
El lunes de la semana pasada, al hacer caja, un FNAC de Albacete contabilizaba diez mil copias vendidas de la última novela de Carlos Ruiz Zafón. El dato no dejaría de ser absolutamente irrelevante de no ser por un pequeño detalle: el señor Ruiz Zafón aún no ha escrito la obra. La esperadísima secuela de “La sombra del viento” no verá la luz hasta finales del año que viene, como nos confirma por teléfono el propio Carlos. “Y ya le estáis diciendo al pesado de mi agente que si vuelve a intentar algún truquito para sonsacarme, le meto fuego a lo que llevo escrito. Y no tengo copia” -se despide el autor.
Nos desplazamos hasta Albacete para intentar arrojar un poco de luz sobre este asunto. Llegando al establecimiento se observa una larga cola de gente que espera para entrar. Mostramos nuestros pases de prensa y entramos directos a caja central, donde seis cajeros van despachando a la clientela a toda velocidad. Todos se llevan ejemplares del mismo libro. Localizamos a un supervisor, que empuja un carrito con más copias de la misma obra. Cogemos un ejemplar y para nuestra sorpresa, el título (escrito en grandes letras blancas sobre una foto borrosa de una mesa de madera) reza “Cien platos deliciosos con cebolla”.
“Perdone, ¿qué está sucediendo aquí?” -preguntamos a Braulio Narváez, supervisor del establecimiento. “Esto es una puta pesadilla” -responde. “Todo empezó el pasado viernes por la tarde; una señora se acercó a Xavi, uno de nuestros cajeros, con un ejemplar de ‘Cien platos deliciosos con cebolla’ y le preguntó si era un libro de recetas de cocina. ‘No, señora, es la última novela de Carlos Ruiz Zafón’, respondió el graciosillo de Xavi, y eso que en los cursos de iniciación hacemos hincapié en que, a pesar de que el cliente siempre tiene la razón, hay que tratarlo como si fuera imbécil. Pero no, este chaval tenía que saltar con ironías, mira tú por donde. Total que la señora se llevó cuatro copias y acto seguido se puso a llamar a gente por el móvil, para decirles que ya había salido la nueva ‘de ese escritor tan bueno’. No podíamos creerlo y no nos dio tiempo a reaccionar. El lunes por la mañana, al ir a abrir la tienda, nos encontramos con una multitud acampada en la puerta”. Preguntamos a Braulio si no ha empezado ya a llegar gente a devolver la compra tras darse cuenta de su error. “Sorprendentemente no, de hecho parece ser que el libro está gustando mucho. Hay un montón de gente que la ha leído y ha venido a por más. El martes tuvimos que llamar a almacén central y pedir más copias; el camión de reparto ha dado ya catorce viajes”.
Nos acercamos a un señor con barba que acaba de llevarse diez copias. “Buenas tardes, caballero”. “Un momento”, -nos dice, y se echa mano al bolsillo. Saca una pipa, la enciende con parsimonia y prosigue: “Ya. Es que sin pipa me siento como desnudo”. Preguntamos al individuo si ya ha leído la novela. “La he devorado en apenas tres días. Es, sencillamente y a falta de una palabra mejor, excelsa“. Le preguntamos por el argumento. “Pues un poco de todo: la vida, la memoria, la pérdida de la inocencia, el paso del tiempo. Lo que a priori pudieran parecer lugares comunes en literatura, se reinventan en esta proeza narrativa que hace un uso rompedor del recurso de la metáfora: hay un pasaje en que el autor, desde el sencillo prisma de un puré de calabacín, nos obsequia con un certero análisis sobre los prejuicios sociales” -nos cuenta. “¿Y cómo es que vuelve usted a por otros diez ejemplares?” -le preguntamos, para finalizar la improvisada entrevista. “Pues son para regalo. Verá, es que tengo unos cuantos amigos de esos que a la que pueden te sueltan pomposamente aquello de ‘nosotros en casa no vemos mucha televisión, preferimos un buen libro’, pero que en realidad no han pasado del Código Davinchi ese tan cacareado. Así que voy a sorprenderles con un poco de buena literatura, a ver se dan cuenta de una vez de que esto es un tema serio y no una simple pose estética. Hombre por dios”.
“La novela está increíblemente bien estructurada” -nos cuenta una joven con grandes gafas de pasta que lleva una media verde y la otra azul. “Son cien capítulos cada uno con su pequeña subtrama independiente, pero todos girando alrededor del argumento central. Terminas un capítulo y quedas satisfecho, pero al mismo tiempo te engancha y quieres más. Es un recurso que se llama cliffhanger, por si no lo sabías. Yo es que tengo un blog de tendencias” -concluye.
Nos despedimos de Brauio, el supervisor, agradenciéndole el tiempo que nos ha dedicado. Para poner punto y final a nuestra visita, le preguntamos si no cree que este asunto acabará reventando por algún lado. “Pues la verdad, hablando mal y pronto, a mí estas alturas ya me importa tres cojones” -indica.







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