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  • 05 de enero de 2011

    (Hoy estrenamos colaboradora de lujo
    en Perspicalia. Bienvenida, mamá
    .)

    La primera vez que os escribí apenas sabía juntar las letras. En un papel de rayas para no torcerme y con un lápiz de mi plumier de madera, fui dibujando las palabras despacio, para que pudierais entender lo que decía. Tanto trabajo sólo porque me interesaba mucho un estuche de belleza que vi en un escaparate. “Para el rey Baltasar”, ponía en el sobre. Eras mi preferido, quizás por ser diferente. Te había visto mirarme sonriente cuando desfilabas entre una algarabía de niños por las calles heladas de mi pueblo, y mi hermana me decía: “Mira, mira cómo te sonríe, pídeselo a él y verás como te lo trae”. Tu cara negra, Baltasar, abetunada más bien, me emocionó y me resultó tan familiar, tan cercana, que pensé sin dudar que me traerías el estuche soñado. Tiempo después supe, a mi pesar, que eras mi vecino de toda la vida y que te gustaba mi hermana.

    Pero seguí escribiendo cartas, cada vez más largas, cada vez con mejor letra, hasta que un día dejé de creer en vosotros: no podíais venir desde Oriente en camello por muy magos que fuerais. Dejé de creer, pero disimulaba bien mi escepticismo; la carta a los reyes formaba parte del ceremonial, como el anís o los roscos de mi vecina; como el pavo o la misa del gallo. Año tras año me sorprendíais con esos juguetes que pedía, casi siempre muñecas, cocinitas y cuentos. Y figuritas de mazapán, que me encantaban. Tengo que decir que no me puedo quejar; siempre fuisteis generosos conmigo, aunque sin exageraciones, porque decían mis padres que teníais que repartir vuestra mercancía entre miles y miles de niños. Entonces no sabía que muchos de esos niños se quedaban sin juguetes. También pasa ahora, ni el progreso ni la magia lo arreglan todo.

    De escribir aquellas cartas pasé a recibirlas. Cada año leía las divertidas cartas de mis hijos y me encargaba de que llegaran puntualmente hasta vosotros; luego íbamos juntos a veros pasar por las calles en cabalgatas cada vez más lujosas, y me encantaba la cara de asombro que ponían los niños cuando pasabais a nuestro lado. Siempre me acordaba de ti, Baltasar; de aquella vez que me miraste con ojos cómplices y me sonreíste a mí entre otros muchos niños.

    Hoy, después de mucho tiempo, se me antoja escribiros de nuevo. Escribir una carta a esos Reyes de ayer y de ahora, tan distintos en el tiempo, pero tan iguales. Quiero creer que andáis por ahí, Magos de Oriente, con camellos, coronas y mantos de tisú, recorriendo este mundo diverso, hermoso y raro para llegar puntualmente a esa noche mágica donde los niños ponen en sus zapatos la ilusión de todo un año. Ellos siguen creyendo en vosotros a pesar de la dura competencia de ese advenedizo gordo, barbudo y simpático que viene del frío y que se os adelanta siempre cruzando el cielo con sus rápidos y majestuosos renos.

    Por si fuera verdad que sois magos, y aún sabiendo que esta carta nunca llegará a su destino, me gustaría pediros algo, un regalo caro, difícil, tal vez imposible; no es ese perfume francés con un nombre tan raro que hay que hacer un máster para pronunciar; tampoco es un bolso, ni zapatos preciosos ni anillos brillantes. Quiero algo intangible, utópico, inmaterial: quiero tiempo. Tiempo para seguir mirando la calle desde mi ventana, para abandonarme al calor del sol, para pasear entre los olmos, para mirar el cielo, para oír los pájaros que vuelan en las tardes de verano. Quiero tiempo, todo el tiempo del mundo para seguir emocionándome con la melancolía de un fado, para llorar en silencio con la tristeza de Madame Butterfly, para extasiarme con la danza grandiosa de las ballenas, con las primaveras de amapolas; tiempo para evadirme con esos libros hermosos que alimentan mi espíritu y refuerzan mi filosofía. Tiempo para poder ver algún día un mundo más justo donde la concordia no esconda condiciones, donde se respeten los bosques, los animales, los mares… “Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único”, decía Lennon, “imagina a toda la gente viviendo la vida en paz”. Quiero ese mundo. Quiero tiempo para verlo, Baltasar. Quiero la utopía envuelta en papel brillante.

    El día cinco sacaré al balcón mis zapatos nuevos y esperaré a que amanezca con la misma ilusión infantil que se perdió en el camino. Iré a veros pasar, Majestades de Oriente, por esas calles engalanadas, entre una lluvia de caramelos, de risas de niños, de caras de asombro, de inocencia. Os estaré esperando en la esquina de siempre, en la calle de siempre, junto al agua helada de la fuente de siempre.

    Con ojos de niña, con las manos frías y con el corazón expectante, buscaré tu cara negra, Baltasar. Y esperaré, otra vez, que me sonrías.

    (La autora ha publicado recientemente un libro,
    “A la orilla de una higuera”, que puede obtenerse
    en la Tienda Online de Perspicalia)