(Columna publicada hoy en El Avance)
A Málaga se la recuerda serena y cálida, húmeda y resplandeciente. Cuando se vive lejos, bajo un cielo siempre gris y un aire que huele a frío, volver a Málaga es una fiesta para los sentidos. Sobre un lienzo azul que sabe a mar Málaga dibuja sus calles con trazos irregulares de cemento y cal y las remata con pinceladas de diversos aromas: dama de noche y jazmín, café recién hecho y tabaco, pescaíto frito, vino y madera. Echo de menos el ruido de la calle, ese caótico murmullo de voces de gente sencilla que sobrelleva la vida como buenamente puede y hace de su rutina una suerte de ritual cargado de significado. Esa señora viuda que entra al bar cada día exactamente a la misma hora (¿Lo de siempre, María? Un descafeinado con sacarinas y dos churritos, ha’ er favó… Ahí que voy p’al ambulatorio, niño, a que me miren la tensión), ese camarero que ha envejecido detrás de la barra de bar donde se marchitaron sus sueños, ese abuelo que se sienta al sol en la Plaza de la Merced a contar los días que faltan para que la Navidad le traiga de nuevo a sus hijos y nietos, esos jóvenes que vuelan libres sobre sus tablas de skate sin saber que aquí no tienen futuro.
¿Por qué será que los lugares con menos futuro suelen ser los que tienen más encanto? Quizás sea la memoria, que todo lo recuerda más bello. O quizás es sólo que Málaga, con su mar, su sol y su música de la vida, de encanto anda sobrada. El caso es que muchos tuvimos que irnos y todos sin excepción soñamos con volver. A nuestro rincón del mundo, a nuestro bar de siempre, a perdernos de nuevo por esas calles que durante años nos vieron crecer y que un buen día nos vieron partir. A todos nos ha pasado lo mismo: la distancia nos ha dado perspectiva y hemos acabado amando incluso aquellas cosas que detestábamos, por ser rasgos característicos de la tierra que tanto añoramos. La entrañable descortesía en que resultan las limitaciones culturales, la omnipresente pincelada de cutrez, el regusto a desesperanza.
Y en esas estamos, siempre recordando, siempre volviendo. Somos una generación decepcionada e inconformista; tuvimos que irnos para que no se nos marchitaran los sueños y ahora soñamos con regresar. Somos una generación de románticos que, como recitaba Sabines, “siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte; el amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”. Pero la prórroga alguna vez tocará a su fin; tarde o temprano daremos ese último paso. Final de trayecto, última estación. Seremos por fin parte del murmullo de la calle, del gentío de la plaza, de los asiduos del bar. Niño, ponme lo mío. Quién sabe, quizás nos sentemos al sol a contar pacientemente los días que faltan para la Navidad. Aún no hemos cumplido los cuarenta y nos faltan muchos trenes por coger, pero sabemos que la última estación es azul y huele a mar y a dama de noche. Málaga. Nuestra Málaga.







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Tiene cuatro años. Es medio serbio y medio bosnio, pero nació bajo el sol de Canarias y ha pasado su corta vida jugando en la playa. Un buen día su madre decidió que quería empezar de nuevo, se armó de valor y abandonó Serbia. Aterrizó en las islas sola y sin saber español, y a base de mucho coraje y sacrificio consiguió construirse una vida. Luka nació poco después. Él es inmensamente feliz; así lo atestigua su mirada limpia y risueña. No sabe lo que es el odio, ni la guerra, ni la miserable condición humana. Aún no había nacido aquella mañana de Abril en que su madre no pudo ir a clase porque la OTAN bombardeaba Belgrado. Luka no sabe de los fantasmas que pueblan la memoria de su madre; ella mantiene a raya sus demonios detrás de una perpetua sonrisa. Luka ha nacido en un espacio protegido donde juega feliz y no conoce más que el amor.
En un mar negro pintado de estrellas me bañé desnudo con aquella rubia belga a la que tanto quise; ella me abrazó y me susurró al oído un te quiero dulce y salado que me caló hasta lo más hondo. El mar también me ha visto llorar; aquella tarde en que supe que había dejado de ser niño bajé a la playa, me senté en la orilla y me aferré con fuerza a la arena, pero la infancia se me escurrió por entre los dedos y me arrancó dos lágrimas amargas que se llevaron las olas. Cada vez que la vida me ha roto en pedazos he ido a esconderme al Puerto de La Caleta. Allí, en mi rincón del mundo, he pasado largas tardes viendo partir a los pesqueros con su estela dorada y su corte de gaviotas, buscando respuestas en el horizonte. El mar me ha enseñado que siempre viene la calma tras las tormentas de la vida; que siempre hay otro verano, otro atardecer, otro barco, otro amor. También recuerdo que una vez el mar, enfadado, estuvo a punto de matarme. Pero lo perdoné, porque al mar, como a todo lo que se ama profundamente, se le perdona todo.