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  • 06 de enero de 2010

    Hace años formé parte de un grupo de resistencia. Era el grupo “Yo No Necesito un Teléfono Móvil”. Nuestra causa era noble, el lenguaje SMS nos repugnaba y el estar conectados a todas horas del día con cualquier pesado que quisiera llamarnos nos parecía una pesadilla. Pero acabamos cayendo, uno por uno. Algunos aún aguantan como héroes, pero nadie ya les conoce ni se acuerda de ellos. El precio que pagaron por su libertad fue alto: ya no tienen amigos y se han quedado recluidos en sus pisos de Barcelona.

    Y como la historia se repite, he vuelto a formar parte de un grupo. Pero “Yo No Necesito un Facebook” está siendo atacado por todos los flancos, así que me rindo: me he hecho un perfil. Igual que pasó con el teléfono móvil, hoy en día el que no tiene un perfil en Facebook es un paria sin vida al que todos miran como si fuera un marciano. Esta conversación, con ligeras variantes, la he tenido los últimos meses ya varias veces.

    “Encantado de conocerte, seguimos en contacto; te busco en Facebook y te agrego.”
    “Es que… no estoy en Facebook.”
    “¿Por qué no?”
    “No lo necesito.”
    “Pero te mantienes al día de lo que hacen tus amigos lejanos, conocidos. Está muy bien. Tienes que empezar a usar internet.”
    “Uso internet, créeme. Lo que pasa es que no quiero saber esas cosas. Se me hace antinatural el enterarme de que a alguien que hace cuatro años que no veo le gustan ahora los Red Hot Chilli Peppers y se ha apuntado al grupo A mi también me molestan las pelotillas del ombligo. Me parece una pérdida de tiempo. ”
    “¡Qué guay! ¡Es la primera vez que conozco un sociópata! Espero no verte nunca más.”

    Además, no puedo luchar contra la evidencia. Cuando uno no tiene azucar tiene que tirar de sacarina. Igual que le pasa a todo el mundo que se empieza a acercar a la treintena, mi vida social está desapareciendo lenta pero inexorablemente, así que tendré que empezar a usar la nueva “sacarina de la amistad” en la que se ha convertido esta red social para dulcificar mi previsible futura soledad.

    Así dentro de unos años, cuando estemos todos esclavizados por nuestros trabajos, hipotecas y relaciones, podremos al menos sentarnos delante de nuestras pantallas a última hora de la noche. Desajustaremos nuestras corbatas y nos pondremos una gorra de medio lado. Actualizaremos nuestro perfil para que las agencias de marketing y la CIA estén al día y recordaremos las patéticas y peligrosas intoxicaciones etílicas que nos provocamos cuando eramos chavales. Que buenos tiempos aquellos, que jóvenes estamos en la foto, las risas que nos hacíamos antes todos juntos…

    Luego alguien tendrá un hijo y colgará sus fotos en el perfil. Nos plantearemos como demonios hace Facebook para conseguir el espacio de disco para guardar las toneladas de fotos que sube nuestro amigo. Menudo reto técnico. Pero no diremos nada, felicitaremos a la pareja con un pulgar digital alzado y sonreiremos de medio lado pensando que están haciendo el ridículo. Pero justo después nuestras parejas se llenarán de envidia, nos presionarán y acabaremos teniendo nuestros propios infantes. Nuestros routers echarán fuego cuando las imágenes de nuestros retoños entren a nuestros perfiles a una velocidad media de 100 fotos por minuto.

    Será entonces cuando llegaremos a la tercera edad. A diferencia de nuestros abuelos, nosotros no tendremos que contar batallitas. Un día nuestros nietos entrarán en Facebook y leerán las desfasadas, infantiles y radicales opiniones de cuando teníamos veinte años, luego se reirán por dentro cuando lean cómo gradualmente la edad nos fue moderando hasta convertirnos en mediocres oficinistas con corbata que votan a un partido mayoritario, después deducirán con horror como en la crisis de los cuarenta intentamos acostarnos sin éxito con la tía Gertrudis usando largos poemas y chistes malos en su muro, y por último serán testigos de nuestra progresiva senilidad cuando vean que acabamos saliendo del grupo “Yo también tengo resaca” y nos apuntemos al grupo “Club de Extreme Petanca”. Entonces nos sentaremos con ellos e intentaremos contarles que eramos unos nadadores portentosos cuando eramos jóvenes y se descojonarán de nosotros recordando la barriga cervecera que han visto en miles de fotos colgadas a lo largo de los años.

    Las juventudes de nuestros abuelos están rodeadas de un halo de misticismo porque sólo tenemos una o dos fotos suyas en blanco y negro, y casi siempre de uniforme y posando. Nosotros estamos haciendo documentales completos de nuestra estupidez. Y como la superpoblación y la contaminación serán problemas serios en el futuro, nuestros nietos utilizarán nuestros perfiles de Facebook como prueba para aprobar la eutanasia obligatoria en el Parlamento Mundial de toda la “Generación FB”. La evidencia será tan abrumadora que no podremos ni protestar.

    Pero perdonad, que me voy por las ramas. A lo que quería llegar es: al que me ponga en un tag de una foto le buscaré esté donde esté en el globo y le estrangularé con mis propias manos.

    10 de julio de 2009

    Trabajas en un chiringuito informático del tres al cuarto. Sois tres únicos currelas para hacerlo todo: diseñar, programar y mantener el software y la página web, tratar con los clientes, llevar la contabilidad, cambiarle la tinta a las impresoras, desatascar la fotocopiadora, hacer los pedidos, preparar cafés, avisar al electricista cuando el ascensor vuelve a fallar… Un buen día decides que ya está bien de mamarla: vas a coger el toro por los cuernos, vas a plantarle al futuro tu mejor sonrisa y a aprovechar ese gran potencial social de Internet para dar a conocer tu talento. Te maquillas, te depilas un poco las cejas, te haces una foto, abres una cuenta en Twitter y le dices al mundo que has llegado para quedarte y que nada detendrá tu carrera hacia el éxito.

    Pero llegan las primeras dudas: ¿cómo me presento, qué pongo en mi perfil? “Pringado del tres al cuarto” no proyecta una imagen de demasiado éxito. Necesitas reinventarte un poco. Ojo, sin exagerar. Que uno es un tío honrado. ¿Qué experiencia he adquirido en estos catorce meses en la empresa? Un poquito de HTML, un poquito de PHP, algo de SQL; pero vaya, que en realidad me he pasado la mitad de los días navegado por Internet. Soy partícipe de la revolución, del cambio. En el futuro podré decir que yo estuve allí. Vaya que si estuve: de 9.00 a 18.00 de lunes a sábado. Ahí, revolucionando la forma en que nos comunicamos. Casi ná.

    Total, que tú te mereces un perfil en Twitter como dios manda. De esos que al rato de publicarlos te empiezan a llover ofertas de trabajo e invitaciones a ponencias. En Perspicalia queremos lo mejor para ti, así que hemos puesto a trabajar a nuestros mejores expertos y hemos creado el Twitter bio 2.0 generator, una herramienta imprescindible en estos tiempos. Pulsa el botón [generar otro perfil] hasta que encuentres el texto que mejor se adapte a tu visión de futuro, colócalo en tu Twitter y voilá, ya eres alguien en el mundo 2.0.

    Señoras y señores, con todos ustedes:

    Twitter bio 2.0 generator

    [javascript debe estar habilitado]

    De nada, a mandar. Acuérdate de nosotros cuando estés forrado.

    Novedad novedosa: Creative Commons saca nueva licencia orientada a startups 2.0. La licencia BY-NC-SA-DS-DC (Attribution – Non comercial – Share alike – Don’t share – Don’t copy, en español Reconocimiento, No comercial, Compartir bajo la misma licencia, No compartir, No copiar) tiene por objeto satisfacer las necesidades de un grupo muy concreto (y cada vez más numeroso) de usuarios: aquellos jóvenes y no tan jóvenes que, a pesar de ser usuarios fuertes de Internet en general y las redes P2P en particular, y estar firmemente solidarizados con la causa de la cultura libre, son a su vez socios y/o fundadores de alguna startup 2.0 y no les interesa perder volumen de negocio a causa de la libre circulación de sus propios contenidos.

    Colocando una licencia BY-NC-SA-DS-DC en su página, el usuario autoriza la copia y libre distribución de sus contenidos siempre que se reconozca la autoría de los mismos, con una pequeña salvedad: copiar los contenidos o distribuirlos libremente queda totalmente desautorizado. “Esta licencia es genial”, comenta Julio Bolo, CEO de Bolovisión: “Puedes declararte a favor de la cultura libre y ponerte en la web el icono CC, que queda muy 2.0, pero si luego alguno de esos pillastres del todo gratis intenta distribuir tus contenidos por otros canales que no lleven tu publicidad, les recuerdas que la licencia es No compartir – No copiar y que por tanto deben desistir de redistribuir nada. Y ahí se acaba la discusión”.

    Preguntamos al señor Bolo si no sería lo mismo, para el caso, no usar una licencia CC y atenerse a la restricción de derechos de copia de toda la vida. “Oiga, es que en Bolovisión estamos rabiosamente a favor de la cultura libre. No le vamos a poner puertas al campo a estas alturas”, contesta Bolo sin inmutarse.

    Felipe Pons, profesor de repostería del Instituto de Dietética y experto en nuevas tecnologías por la universidad de Grayskull, comenta: “Es una licencia sumamente interesante; he seguido su evolución de forma muy atenta. Supe desde el instante cero que acabaría creándose una licencia así. Es más, me atrevería a decir que ha sucedido ni más ni menos que porque yo lo he pensado. La licencia BY-NC-SA-DS-DC puede categorizarse en lo que yo mismo me he dado en llamar copycenter, una expresión de mi invención que es mía porque la he inventado yo, y viene a denotar ese saludable término médio entre el copyright y el copyleft. El copycenter viene a ser como la política centrista: un discurso moderadamente izquierdoso, solidario y comprometido de cara a la galería, y una actitud de derechona clásica a fin de cuentas. Esto que a vosotros los profanos sin duda os parecerá rompedor, revolucionario y súmamente killer, en realidad es terreno bien conocido por nosotros los dioses del olimpo de los guruses, que ya llevamos unos cuantos añitos hablando de la cultura libre y la revolución de lo gratis por un lado, y llevándonoslo crudo por otro”.

    Cuando hablamos de la sagrada red de redes se nos llena la boca de grandes ideales: que si el espacio común, que si la tierra prometida, que si la libertad de expresión. Esto es la panacea, a dios pongo por testigo de que ya nadie nunca podrá cerrarnos la boca, podremos decir lo que queramos de la SGAE, de Teddy Bautista, del ministro de cultura, de Microsoft… Ahora se oirá la voz del individuo con la misma intensidad que la de las empresas, y al que no le guste que se joda, que para eso el bit es la unidad de medida de la libertad, y tal.

    El problema viene, como siempre, cuando no se trata de la libertad de uno sino de la de los otros. Ahí ya la cosa cambia, oiga. Que una cosa es que yo sea libre de opinar lo que quiera sobre los demás, y otra muy diferente que los demás puedan ir por ahí opinando de mí lo que les dé la gana. Vamos hombre, hasta ahí podíamos llegar.

    Hace unos días se me informa de que alguien ha presentado una queja contra mí acusándome de cosas diversas: acoso desde diversos medios de Internet (¡acoso, ni más ni menos!), creación de múltiples identidades para mancillar su honor, atentados contra su imagen, secuestro de Madeleine y asesinato con premeditación del torero Manolete, entre otras. ¿Y dónde piensan ustedes que se presentó la queja? ¿Guardia Civil, Policía Nacional, Tribunal Supremo, Organización de Consumidores…? Pues no. La queja se presentó en la empresa donde trabajo. Y qué tendrán que ver los cojones con el trigo, se preguntarán ustedes. Efectivamente, amigos: hay que decirlo más.

    Andaba yo griposo perdido partiéndome la cara con cinco mil líneas de código, en una semana en la que no me había podido permitir ni cogerme días por enfermedad por la cercanía de una fecha de entrega, cuando se me convoca a una reunión en Recursos Humanos. Me acerco por la oficina indicada, todo sudoriento y polvoroso yo; allí me espera Jack Bauer con cara de pocos amigos y un cascanueces tamaño familiar. Tomo asiento y el amigo Jack me cuenta la película: un tal Enrique Dans ha presentado una queja por todo lo arriba expuesto, indicando además que mi actividad criminal se realiza usando recursos de la compañía. Acto seguido a mí se me caen los palos del sombrajo y no sé si descojonarme o pellizcarme a ver si estoy teniendo una pesadilla 2.0. Entonces se produce un amago de conversación sobre qué es o deja de ser humor, dónde acaba la parodia y empieza la suplantación, si soy la mano negra que anda detrás de tal o cual cuenta de twitter con nariz roja y si tengo contactos con Al Qaeda.

    Respiro hondo, cuento hasta diez, reflexiono y expongo mis argumentos: a) Internet es muy grande, hay cientos de iniciativas críticas y/o humorísticas, y si alguien pretende afirmar que yo estoy detrás de todas y cada una de ellas es que, o bien sufre un trastorno narcisista severo que le impide aceptar que un montón de personas diferentes puedan estar en desacuerdo con tal o cual de sus opiniones o acciones, o bien está intentando aplicar el principio del enemigo único de Goebbels; b) tengo una página web en la que me limito a ejercitar mi libertad de expresión sin incurrir en actividad criminal alguna, y si alguien considerase que alguno de mis actos pudiera ser constitutivo de delito debería comunicarlo a las autoridades y no a una empresa a la que no le incumbe ni tiene derecho a exigir explicación alguna sobre mi vida privada; y c) rizar el rizo y afirmar que múltiples hechos que ni son delictivos ni son obra mía constituyen una actividad criminal que realizo yo desde mi lugar de trabajo, es una enorme calumnia que sólo puede entenderse como un intento vil y rastrero de intimidarme para censurar unas opiniones absolutamente legítimas agarrándose al clavo ardiendo de alguna intervención ocasional en la página del susodicho. En resumen, que lo más probable es que el denunciante me haya reconocido por algún comentario en su página realizado desde mi puesto de trabajo en mis ratos libres y haya intentado asestar un palo de ciego cargándome el muerto de toda aquella iniciativa de Internet que no resulte de su agrado, sin por supuesto tener forma alguna de saber a ciencia cierta quién anda detrás. Feo, muy feo.

    La cosa es de lógica aplastante y cae por su propio peso, así que no es necesario darle mas vueltas. Se me convoca a una reunión posterior después de la pertinente investigación. Me voy a casa reflexionando sobre la ley del embudo, el populismo, la hipocresía y lo fácil que resulta llenarse la boca y el blog de grandes valores, del “nosotros todos”, del “yo, vuestro humilde y altruista representante e incansable defensor de la libertad”, y luego andar por ahí en plan matón de la SGAE abusando de la denuncia y del cease and desist por aquello de que “la red es de todos pero a mí que no me toquen lo mío”.

    Lo cierto es que estas cosas hace mucho que no me sorprenden; cada cierto tiempo me pasa algo similar. Es el precio a pagar por tener opinión y expresarla a cara descubierta. Y por no tomarme a ciertos personajes tan en serio como ellos se toman a sí mismos. Ya tuve hace unos años a un juntaletras con muy mal perder que se dedicaba a contactar a cada tanto con los editores de “Fuckowski” (y con algunos escritores presentados al mismo concurso que yo) para informarles de que yo era el anticristo. “Ustedes crearon al monstruo”, llegó a decir. En fin, hay mucha gente desequilibrada que pierde bochornosamente los papeles cuando se les mete el dedo en la llaga. Cuatro años llevo ya con la jeta puesta en Internet; me han dicho de todo, pero jamás me he sentido acosado ni se me ha ocurrido tomar represalia alguna. De hecho me he reído un rato.

    Así que me agencio el teléfono del individuo (lo tiene publicado en su web) para intentar solventar la situación por la vía corta y pacífica (retirada inmediata de unas acusaciones absolutamente injuriosas antes de que se malgaste mi tiempo y el de Jack Bauer en reuniones y movidas), o por la vía larga y no tan pacífica (yo me veo obligado a pasar por el proceso de Kafka y, una vez superado, es mi turno de poner denuncia por injurias y pedir indemnización por daños y perjuicios). Y de paso para que me explique qué se ha fumado.

    Casi hora y media de conversación que no reproduciré por respeto a la privacidad de mi interlocutor. Sí diré que me harté de cancamusa. Pero a base de bien. La cosa empezó con mal pié y acabó de forma medianamente civilizada; se optó por la solución pacífica. Para mi sorpresa, a mi pregunta clara y concisa “cómo se atreve a mentir descaradamente y acusarme ni más ni menos que de acoso desde diversos medios, amén de otras lindezas”, el señor Dans responde, más o menos, que todo ha sido un lamentable error. Que la cosa no ha pasado de apenas un comentario informal a un amigo suyo. El cómo un comentario informal acaba convertido por arte de magia en una extensa acusación formal queda planteado como ejercicio al lector.

    El resto de la conversación, un claro caso de noslomismo:

    -¿Oiga, usted sí que puede cagarse repetidas veces en el ministro de cultura y afirmar que en España hay mucho hijo de puta al que habría que coser la cara a bofetadas, y yo no puedo indicar lo que pienso de usted?

    -Hombre, es que noslomismo.

    En resumen, incompatibilidad de perspectivas. A mí todo esto de la gran revolución de la Web 2.0 me sigue pareciendo una patochada que aprovechan un montón de mindundis para atiborrarse a canapés y chupar cámara a costa de repetir una y otra vez el mismo discurso hueco, trasnochado e intrascendente; estos individuos, como cualquier otra persona que sale a la palestra, son susceptibles de ser criticados y/o parodiados. Pero al parecer esto lo veo yo así porque tengo un tornillo suelto desde que un consultor externo me robó una novia, o algo. La verdad verdadera es que la Web 2.0 es la salvación del mundo y ellos los intocables caballeros de dorada armadura que, a lomos de sus pegasos blancos, vienen a imponer luz sobre las tinieblas; a ellos y su sacrosanta misión hay que tomarlos en serio, muy en serio. Con ellos, humor y crítica se convierten en herejía. A un caballero 2.0 hay que amarlo sobre todas las cosas sin jamás tomar su nombre en vano. Mas líbranos del mal, amén.

    Luego me hago asesorar y se me recomienda (cómo no), prudencia y buena voluntad para hacer de éste un asunto lo menos engorroso posible. Y uno, a pesar de que ácido pueda llegar a ser un rato, en el fondo no tiene mala fe. Así que me comprometo a dar un repaso a mis textos y retractarme de cualquier afirmación constitutiva de delito, e incluso a disculparme públicamente por ello. Me voy a casa, mando al limbo algunas entradas de mi página y espero a tener un rato para revisarlas a conciencia.

    Eso sí, lo cortés no quita lo valiente. Separando la cancamusa del grano, de todo esto he sacado un curso práctico de libertad de expresión con estupendos ejercicios a todo color. Veamos algunos ejemplos sencillos:

    “Señor ministro, es usted un mentiroso, un incompetente, un cavernícola, un farsante y un retrógrado”. Bien. Ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Chachi piruli 2.0.

    “El señor Dans ha hecho el ridículo con el tema Mobuzz”. MAL. Fatal. Noslomismo. Acoso personal. A la hoguera.

    “Los de la SGAE son unos ladrones”. Bien. Afirmación totally totally amparada por la libertad de expresión.

    “Muchos de los conferenciantes de la Web 2.0 son unos charlatanes y unos cantamañanas”. Noooo. Mal. Herejía. Noslomismo. Los de la SGAE están ahí claramente por la pasta y el interés; los conferenciantes de la Web 2.0 son todos unos humildes y bonachones profesores que no cobran un duro y se pagan los eventos de su propio bolsillo movidos únicamente por el noble ideal de la cultura, y que entre conferencia y conferencia se van al parque a reflexionar sobre el Mayo del 68 y dar de comer a las palomas.

    “La mitad de los finlandeses son unos hijos de puta a los que habría que partir la cara”. Bien. Libertad de expresión en su máxima expresión, valga la rebuznancia. Minipunto.

    “Afirmar lo anterior es ser gilipollas”. No. Así no. Mal. Mofa, befa y escarnio. Y muy posiblemente acoso. Afirmación NO amparada por la libertad de expresión.

    Queda claro, ¿no? La libertad de expresión es la libertad del individuo de decir lo que quiera sobre los malos, pero nunca sobre los buenos. ¿Y quiénes son los buenos? Pues por sus blogs les conoceréis, hermanos.

    En fin, este es un cuento muy viejo ya. La historia de los revolucionarios que se acaban aburguesando se repite una vez más, esta vez en formato digital. Hace un par de años aupamos al olimpo de las A-lists a todo individuo con un perfil mínimamente académico y que nos cantase los mantras fundamentales: “SGAE mala, P2P bueno, bloggers unidos jamás serán vencidos, publicidad en los blogs no, mejor con Firefox, Linux forever”. Ellos prometieron guiarnos hacia esa tierra prometida que visionaban: los geeks dominarían el mundo, los bloggers podrían decir lo que quisieran en sus sagrados blogs, las empresas en lugar de intentar cerrar bocas escucharían atentamente las voces de los individuos y tomarían buena nota de sus críticas. Los dioses nos sonreirían desde el olimpo y harían llover maná en forma de mp3’s sin DRM y software libre, y todo sería júbilo.

    Claro, es fácil hablar del bien común cuando aún no se tiene nada. Pero una vez alcanzada cierta popularidad, la tentación es grande: ¿Y si me pongo un banner? Nada, uno pequeñito, a ver qué pasa. A modo de experimento, vaya. Total, si no se va a notar… Luego llega el “a nadie le amarga una BlackBerry” y “uy, qué majos los de Nokia que me mandan su último móvil, y a vosotros no, chincha”. Más tarde el “voy a hablar un poquito de la empresa de mi amigo, así desinteresadamente… total, mi participación de capital es casi testimonial”. Por último, después de asomar el careto por bodas, bautizos y comuniones, se le coge el ritmo a esto de capitalizar la popularidad y “El blog de Fulano” se convierte en “Fulano S.L.”. El individuo queda entonces transformado en otra empresa más a la que no le gusta ser criticada y que defiende con uñas y dientes su parte del pastel. El discurso ha ido cambiando poco a poco y al final es un gran eufemismo que esconde ni más ni menos que lo que en un principio se criticaba.

    Total que al final, cuando se pasa la tormenta y tengo un rato libre, le pego un repaso a los textos más controvertidos de mi página y para mi sorpresa compruebo que no hay nada que cambiar. Crítica, sí. Mordaz, ácida, jocosa. Opinión pura y dura. Así que vuelvo a subir las entradas tal cual, y ahí se van a quedar hasta que algún juez tenga algo que objetar. La próxima vez que esto me ocasione problemas volveré a capear el temporal como buenamente pueda, pero mi boca no se cierra.

    Eso sí, voy a aprovechar para llevarme todas las entradas clasificadas en “chorradas” a una página aparte, que es algo que hace mucho tiempo que quería hacer. Esta página se queda para opinión y narrativa; en cuanto tenga dos minutos abriré otra única y exclusivamente de humor, con un cartel bien grande arriba que ponga: “Ésta página es de humor. Si eres incapaz de reírte de ti mismo cierra tu navegador, deja de mirarte el ombligo, sácate el palo de escoba del culo y vete a un puto psiquiatra”.

    27 de noviembre de 2008

    Esto ya es blanco y en botella. La web 2.0 es un circo y Enrique Dans el bombero torero. Lo llevo sosteniendo no sé cuanto ya, lo que me ha valido no pocas críticas; ídem por mis más que fundadas sospechas sobre FON y recientemente por ironizar acerca del cierre de Mobuzz. Que si algunos sólo sabemos criticar, que si somos unos hijos de puta con mucho tiempo libre a los que habría que coser la cara a bofetadas, que si España es el país de la envidia.

    Esto de la envidia del éxito ajeno es la carta de órdago de todos los charlatanes sin excepción. Además es un argumento falaz que constituye en sí mismo un farol del ocho y medio: a cualquier cosa le llaman éxito.

    En 1977, Larry Ellison fundó Oracle con 2000 dólares de su propio bolsillo (no encontraba financiación para su idea, nadie apostaba por aquello del modelo relacional). Hoy es una de las 10 personas más ricas del planeta y su empresa paga las nóminas de 80.000 empleados en todo el mundo: esto es éxito. En 2004, Anil de Mello fundó Mobuzz.tv y cuatro años después, tras fundirse cientos de miles de euros, se declara insolvente y deja en la calle a 14 empleados que han trabajado unas semanas sin cobrar: esto es una etiqueta de anís del mono. Y no, no nos da ninguna envidia.

    Ahora llegan el llanto plañidero y el mear fuera del tiesto. Cuando íbamos al colegio ya aprendíamos a atribuirnos los meritos (“he aprobado”) y culpar a otros de los fracasos (“me han suspendido”). De igual forma, si nuestra empresa triunfa es porque semos los mejores, pero si fracasa, la culpa es de los otros: de España, ese país de envidiosos en el que no se apoyan las iniciativas privadas y donde todo el mundo está deseando verte fracasar. Pues nada, señores: los que tan a disgusto estén en este país donde no pueden emprender como dios manda, que hagan el petate y se vayan a Silicon Valley. Yo el día que concluí que las circunstancias me eran desfavorables cogí un avión, y hasta hoy. Es bien fácil. Pero que se vayan ya. Mañana, vamos. Que dejen de derramar  su bilis reaccionaria, que ya tenemos bastante con un Jiménez Losantos.

    En España nos encanta el éxito, el propio y el ajeno. Faltaría más. Lo que no nos gusta tanto es el cantamañanismo. España es un país con una larga historia de orgullo obrero; aquí sabemos que la riqueza sale de la tierra y el sudor. No atamos los perros con longaniza, no somos un imperio de economía piramidal con tanques allí donde hay petróleo cuya población civil pueda ni quiera permitirse el lujo de vivir alienada pensando que es más guapa y más lista. Aquí la mayoría sudamos hasta el último céntimo de nuestras hipotecas y sabemos lo que vale un peine y lo que cuesta ganar el pan de nuestros hijos. Aquí sabemos que el dinero no sale de debajo de las piedras si no es con mucha paciencia y un arado, y que, tarde o temprano, los excesos de unos los tendremos que pagar todos. Consideramos inmoral vivir del aire, y no nos fiamos de los charlatanes que pretenden que invirtamos nuestra pasta en negocios basados en la economía de la cancamusa.

    ¿Qué es la cancamusa? La cancamusa es eso que es más complicado de lo que parece, eso que ni usted ni yo sabemos porque no somos expertos en nueva economía; la cancamusa es eso en lo que se basan los discursos inspiradores, son esos datos que manejan los expertos y que resultan incomprensibles a los mortales. Esas cuentas internas, esa carta sin levantar que permite al jugador de póker ir de farol. La cancamusa es esa nube en la que flotan los gurús muy por encima de usted y yo. Por ejemplo, cuando alguien criticaba el modelo de negocio de Mobuzz en el blog de Enrique Dans y él contestaba indignado: “te equivocas, porque no tienes los datos, y yo sí los tengo […] he visto los costes, los he evaluado yo mismo, he revisado las proyecciones, y SÍ es rentable”, eso es cancamusa. Luego, una vez Mobuzz pegó el batacazo y Dans dice que “la crisis, el retraso de varias campañas, y una inoportuna remodelación forzada de la estructura de financiación han dejado a la empresa en una situación complicada [...] una mala combinación de factores ocurridos en el peor momento”, eso es cancamusa. Cuando Mobuzz pide donaciones y se levanta 32000 euritos y todo vuelve a ser de oro, Enrique Dans dice que “se publicarán las cuentas enteritas online [...] un ejercicio de transparencia y para callar la boca a algunas críticas completamente injustificadas, y a ver a cuántos de los que hoy veo afilándose los colmillos y criticando en base a clichés injustificados veo venir después a pedir disculpas por haberse equivocado”. Eso es cancamusa. Cuando uno se defiende de la crítica con un “aquí lo que hay es mucho envidioso y mucho hijo de puta con tiempo libre”, eso ya no es cancamusa; es ser gilipollas. Pero esa es otra historia.

    La cancamusa es la razón por la que los pisos nunca bajan, los sellos se revalorizan un 400% al año y el crecimiento exponencial es perpetuo. La cancamusa es esa parte de la ecuación que cuando se elimina, uno lo ve claro y concluye: “cojones, esto es un timo”.  De la RAE: “Cancamusa: 1.  f. coloq. desus. Dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto”. Y resulta que en este país, muy en particular los que tenemos más de treinta y nos dedicamos a las tecnologías de la información, otrora “la informática”, de cancamusa sabemos un rato. El que más el que menos lleva ya a sus espaldas la crisis de las puntocom y varios otros fiascos. Hemos aprendido a separar la cancamusa del grano y ya no nos la meten doblada. Nos sabemos de pe a pa el workflow de una tormenta de mierda.

    La cosa es siempre igual: Fulanito tiene una visión (normalmente se ve a sí mismo dando la vuelta al mundo en yate con una bailarina rusa), Fulanito le levanta X millones a algún inversor o al banco, Fulanito funda su startup y contrata a unos cuantos individuos. Entonces empiezan a fundirse alegremente la pasta. El sentido común aconsejaría ser cuidadosos con el gasto mientras la empresa no obtenga beneficios; si se acaba la inversión se acaba la startup. Pero no: se compran trajes, iPhones, Blackberries, se cambia de coche, se organizan fiestas y presentaciones, se asiste a todos los saraos y se proclama a los cuatro vientos que la startup es ya hoy un gran éxito. Se alquilan oficinas en el sitio más pijo posible y se vive de puta madre mientras dura la sopa boba en el banco. Se trata de aparentar éxito y de generar la mayor cantidad de cancamusa posible hasta poder vender la empresa a algún pardillo que luego descubrirá que aquello no vale ni su peso en sellos. En muchos casos ni siquiera se preocupan de generar beneficios; al final se entra en una espiral de gasto desmesurado dedicado a aparentar lo más posible para así incentivar la compra. Se echa toda la leña al fuego, a la desesperada.

    Al calor de la cancamusa los egos engordan una barbaridad, y eso es lo que a muchos nos toca las narices. Es normal que la directiva pretenda proyectar una imagen de éxito. Pero con frecuencia los empleados de chiringuitos se endiosan hasta el punto de no ver más allá de su propio centro de gravedad (localizado en el ombligo o en el agujero del culo, depende). “He triunfado, soy el más listo del pueblo”. Olvidan que el éxito no es sacarle unos millones al inversor; el éxito es devolverlos y que nos sobre pasta, que nuestro trabajo y talento se hayan traducido en ganancias. Pero no. Ellos se relamen gustosos el centro de gravedad, se consideran triunfadores, y tratan con cierto desdén a los que nos sudamos el jornal. Son arrogantes mientras dura la sopa boba; creen elevarse por encima de los mortales flotando en su nube de cancamusa. Se acaban creyendo la propaganda y, como Narciso, se enamoran de su reflejo en un PowerPoint y pierden absolutamente la perspectiva. Valga de ejemplo el comentario de nuestro amigo en Japón después de recibir una charla cancamusera del señor que regala routers: “por la tarde llegó el mito [...] persona increíble de esas que desprenden un aura [...] habló durante una hora exacta y me hizo sentir como el protagonista de una novela de ciencia ficción que está en el momento justo en el lugar adecuado [...] os puedo asegurar que el mundo va a cambiar con Fon, quizás sea lo más interesante que está pasando ahora en toda Europa e incluso en todo el mundo. Chúpate esa.

    Cuando regalar routers tuneados que se fabrican en Taiwán se considera “exportar alta tecnología española” es que ya se ha perdido el norte. Uno se deja llevar por los cantos de sirena hasta tal punto que ya es incapaz de aceptar la más mínima crítica aunque sea constructiva, esté respaldada por la experiencia y sea con la mejor intención (“cuidado con este, primo, que se sabe desde hace mucho de qué palo va”). Uno se aferra a su delirio y atribuye toda opinión contraria a la vil envidia, rechaza a las personas críticas y se rodea de crédulos y lameculos. Se vuelve paranoico e imagina conspiraciones y persecuciones: “me odian porque soy más guapo y más listo”. A los demás se los considera necios, y se aplica el “a palabras necias, comentarios moderados”. En esta tesitura se encuentra un elevado porcentaje de la web 2.0. Es casi locura colectiva, y la sintomatología es muy clara: si uno no soporta la crítica es que algo anda mal en la psique.

    Total, que este asunto que nos venden como “empresa pionera líder en el sector, súper viable y chiripitifláutica se ve obligada a cerrar por un cúmulo de desafortunadas circunstancias impensables sumadas a la dificultad de conseguir financiación en este país de envidiosos hijos de puta”, una vez eliminada la cancamusa, se queda en un simple “empresa se pule cientos de miles de euros de inversión en cuatro años y no llega a conseguir beneficios”. Y encima tienen la desfachatez de pedir donaciones, como si fueran una ONG. Vamos hombre. Menuda forma de emprender. Ha fracasado la idea o no se ha llevado bien a cabo, punto. Si el producto es bueno, triunfar es fácil. Mobuzz no ha suscitado el suficiente interés, es así de sencillo. Estaba bien realizado, sí, pero un refrito de noticias interneteras que para cuando se ha terminado de grabar el noticiero ya son totalmente viejunas no es como para estar pegado a la pantalla esperando al nuevo programa. No sé más sobre la empresa, vi dos o tres programas y no me gustó el tema así que no volví a pasar por allí. La televisión 2.0 puede ser todo lo viable que sea, pero Mobuzz no era “la” televisión 2.0. Ha sido un intento con un contenido y un formato determinados, y no ha funcionado.

    Es que muchos (malos) emprendedores piensan que el triunfo consiste en llegar los primeros. No señores, el triunfo consiste en hacerlo lo suficientemente bien. Es como si mañana yo me apresuro a apuntarme a un concurso de tango aunque no tenga ni puta idea, llego el primero a la pista y una vez allí me pongo a bailar como si tuviera un ataque epiléptico. Lo normal es que me descalifiquen, y es del género tonto congratularse de haber sido “un pionero”. Pero bueno, esa es la cultura del pelotazo. Apuntarse rápido a lo más novedoso y aparentar.

    Señores, un poquito de humildad, que no pasa nada por reconocer que uno se ha equivocado. Este es un país de gente humilde que se solidariza con las personas humildes; nos rascamos la cartera y arrimamos el hombro por las buenas causas. No se nos caen los anillos por ir a ponernos hasta las cejas de chapapote cuando alguien ha sufrido un verdadero infortunio. Pero el mundo de los negocios es el mundo de los negocios: si te sale bien ganas pasta y si te sale mal la pierdes. Ya estamos hartos de que se pida independencia cuando todo va bien y solidaridad cuando todo va mal. La parte de mi salario que decido dedicar a causas solidarias va para Greenpeace y Amnistía Internacional, entre otras. También dono a veces a esos que se dedican a hacer software libre que me resulta útil o a esos otros que subtitulan mis series favoritas. A empresas que fracasan o especuladores a los que le sale el tiro por la culata, ni agua.

    Y a todo esto, resulta que una vez barrida la cancamusa, nuestro experto en economía digital que tan claramente visualiza a que olerán las Blackberries del año 3000, es incapaz de anticipar el batacazo inminente de una empresa así tenga las cuentas en la mano y venga de cenar con el CEO. Un 10 de noviembre nos dice que “las microdonaciones y el fortísimo impacto del buzz generado [...] han posibilitado la llegada de opciones que antes parecían más alejadas en el tiempo [...] y que garantizan la continuidad de la compañía con un modelo de negocio viable como el que siempre tuvo: un modelo que, a pesar de lo que decían muchos agoreros y siniestros personajes malintencionados o directamente mentirosos, únicamente falló puntualmente debido a elementos coyunturales”. El día 24 iba todo Cristo a la calle, como pudo constatar una intrépida reportera. Menudo auditor; como para tener a este pavo de asesor financiero, vaya. Es lo que pasa si pretendes ir de experto en finanzas cuando no eres más que otro de tantos comentaristas que se limita a explicar de la forma más críptica posible lo ya acontecido o a teorizar sobre lo que podría acontecer dentro de cien años: que haces el ridículo.

    En fin. Este ha sido un año plagado de batacazos, lo que, a pesar de que piensen algunos, a la mayoría no nos divierte. Eso sí, tengo la agradable sensación de que, a costa de darnos de bruces con la realidad, estamos recuperando lentamente el sentido común. En breve todos los charlatanes habrán quedado en evidencia y no nos la volverán a dar con cancamusa.