño contaba los días que faltaban para fin de curso. Tras el último día de escuela volvía corriendo a casa, metía en una mochila mis tebeos favoritos y esa pequeña libreta donde mis buenos amigos del colegio me apuntaban sus direcciones al lado de emotivas promesas de amistad eterna, y me sentaba en el sofá a esperar impaciente a mis padres, que preparaban las maletas. Ya de noche, cuando todo estaba listo, nos metíamos en el coche y partíamos a Torre del Mar, dejando atrás el centro de Málaga. Mi hermana y yo pasábamos todo el viaje inventando cancioncillas tontas y contemplando el costero paisaje que nos brindaba la carretera antigua. Por fin, tras una hora que siempre se me hacía interminable, aparcábamos el coche en el Paseo de Larios y subíamos las cosas al apartamento. Yo me dejaba embriagar por la brisa nocturna, esa brisa cálida que huele a arena húmeda y a fuego, esa brisa que es la caricia del mar. Por fin de vuelta, me decía. El mar siempre fue más mi hogar que la tierra. Tenía la sensación de que el verano no acabaría nunca; pero septiembre siempre llegaba y regresábamos a Málaga por la carretera antigua, y mi hermana y yo guardábamos silencio y contemplábamos la mar revuelta a través de una ventana salpicada de lluvia. Qué lento parece pasar el tiempo cuando eres niño; y un buen día te miras al espejo y tienes treinta años y un montón de canas y tienes que bajar a la playa a buscar tus recuerdos.

    Frente al mar jugué con mi hermana hasta caer exhausto; frente al mar lloré de risa en compañía de mis mejores amigos. A orillas del Mediterráneo, una noche de San Juan, me besé apasionadamente con una mujercita que se me llevó la virginidad y a la que no volví a ver nunca. En un mar negro pintado de estrellas me bañé desnudo con aquella rubia belga a la que tanto quise; ella me abrazó y me susurró al oído un te quiero dulce y salado que me caló hasta lo más hondo. El mar también me ha visto llorar; aquella tarde en que supe que había dejado de ser niño bajé a la playa, me senté en la orilla y me aferré con fuerza a la arena, pero la infancia se me escurrió por entre los dedos y me arrancó dos lágrimas amargas que se llevaron las olas. Cada vez que la vida me ha roto en pedazos he ido a esconderme al Puerto de La Caleta. Allí, en mi rincón del mundo, he pasado largas tardes viendo partir a los pesqueros con su estela dorada y su corte de gaviotas, buscando respuestas en el horizonte. El mar me ha enseñado que siempre viene la calma tras las tormentas de la vida; que siempre hay otro verano, otro atardecer, otro barco, otro amor. También recuerdo que una vez el mar, enfadado, estuvo a punto de matarme. Pero lo perdoné, porque al mar, como a todo lo que se ama profundamente, se le perdona todo.

    Ahora vivo muy lejos y aquí casi siempre es septiembre. Ya no hay mar detrás de mi ventana salpicada de lluvia, y los atardeceres ya no huelen a hogueras lejanas. Soy feliz, pero hay veces en que el mar me duele, y el alma se me revuelve y se me ahoga como un pez fuera del agua. Entonces solo quiero volver, pero la vida aún no me deja. Quizás aún falten muchos años o quizás no suceda nunca. Por si acaso he dejado escrito que, cuando muera, quiero que me incineren y que arrojen mis cenizas al Puerto de la Caleta. Me gusta pensar que algún pesquero se llevará mi alma enredada en su estela dorada, y que las gaviotas me acompañarán mar adentro, a reencontrarme con mis pedazos rotos, con mis lágrimas, con esos amores a los que no volví a ver nunca, con todos esos compañeros que un día me juraron amistad eterna. Volveré entonces a ser niño y jugaré con mi hermana hasta caer exhausto, lloraré de risa con mis mejores amigos, y siempre será verano y ya no me dolerá el mar.

    06 de julio de 2007

    Alicia se detiene en la orilla, cierra los ojos y se sacude los cabellos; durante un instante su desnudez queda envuelta en una lluvia de pequeños brillos dorados; yo contemplo la escena desde dentro del agua, sonrío maravillado, excitado, enamorado; salgo despacio del agua y me acerco a ella, que ya está tumbada en la arena, esperándome, y justo cuando pienso que soy tan feliz que apenas puedo creérmelo, van y me fallan las piernas, caigo de rodillas, intento levantarme pero no puedo, llamo a Alicia pero por algún motivo no me oye; de pronto parece estar muy lejos; el sol me ciega, entorno los ojos y de la nada aparecen un par de siluetas borrosas, un hombre y una mujer, que me llaman por un nombre que no me suena de nada; les pido que se vayan, que me dejen tranquilo, que me dejen con Alicia; la señora me dice que no me preocupe, que pronto estaré bien, en casa, pero yo sólo quiero volver a la playa; trato de incorporarme pero no puedo, miro al suelo, veo una sábana verde pero no encuentro mis piernas, de pronto me duele todo y me pongo a gritar, ¿¡dónde está Alicia!?; la señora rompe a llorar, creo que me llama hijo, el señor se acerca, me agarra un brazo y me inyecta algo, yo intento forcejear pero se me van las fuerzas, en un instante el dolor se desvanece y vuelvo a sentir el sol sobre mi piel; estoy flotando, estoy en el mar; miro a la orilla y distingo a una mujer, desnuda, sacudiéndose los cabellos…