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  • Cuando hablamos de la sagrada red de redes se nos llena la boca de grandes ideales: que si el espacio común, que si la tierra prometida, que si la libertad de expresión. Esto es la panacea, a dios pongo por testigo de que ya nadie nunca podrá cerrarnos la boca, podremos decir lo que queramos de la SGAE, de Teddy Bautista, del ministro de cultura, de Microsoft… Ahora se oirá la voz del individuo con la misma intensidad que la de las empresas, y al que no le guste que se joda, que para eso el bit es la unidad de medida de la libertad, y tal.

    El problema viene, como siempre, cuando no se trata de la libertad de uno sino de la de los otros. Ahí ya la cosa cambia, oiga. Que una cosa es que yo sea libre de opinar lo que quiera sobre los demás, y otra muy diferente que los demás puedan ir por ahí opinando de mí lo que les dé la gana. Vamos hombre, hasta ahí podíamos llegar.

    Hace unos días se me informa de que alguien ha presentado una queja contra mí acusándome de cosas diversas: acoso desde diversos medios de Internet (¡acoso, ni más ni menos!), creación de múltiples identidades para mancillar su honor, atentados contra su imagen, secuestro de Madeleine y asesinato con premeditación del torero Manolete, entre otras. ¿Y dónde piensan ustedes que se presentó la queja? ¿Guardia Civil, Policía Nacional, Tribunal Supremo, Organización de Consumidores…? Pues no. La queja se presentó en la empresa donde trabajo. Y qué tendrán que ver los cojones con el trigo, se preguntarán ustedes. Efectivamente, amigos: hay que decirlo más.

    Andaba yo griposo perdido partiéndome la cara con cinco mil líneas de código, en una semana en la que no me había podido permitir ni cogerme días por enfermedad por la cercanía de una fecha de entrega, cuando se me convoca a una reunión en Recursos Humanos. Me acerco por la oficina indicada, todo sudoriento y polvoroso yo; allí me espera Jack Bauer con cara de pocos amigos y un cascanueces tamaño familiar. Tomo asiento y el amigo Jack me cuenta la película: un tal Enrique Dans ha presentado una queja por todo lo arriba expuesto, indicando además que mi actividad criminal se realiza usando recursos de la compañía. Acto seguido a mí se me caen los palos del sombrajo y no sé si descojonarme o pellizcarme a ver si estoy teniendo una pesadilla 2.0. Entonces se produce un amago de conversación sobre qué es o deja de ser humor, dónde acaba la parodia y empieza la suplantación, si soy la mano negra que anda detrás de tal o cual cuenta de twitter con nariz roja y si tengo contactos con Al Qaeda.

    Respiro hondo, cuento hasta diez, reflexiono y expongo mis argumentos: a) Internet es muy grande, hay cientos de iniciativas críticas y/o humorísticas, y si alguien pretende afirmar que yo estoy detrás de todas y cada una de ellas es que, o bien sufre un trastorno narcisista severo que le impide aceptar que un montón de personas diferentes puedan estar en desacuerdo con tal o cual de sus opiniones o acciones, o bien está intentando aplicar el principio del enemigo único de Goebbels; b) tengo una página web en la que me limito a ejercitar mi libertad de expresión sin incurrir en actividad criminal alguna, y si alguien considerase que alguno de mis actos pudiera ser constitutivo de delito debería comunicarlo a las autoridades y no a una empresa a la que no le incumbe ni tiene derecho a exigir explicación alguna sobre mi vida privada; y c) rizar el rizo y afirmar que múltiples hechos que ni son delictivos ni son obra mía constituyen una actividad criminal que realizo yo desde mi lugar de trabajo, es una enorme calumnia que sólo puede entenderse como un intento vil y rastrero de intimidarme para censurar unas opiniones absolutamente legítimas agarrándose al clavo ardiendo de alguna intervención ocasional en la página del susodicho. En resumen, que lo más probable es que el denunciante me haya reconocido por algún comentario en su página realizado desde mi puesto de trabajo en mis ratos libres y haya intentado asestar un palo de ciego cargándome el muerto de toda aquella iniciativa de Internet que no resulte de su agrado, sin por supuesto tener forma alguna de saber a ciencia cierta quién anda detrás. Feo, muy feo.

    La cosa es de lógica aplastante y cae por su propio peso, así que no es necesario darle mas vueltas. Se me convoca a una reunión posterior después de la pertinente investigación. Me voy a casa reflexionando sobre la ley del embudo, el populismo, la hipocresía y lo fácil que resulta llenarse la boca y el blog de grandes valores, del “nosotros todos”, del “yo, vuestro humilde y altruista representante e incansable defensor de la libertad”, y luego andar por ahí en plan matón de la SGAE abusando de la denuncia y del cease and desist por aquello de que “la red es de todos pero a mí que no me toquen lo mío”.

    Lo cierto es que estas cosas hace mucho que no me sorprenden; cada cierto tiempo me pasa algo similar. Es el precio a pagar por tener opinión y expresarla a cara descubierta. Y por no tomarme a ciertos personajes tan en serio como ellos se toman a sí mismos. Ya tuve hace unos años a un juntaletras con muy mal perder que se dedicaba a contactar a cada tanto con los editores de “Fuckowski” (y con algunos escritores presentados al mismo concurso que yo) para informarles de que yo era el anticristo. “Ustedes crearon al monstruo”, llegó a decir. En fin, hay mucha gente desequilibrada que pierde bochornosamente los papeles cuando se les mete el dedo en la llaga. Cuatro años llevo ya con la jeta puesta en Internet; me han dicho de todo, pero jamás me he sentido acosado ni se me ha ocurrido tomar represalia alguna. De hecho me he reído un rato.

    Así que me agencio el teléfono del individuo (lo tiene publicado en su web) para intentar solventar la situación por la vía corta y pacífica (retirada inmediata de unas acusaciones absolutamente injuriosas antes de que se malgaste mi tiempo y el de Jack Bauer en reuniones y movidas), o por la vía larga y no tan pacífica (yo me veo obligado a pasar por el proceso de Kafka y, una vez superado, es mi turno de poner denuncia por injurias y pedir indemnización por daños y perjuicios). Y de paso para que me explique qué se ha fumado.

    Casi hora y media de conversación que no reproduciré por respeto a la privacidad de mi interlocutor. Sí diré que me harté de cancamusa. Pero a base de bien. La cosa empezó con mal pié y acabó de forma medianamente civilizada; se optó por la solución pacífica. Para mi sorpresa, a mi pregunta clara y concisa “cómo se atreve a mentir descaradamente y acusarme ni más ni menos que de acoso desde diversos medios, amén de otras lindezas”, el señor Dans responde, más o menos, que todo ha sido un lamentable error. Que la cosa no ha pasado de apenas un comentario informal a un amigo suyo. El cómo un comentario informal acaba convertido por arte de magia en una extensa acusación formal queda planteado como ejercicio al lector.

    El resto de la conversación, un claro caso de noslomismo:

    -¿Oiga, usted sí que puede cagarse repetidas veces en el ministro de cultura y afirmar que en España hay mucho hijo de puta al que habría que coser la cara a bofetadas, y yo no puedo indicar lo que pienso de usted?

    -Hombre, es que noslomismo.

    En resumen, incompatibilidad de perspectivas. A mí todo esto de la gran revolución de la Web 2.0 me sigue pareciendo una patochada que aprovechan un montón de mindundis para atiborrarse a canapés y chupar cámara a costa de repetir una y otra vez el mismo discurso hueco, trasnochado e intrascendente; estos individuos, como cualquier otra persona que sale a la palestra, son susceptibles de ser criticados y/o parodiados. Pero al parecer esto lo veo yo así porque tengo un tornillo suelto desde que un consultor externo me robó una novia, o algo. La verdad verdadera es que la Web 2.0 es la salvación del mundo y ellos los intocables caballeros de dorada armadura que, a lomos de sus pegasos blancos, vienen a imponer luz sobre las tinieblas; a ellos y su sacrosanta misión hay que tomarlos en serio, muy en serio. Con ellos, humor y crítica se convierten en herejía. A un caballero 2.0 hay que amarlo sobre todas las cosas sin jamás tomar su nombre en vano. Mas líbranos del mal, amén.

    Luego me hago asesorar y se me recomienda (cómo no), prudencia y buena voluntad para hacer de éste un asunto lo menos engorroso posible. Y uno, a pesar de que ácido pueda llegar a ser un rato, en el fondo no tiene mala fe. Así que me comprometo a dar un repaso a mis textos y retractarme de cualquier afirmación constitutiva de delito, e incluso a disculparme públicamente por ello. Me voy a casa, mando al limbo algunas entradas de mi página y espero a tener un rato para revisarlas a conciencia.

    Eso sí, lo cortés no quita lo valiente. Separando la cancamusa del grano, de todo esto he sacado un curso práctico de libertad de expresión con estupendos ejercicios a todo color. Veamos algunos ejemplos sencillos:

    “Señor ministro, es usted un mentiroso, un incompetente, un cavernícola, un farsante y un retrógrado”. Bien. Ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Chachi piruli 2.0.

    “El señor Dans ha hecho el ridículo con el tema Mobuzz”. MAL. Fatal. Noslomismo. Acoso personal. A la hoguera.

    “Los de la SGAE son unos ladrones”. Bien. Afirmación totally totally amparada por la libertad de expresión.

    “Muchos de los conferenciantes de la Web 2.0 son unos charlatanes y unos cantamañanas”. Noooo. Mal. Herejía. Noslomismo. Los de la SGAE están ahí claramente por la pasta y el interés; los conferenciantes de la Web 2.0 son todos unos humildes y bonachones profesores que no cobran un duro y se pagan los eventos de su propio bolsillo movidos únicamente por el noble ideal de la cultura, y que entre conferencia y conferencia se van al parque a reflexionar sobre el Mayo del 68 y dar de comer a las palomas.

    “La mitad de los finlandeses son unos hijos de puta a los que habría que partir la cara”. Bien. Libertad de expresión en su máxima expresión, valga la rebuznancia. Minipunto.

    “Afirmar lo anterior es ser gilipollas”. No. Así no. Mal. Mofa, befa y escarnio. Y muy posiblemente acoso. Afirmación NO amparada por la libertad de expresión.

    Queda claro, ¿no? La libertad de expresión es la libertad del individuo de decir lo que quiera sobre los malos, pero nunca sobre los buenos. ¿Y quiénes son los buenos? Pues por sus blogs les conoceréis, hermanos.

    En fin, este es un cuento muy viejo ya. La historia de los revolucionarios que se acaban aburguesando se repite una vez más, esta vez en formato digital. Hace un par de años aupamos al olimpo de las A-lists a todo individuo con un perfil mínimamente académico y que nos cantase los mantras fundamentales: “SGAE mala, P2P bueno, bloggers unidos jamás serán vencidos, publicidad en los blogs no, mejor con Firefox, Linux forever”. Ellos prometieron guiarnos hacia esa tierra prometida que visionaban: los geeks dominarían el mundo, los bloggers podrían decir lo que quisieran en sus sagrados blogs, las empresas en lugar de intentar cerrar bocas escucharían atentamente las voces de los individuos y tomarían buena nota de sus críticas. Los dioses nos sonreirían desde el olimpo y harían llover maná en forma de mp3’s sin DRM y software libre, y todo sería júbilo.

    Claro, es fácil hablar del bien común cuando aún no se tiene nada. Pero una vez alcanzada cierta popularidad, la tentación es grande: ¿Y si me pongo un banner? Nada, uno pequeñito, a ver qué pasa. A modo de experimento, vaya. Total, si no se va a notar… Luego llega el “a nadie le amarga una BlackBerry” y “uy, qué majos los de Nokia que me mandan su último móvil, y a vosotros no, chincha”. Más tarde el “voy a hablar un poquito de la empresa de mi amigo, así desinteresadamente… total, mi participación de capital es casi testimonial”. Por último, después de asomar el careto por bodas, bautizos y comuniones, se le coge el ritmo a esto de capitalizar la popularidad y “El blog de Fulano” se convierte en “Fulano S.L.”. El individuo queda entonces transformado en otra empresa más a la que no le gusta ser criticada y que defiende con uñas y dientes su parte del pastel. El discurso ha ido cambiando poco a poco y al final es un gran eufemismo que esconde ni más ni menos que lo que en un principio se criticaba.

    Total que al final, cuando se pasa la tormenta y tengo un rato libre, le pego un repaso a los textos más controvertidos de mi página y para mi sorpresa compruebo que no hay nada que cambiar. Crítica, sí. Mordaz, ácida, jocosa. Opinión pura y dura. Así que vuelvo a subir las entradas tal cual, y ahí se van a quedar hasta que algún juez tenga algo que objetar. La próxima vez que esto me ocasione problemas volveré a capear el temporal como buenamente pueda, pero mi boca no se cierra.

    Eso sí, voy a aprovechar para llevarme todas las entradas clasificadas en “chorradas” a una página aparte, que es algo que hace mucho tiempo que quería hacer. Esta página se queda para opinión y narrativa; en cuanto tenga dos minutos abriré otra única y exclusivamente de humor, con un cartel bien grande arriba que ponga: “Ésta página es de humor. Si eres incapaz de reírte de ti mismo cierra tu navegador, deja de mirarte el ombligo, sácate el palo de escoba del culo y vete a un puto psiquiatra”.

    27 de noviembre de 2008

    Esto ya es blanco y en botella. La web 2.0 es un circo y Enrique Dans el bombero torero. Lo llevo sosteniendo no sé cuanto ya, lo que me ha valido no pocas críticas; ídem por mis más que fundadas sospechas sobre FON y recientemente por ironizar acerca del cierre de Mobuzz. Que si algunos sólo sabemos criticar, que si somos unos hijos de puta con mucho tiempo libre a los que habría que coser la cara a bofetadas, que si España es el país de la envidia.

    Esto de la envidia del éxito ajeno es la carta de órdago de todos los charlatanes sin excepción. Además es un argumento falaz que constituye en sí mismo un farol del ocho y medio: a cualquier cosa le llaman éxito.

    En 1977, Larry Ellison fundó Oracle con 2000 dólares de su propio bolsillo (no encontraba financiación para su idea, nadie apostaba por aquello del modelo relacional). Hoy es una de las 10 personas más ricas del planeta y su empresa paga las nóminas de 80.000 empleados en todo el mundo: esto es éxito. En 2004, Anil de Mello fundó Mobuzz.tv y cuatro años después, tras fundirse cientos de miles de euros, se declara insolvente y deja en la calle a 14 empleados que han trabajado unas semanas sin cobrar: esto es una etiqueta de anís del mono. Y no, no nos da ninguna envidia.

    Ahora llegan el llanto plañidero y el mear fuera del tiesto. Cuando íbamos al colegio ya aprendíamos a atribuirnos los meritos (“he aprobado”) y culpar a otros de los fracasos (“me han suspendido”). De igual forma, si nuestra empresa triunfa es porque semos los mejores, pero si fracasa, la culpa es de los otros: de España, ese país de envidiosos en el que no se apoyan las iniciativas privadas y donde todo el mundo está deseando verte fracasar. Pues nada, señores: los que tan a disgusto estén en este país donde no pueden emprender como dios manda, que hagan el petate y se vayan a Silicon Valley. Yo el día que concluí que las circunstancias me eran desfavorables cogí un avión, y hasta hoy. Es bien fácil. Pero que se vayan ya. Mañana, vamos. Que dejen de derramar  su bilis reaccionaria, que ya tenemos bastante con un Jiménez Losantos.

    En España nos encanta el éxito, el propio y el ajeno. Faltaría más. Lo que no nos gusta tanto es el cantamañanismo. España es un país con una larga historia de orgullo obrero; aquí sabemos que la riqueza sale de la tierra y el sudor. No atamos los perros con longaniza, no somos un imperio de economía piramidal con tanques allí donde hay petróleo cuya población civil pueda ni quiera permitirse el lujo de vivir alienada pensando que es más guapa y más lista. Aquí la mayoría sudamos hasta el último céntimo de nuestras hipotecas y sabemos lo que vale un peine y lo que cuesta ganar el pan de nuestros hijos. Aquí sabemos que el dinero no sale de debajo de las piedras si no es con mucha paciencia y un arado, y que, tarde o temprano, los excesos de unos los tendremos que pagar todos. Consideramos inmoral vivir del aire, y no nos fiamos de los charlatanes que pretenden que invirtamos nuestra pasta en negocios basados en la economía de la cancamusa.

    ¿Qué es la cancamusa? La cancamusa es eso que es más complicado de lo que parece, eso que ni usted ni yo sabemos porque no somos expertos en nueva economía; la cancamusa es eso en lo que se basan los discursos inspiradores, son esos datos que manejan los expertos y que resultan incomprensibles a los mortales. Esas cuentas internas, esa carta sin levantar que permite al jugador de póker ir de farol. La cancamusa es esa nube en la que flotan los gurús muy por encima de usted y yo. Por ejemplo, cuando alguien criticaba el modelo de negocio de Mobuzz en el blog de Enrique Dans y él contestaba indignado: “te equivocas, porque no tienes los datos, y yo sí los tengo […] he visto los costes, los he evaluado yo mismo, he revisado las proyecciones, y SÍ es rentable”, eso es cancamusa. Luego, una vez Mobuzz pegó el batacazo y Dans dice que “la crisis, el retraso de varias campañas, y una inoportuna remodelación forzada de la estructura de financiación han dejado a la empresa en una situación complicada [...] una mala combinación de factores ocurridos en el peor momento”, eso es cancamusa. Cuando Mobuzz pide donaciones y se levanta 32000 euritos y todo vuelve a ser de oro, Enrique Dans dice que “se publicarán las cuentas enteritas online [...] un ejercicio de transparencia y para callar la boca a algunas críticas completamente injustificadas, y a ver a cuántos de los que hoy veo afilándose los colmillos y criticando en base a clichés injustificados veo venir después a pedir disculpas por haberse equivocado”. Eso es cancamusa. Cuando uno se defiende de la crítica con un “aquí lo que hay es mucho envidioso y mucho hijo de puta con tiempo libre”, eso ya no es cancamusa; es ser gilipollas. Pero esa es otra historia.

    La cancamusa es la razón por la que los pisos nunca bajan, los sellos se revalorizan un 400% al año y el crecimiento exponencial es perpetuo. La cancamusa es esa parte de la ecuación que cuando se elimina, uno lo ve claro y concluye: “cojones, esto es un timo”.  De la RAE: “Cancamusa: 1.  f. coloq. desus. Dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto”. Y resulta que en este país, muy en particular los que tenemos más de treinta y nos dedicamos a las tecnologías de la información, otrora “la informática”, de cancamusa sabemos un rato. El que más el que menos lleva ya a sus espaldas la crisis de las puntocom y varios otros fiascos. Hemos aprendido a separar la cancamusa del grano y ya no nos la meten doblada. Nos sabemos de pe a pa el workflow de una tormenta de mierda.

    La cosa es siempre igual: Fulanito tiene una visión (normalmente se ve a sí mismo dando la vuelta al mundo en yate con una bailarina rusa), Fulanito le levanta X millones a algún inversor o al banco, Fulanito funda su startup y contrata a unos cuantos individuos. Entonces empiezan a fundirse alegremente la pasta. El sentido común aconsejaría ser cuidadosos con el gasto mientras la empresa no obtenga beneficios; si se acaba la inversión se acaba la startup. Pero no: se compran trajes, iPhones, Blackberries, se cambia de coche, se organizan fiestas y presentaciones, se asiste a todos los saraos y se proclama a los cuatro vientos que la startup es ya hoy un gran éxito. Se alquilan oficinas en el sitio más pijo posible y se vive de puta madre mientras dura la sopa boba en el banco. Se trata de aparentar éxito y de generar la mayor cantidad de cancamusa posible hasta poder vender la empresa a algún pardillo que luego descubrirá que aquello no vale ni su peso en sellos. En muchos casos ni siquiera se preocupan de generar beneficios; al final se entra en una espiral de gasto desmesurado dedicado a aparentar lo más posible para así incentivar la compra. Se echa toda la leña al fuego, a la desesperada.

    Al calor de la cancamusa los egos engordan una barbaridad, y eso es lo que a muchos nos toca las narices. Es normal que la directiva pretenda proyectar una imagen de éxito. Pero con frecuencia los empleados de chiringuitos se endiosan hasta el punto de no ver más allá de su propio centro de gravedad (localizado en el ombligo o en el agujero del culo, depende). “He triunfado, soy el más listo del pueblo”. Olvidan que el éxito no es sacarle unos millones al inversor; el éxito es devolverlos y que nos sobre pasta, que nuestro trabajo y talento se hayan traducido en ganancias. Pero no. Ellos se relamen gustosos el centro de gravedad, se consideran triunfadores, y tratan con cierto desdén a los que nos sudamos el jornal. Son arrogantes mientras dura la sopa boba; creen elevarse por encima de los mortales flotando en su nube de cancamusa. Se acaban creyendo la propaganda y, como Narciso, se enamoran de su reflejo en un PowerPoint y pierden absolutamente la perspectiva. Valga de ejemplo el comentario de nuestro amigo en Japón después de recibir una charla cancamusera del señor que regala routers: “por la tarde llegó el mito [...] persona increíble de esas que desprenden un aura [...] habló durante una hora exacta y me hizo sentir como el protagonista de una novela de ciencia ficción que está en el momento justo en el lugar adecuado [...] os puedo asegurar que el mundo va a cambiar con Fon, quizás sea lo más interesante que está pasando ahora en toda Europa e incluso en todo el mundo. Chúpate esa.

    Cuando regalar routers tuneados que se fabrican en Taiwán se considera “exportar alta tecnología española” es que ya se ha perdido el norte. Uno se deja llevar por los cantos de sirena hasta tal punto que ya es incapaz de aceptar la más mínima crítica aunque sea constructiva, esté respaldada por la experiencia y sea con la mejor intención (“cuidado con este, primo, que se sabe desde hace mucho de qué palo va”). Uno se aferra a su delirio y atribuye toda opinión contraria a la vil envidia, rechaza a las personas críticas y se rodea de crédulos y lameculos. Se vuelve paranoico e imagina conspiraciones y persecuciones: “me odian porque soy más guapo y más listo”. A los demás se los considera necios, y se aplica el “a palabras necias, comentarios moderados”. En esta tesitura se encuentra un elevado porcentaje de la web 2.0. Es casi locura colectiva, y la sintomatología es muy clara: si uno no soporta la crítica es que algo anda mal en la psique.

    Total, que este asunto que nos venden como “empresa pionera líder en el sector, súper viable y chiripitifláutica se ve obligada a cerrar por un cúmulo de desafortunadas circunstancias impensables sumadas a la dificultad de conseguir financiación en este país de envidiosos hijos de puta”, una vez eliminada la cancamusa, se queda en un simple “empresa se pule cientos de miles de euros de inversión en cuatro años y no llega a conseguir beneficios”. Y encima tienen la desfachatez de pedir donaciones, como si fueran una ONG. Vamos hombre. Menuda forma de emprender. Ha fracasado la idea o no se ha llevado bien a cabo, punto. Si el producto es bueno, triunfar es fácil. Mobuzz no ha suscitado el suficiente interés, es así de sencillo. Estaba bien realizado, sí, pero un refrito de noticias interneteras que para cuando se ha terminado de grabar el noticiero ya son totalmente viejunas no es como para estar pegado a la pantalla esperando al nuevo programa. No sé más sobre la empresa, vi dos o tres programas y no me gustó el tema así que no volví a pasar por allí. La televisión 2.0 puede ser todo lo viable que sea, pero Mobuzz no era “la” televisión 2.0. Ha sido un intento con un contenido y un formato determinados, y no ha funcionado.

    Es que muchos (malos) emprendedores piensan que el triunfo consiste en llegar los primeros. No señores, el triunfo consiste en hacerlo lo suficientemente bien. Es como si mañana yo me apresuro a apuntarme a un concurso de tango aunque no tenga ni puta idea, llego el primero a la pista y una vez allí me pongo a bailar como si tuviera un ataque epiléptico. Lo normal es que me descalifiquen, y es del género tonto congratularse de haber sido “un pionero”. Pero bueno, esa es la cultura del pelotazo. Apuntarse rápido a lo más novedoso y aparentar.

    Señores, un poquito de humildad, que no pasa nada por reconocer que uno se ha equivocado. Este es un país de gente humilde que se solidariza con las personas humildes; nos rascamos la cartera y arrimamos el hombro por las buenas causas. No se nos caen los anillos por ir a ponernos hasta las cejas de chapapote cuando alguien ha sufrido un verdadero infortunio. Pero el mundo de los negocios es el mundo de los negocios: si te sale bien ganas pasta y si te sale mal la pierdes. Ya estamos hartos de que se pida independencia cuando todo va bien y solidaridad cuando todo va mal. La parte de mi salario que decido dedicar a causas solidarias va para Greenpeace y Amnistía Internacional, entre otras. También dono a veces a esos que se dedican a hacer software libre que me resulta útil o a esos otros que subtitulan mis series favoritas. A empresas que fracasan o especuladores a los que le sale el tiro por la culata, ni agua.

    Y a todo esto, resulta que una vez barrida la cancamusa, nuestro experto en economía digital que tan claramente visualiza a que olerán las Blackberries del año 3000, es incapaz de anticipar el batacazo inminente de una empresa así tenga las cuentas en la mano y venga de cenar con el CEO. Un 10 de noviembre nos dice que “las microdonaciones y el fortísimo impacto del buzz generado [...] han posibilitado la llegada de opciones que antes parecían más alejadas en el tiempo [...] y que garantizan la continuidad de la compañía con un modelo de negocio viable como el que siempre tuvo: un modelo que, a pesar de lo que decían muchos agoreros y siniestros personajes malintencionados o directamente mentirosos, únicamente falló puntualmente debido a elementos coyunturales”. El día 24 iba todo Cristo a la calle, como pudo constatar una intrépida reportera. Menudo auditor; como para tener a este pavo de asesor financiero, vaya. Es lo que pasa si pretendes ir de experto en finanzas cuando no eres más que otro de tantos comentaristas que se limita a explicar de la forma más críptica posible lo ya acontecido o a teorizar sobre lo que podría acontecer dentro de cien años: que haces el ridículo.

    En fin. Este ha sido un año plagado de batacazos, lo que, a pesar de que piensen algunos, a la mayoría no nos divierte. Eso sí, tengo la agradable sensación de que, a costa de darnos de bruces con la realidad, estamos recuperando lentamente el sentido común. En breve todos los charlatanes habrán quedado en evidencia y no nos la volverán a dar con cancamusa.

    10 de noviembre de 2008

    Hermanos, es triste de pedir, pero más triste es de cerrar. Un cúmulo de desafortunadas circunstancias me obliga a pedir ayuda al más puro estilo 2.0 para no tener que cerrar este vuestro chiringuito. Son más de cuatro años juntos ya. Es mucho lo vivido, incontables los entrañables recuerdos, insuperables esas tardes lluviosas de domingo, esos largos paseos por la playa cogidos de la mano, vosotros y yo. Esta web no es sólo una web; es la santa casa que ha sido testigo mudo de nuestro amor. Y si tengo que cerrar, todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

    Total, queridos amigos, que ahora os toca arrimar el hombro un poquito. Necesito reunir cuatrocientos mil euros en menos de dos semanas para salvar este proyecto. Si eres uno de esos suspicaces mal nacidos que piensan que me voy a quedar con la pasta, te diré que yo de los cuatrocientos mil no voy a ver un chavo. Yo no pido para mí, y eso que hace ya quince días que no como y sólo bebo agua del grifo. No, yo pido para poder pagar nóminas y cubrir gastos hasta la próxima ronda de financiación, dentro de cuatro meses. Pido para poder alimentar a este maravilloso equipo humano que con cariño y tesón hace posible cada día el milagro de esta web; esas personas que tejen mis escritos con la dorada sustancia de la que están hechos los sueños.

    Sí amigos, mantener AlfredoDeHoces.com cuesta cien mil euros mensuales. Si eres uno de esos ignorantes envidiosos que pueden llegar a pensar que cien mil euros mensuales son muchos euros, te diré que no tienes ni la más remota idea de economía ni de administración de blogs. Detrás de esta página hay un equipo de profesionales como la copa de un pino que trabaja día y noche para que todo salga bien. Redactores, correctores, entintadores, maquetadores, abogados, relaciones públicas, catering, maquillaje, vestuario, y uno que toca la pandereta. Todos ellos trabajando por amor a vosotros y al arte y cobrando el salario mínimo que les permita comer y dormir lo justo para seguir currando. El hosting tampoco es precisamente barato; no se si os habéis dado cuenta de que en AlfredoDeHoces.com se usan tecnologías punteras. Los textos se alinean automáticamente a la izquierda, y algunos posts contienen imágenes (¡imágenes!) en jpg. Todo este derroche de tecnología que día a día hace más interesantes vuestras vidas tiene un coste asociado. Pero claro, si eres uno de esos bastardos analfabetos sin experiencia en web 2.0, no puedes conocer los entresijos y pormenores de esta extremadamente compleja materia.

    Si eres uno de esos repugnantes peseteros capaces de argumentar que hay otros blogs muy buenos y además más baratos, es que te ciega la estupidez y no eres capaz de ver que AlfredoDeHoces.com no es un blog al uso: es una apuesta innovadora, rompedora, un referente, un paradigma, un, un… Vamos, es que me cabreo sólo por tener que explicarlo. AlfredoDeHoces.com ha sido un proyecto pionero que ha dejado plantadas y bien plantadas las sinergias que sentarán las bases del que será el marco idóneo en el que habrán de florecer los pilares que sostendrán la plataforma en la que se darán las circunstancias óptimas para que se conexionen las entelequias primordiales que garantizarán un futuro en el que todos los blogueros la tendrán de a kilo y mearan colonia. Ahí es nada.

    Y si eres uno de esos fracasados resentidos cegados por la mala leche y no se te ocurre otra cosa que pensar, estúpido de ti, que si ahora estoy apretadillo es que algo he hecho mal, he de decirte que AlfredoDeHoces.com es, ha sido y siempre será, un proyecto viable. Nuestros asesores económicos así lo confirman. Este proyecto es la absoluta panacea. La polla en vinagreta, vaya, y cualquiera con dos dedos de frente y las cuentas en la mano (y que por supuesto no sea uno de esos perdedores que a lo único que aspiran en la vida es a ver fracasar al vecino) así lo confirmará sin dudarlo un instante. De hecho están interesados en financiar el proyecto el mismísimo Bill Gates, Steve Jobs, la familia Bin Laden y un señor de Cuenca. Vamos, que esto es un no parar de generar beneficios.

    Qué ha pasado entonces, se preguntará aún algún insidioso y suspicaz individuo que a costa de ver pasar la vida sin mojar nunca el churro ha acabado volviéndose un completo paranoico. Pues que la mala suerte se ha cebado con el proyecto, simplemente. Todo estaba atado y bien atado, pero un buen día Plutón deja de ser un planeta (¿quién podría haber tenido previsto algo así?), luego va y sube el carburante, para colmo de males el equipo de alevines de San Serenín del Monte va y pierde en cuartos de final contra el Caramelos Drácula y, por si todo este cúmulo de circunstancias no fuese ya suficiente como para hundir a la corporación más sólida, en Estados Unidos van y eligen de presidente a un negro. Pa fliparlo.

    Es por esto que me veo obligado a apelar al solidario buenrollismo internetero que os caracteriza y pediros que entre todos reflotéis el barco. Que además ahora está muy de moda. Si el nuevo presidente de los USA se ha financiado la campaña a través de donaciones Internet, no veo por qué no podría hacerlo yo, que además estoy aquí para cambiar el mundo.

    Puedes realizar tu donación (la voluntad, €100 sugeridos), pulsando en el enlace al final de la entrada.

    Si eres uno de esos asquerosos trolls que consagran su patética vida a ir por ahí criticando, difamando y haciendo daño a los hombres de bien, no te molestes en escribir ningún comentario. Si no eres capaz de ver la belleza y el romanticismo implícitos en todo esto, es que eres una persona triste de alma negra y me compadezco de ti. Me das pena. De hecho, creo que voy a llorar ahora mismo. Y luego rezaré por tu alma.

    PD. Ni que decir tiene que el propósito de esta entrada es en modo alguno publicitario o viral. Faltaría más. Vamos hombre. No sé ni cómo se te ocurre pensarlo. Pero hombre de dios, ¿qué clase de persona crees que soy? Pero vaya, que si lo mandas a menéame, o algo, pues nada, chachi-piruli-dos-punto-cero.

    [¡Salvemos AlfredoDeHoces.com!]

    24 de junio de 2008

    El tiempo pasa y algunas cosas se van para no volver. Procuro no pensar en ello, pero ayer no tuve más remedio. Sus padres han vendido la casa donde vivimos nuestro idilio.

    Hace catorce años de todo aquello. Era Junio, me faltaban siete u ocho días para cumplir los veinte. Estaba yo en casa preparando algunos exámenes de la carrera cuando me llamó la novia de un amigo; quería venir a imprimir un trabajo con una compañera de clase. Al par de horas sonó el timbre. Abrí la puerta y me quedé petrificado en el pasillo: una delicada criatura de ojos azules, piel dorada y con el pelo más rubio que había visto en mi vida esperaba en la entrada. Nos presentaron, intercambiamos un par de frases y su suave acento francés terminó de enamorarme. Pasé los días siguientes sin comer ni dormir, tan solo respirando su nombre y apretando los dientes para que no se me saliera el corazón por la boca.

    Vino al bar donde celebraba mi cumpleaños y fue el mejor regalo que pude haber recibido aquella noche. Pasamos horas charlando y bebiendo cervezas. La música estaba alta, así que nos hablábamos muy de cerca. A cada frase acortábamos un milímetro la distancia. Al final nuestras mejillas se rozaban y su aliento me acariciaba el oído poniéndome los vellos de punta. En un determinado momento la cogí de la mano para rescatarla de un tipo impresentable al que le sobraban cinco copas. Me dijo algo, hubo un beso apenas perceptible y cogidos de la mano nos escapamos de aquel bar y del mundo.

    Volví a casa al amanecer, me metí en la cama y dormí sin ropa ni sábanas, agarrado a un pedazo de papel con su nombre y su teléfono, flotando en su olor y arropado por los besos que aún me hormigueaban por la piel. Reviví una y otra vez la noche en mis sueños; no podría haber soñado nada mejor. Desperté al mediodía, me senté junto al teléfono y conté los segundos hasta que dieron las cinco. La llamé, quedamos para cenar, y ya no nos separamos en todo el verano. Su casa, mi casa, los bares, la playa, el campo… Las noches que no dormíamos juntos acordábamos la hora de ir a la cama y hablábamos por teléfono hasta que nos vencía el sueño.

    Sus padres casi siempre pasaban fuera el fin de semana y yo me quedaba en su casa. Era una villa inmensa escondida entre los árboles sobre una colina en la costa. Solíamos pasar la tarde charlando en la piscina, y en el mundo para mí no había más que sol y agua y sus ojos azules. Iba cayendo la noche y nos quedábamos abrazados sobre el césped, enroscados en una toalla, hasta que no podíamos aguantar el frío; entonces volvíamos dentro y pasábamos una hora en la bañera. Luego cenábamos en la terraza tan sólo iluminados por unas velas y la ondulante luz de la piscina. Bebíamos vino tinto y hablábamos bajito para no perturbar el murmullo del campo. Casi siempre la última copa de vino la tomábamos sobre la mullida alfombra del salón, escuchando música suave. A ritmo de blues y jazz nos desnudábamos lentamente, nos besábamos, nos mordíamos y nos lamíamos, y ella siempre sabía a mar y a sales de baño, y yo siempre me ponía a temblar justo antes de agarrarla por la cintura y meterme muy suavemente entre sus piernas.

    Más tarde bajábamos al dormitorio por la estrecha escalera de ladrillos rojos. Dejábamos abierta una ventana por donde se colaba la pálida luz de la noche y nos metíamos bajo las sábanas a conversar en susurros. Nos acariciábamos y sentíamos esa fina capa de sol que en verano se mete bajo la piel. Enseguida caíamos en un placentero sopor que daba paso a un profundo sueño. Yo solía despertarme de madrugada, y me gustaba asomarme a la ventana a respirar la brisa y escuchar el monótono canto de los grillos, esos pequeños músicos nocturnos que parecen querer salpicar de estrellas el silencio. A veces a ella la despertaba mi ausencia y venía a abrazarme a la ventana; fumábamos un cigarro a medias y volvíamos a la cama.

    Saboreé cada segundo de aquel verano, pues ella era estudiante de intercambio y al llegar el nuevo curso tendría que volver a Bélgica. En poco más de dos meses viví el amor de toda una vida; a veces conseguía olvidar que nuestro idilio tenía los días contados y era el chaval más feliz del mundo. Pero acabaron llegando las despedidas, las lágrimas, la distancia, las cartas que cada vez se hacían esperar más, y al final la ruptura, el dolor y el intenso vacío, el sinsentido, el no encontrar razones para levantarse de la cama.

    La vida siguió su curso. No supe nada de ella durante muchísimo tiempo. Supuse que alguna vez volvería de vacaciones a la villa de sus padres, pero nunca me atreví a marcar de nuevo aquel número de teléfono que me sabía de memoria. Alguna vez oí su nombre de labios de algún amigo común, y sólo pude guardar silencio y apretar los puños para aguantar el dolor. Su recuerdo era un cuchillo incandescente en mis entrañas. Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarla. Nunca lo conseguí.

    Pasaron ocho largos años en los que todo cambió mucho a mi alrededor. La vida se me llevó algunos amigos y me trajo un montón de responsabilidades y de facturas. Cambió el mundo y cambié yo sin darme cuenta. Y un buen día, el viento me trajo una dirección de correo electrónico con nombre francés. Me lo pensé mucho, y al final le escribí. Apenas tres líneas escuetas. Respondió esa misma tarde, tan encantadora y dulce como siempre. Pronto vendría de vacaciones; quedamos en vernos.

    Cuando llegó el momento estuve a punto de cambiar de idea, pero decidí que iría a visitarla a la casa de la colina. Aquello me costó un disgusto con mi novia de entonces.

    Nos vimos en la estación de tren. El corazón me dio un vuelco; me pareció que ella no había cambiado nada. Nos fundimos en un abrazo que acabó en hondo suspiro y de camino a su casa nos fuimos poniendo al día. No podíamos dejar de sonreír. Paseamos a la sombra de los pinos y llegamos a la villa; cruzamos la verja y cuando ella abrió la puerta principal, el olor tan característico de aquella casa abrió de par en par las puertas de mi memoria. La madera de los muebles, el ladrillo rojo siempre húmedo del agua de la piscina, el césped mojado, el cloro, las flores del jardín, los pinos lejanos, el tabaco, el ambientador verde, la colección de caracolas… aquella mezcla de aromas me hizo volver a sentirme como el chaval con pelo largo y piercings que un día fui, un chaval alegre y despreocupado que iba por la vida con una ceja levantada, un paquete de Fortuna y una edición de bolsillo del Así Habló Zaratustra.

    Me alegré muchísimo de ver a sus padres; estaban estupendamente. Comimos juntos y charlamos largo y tendido. Cuando me quise dar cuenta volvía a tener veinte años y me había vuelto a enamorar de la vida y de esa criatura dulce de ojos azules y piel dorada que hablaba con suave acento francés. Llegó la noche y bebimos vino, y en un momento ella me cogió la mano y dijo “es como si no hubiera pasado el tiempo”, y yo asentí sin poder decir nada porque tenía un nudo en la garganta.

    En ese momento me di cuenta de cuánto significaba para mí aquel lugar. Todo podía cambiar al paso de los años, pero yo sabía que había un paraíso escondido entre los pinos con un jardín donde cantaban los grillos y un dormitorio donde las noches duraban siempre. Volver a aquella casa era volver a aquel verano en que viví toda una vida, a aquel universo perfecto que giraba alrededor de dos chiquillos enamorados.

    Ayer me enteré de que la casa se ha vendido. Me parte el alma imaginar la mudanza: unos señores anónimos con mono azul que se llevan las mesas, las sillas, las caracolas, la alfombra donde tantas veces caí exhausto; las habitaciones que se quedan vacías, muertas, sin ese olor capaz de transportarme en el tiempo. Ya nunca volveré a ver caer la noche sobre el jardín, ni a bajar al dormitorio por las escaleras de ladrillo rojo. Ya no queda nada de mi vida detrás de la puerta.

    La vida sigue, y el tiempo va borrando nuestras huellas. Con esa casa se me va un mundo entero que ya no existe más que a jirones en mi memoria. Y lo peor es que, por más que lo intento, no consigo recordar aquel número de teléfono que tantas veces marqué antes de irme a la cama.

    15 de enero de 2008

    Esta mañana me he tomado 14 cafés y he viajado hacia adelante en el tiempo. El viaje ha durado pocos minutos, hasta que se me ha pasado el subidón, pero he tenido el privilegio de echar un vistazo rápido a la red del mañana, concretamente la del año 0x7DA (2010 para los garrulos que no hablan hexadecimal en la intimidad). La Internet del año 11111011010 será fascinante.

    La web será 4.0 e irá sobre fondo verde. Predominarán los tonos pastel y las fuentes de ancho fijo. El concepto de “red” evolucionará en “árbol”, y ya no diremos “te tengo en mi red social” sino “eres parte de mi árbol sociológico”. Todo el que use la palabra “red” será considerado un gilipollas from the past y humillado en una plaza pública de Second Life. A pesar de dicha evolución conceptual, Facebook seguirá siendo un coñazo insufrible.

    El micro-blogging vivirá una nueva revolución con “Pinger (Are you alive now?)”, una herramienta que permitirá enviar pings a otros hosts con una interfaz cómoda y sencilla basada en una caja de texto donde se introducirá la IP y un botón de “PING!”, todo ello sobre fondo verde pastel. La comunicación será fluida y bidireccional, del tipo “70.124.42.44 is alive” y “82.123.54.102 has pinged you” (sí, el IPv6 aún se retrasará un poquito) . Esto creará importantes lazos afectivos entre los usuarios de Pinger, que se reunirán semanalmente en eventos Beers&Pings. Se organizará un evento masivo, el PingMad, que será un éxito sin precedentes. Los asistentes llevarán pegatinas con su dirección IP para reconocerse unos a otros; se abrazarán al encontrarse y algunos incluso derramarán lágrimas de emoción (“es que son ya tres meses pingueándonos”). Reirán, se emborracharán, se harán fotos todos juntos, se jurarán amistad eterna y todo será júbilo y amor y buen rollito hasta que, como está mandado, se acaben apuñalando unos a otros.

    Algunos usuarios programarán un simulador virtual de mundos virtuales dentro de Second Life, y lo usarán para crear Third Life, un mundo virtual donde los personajes de Second Life podrán socializar, conectar y crear. Los personajes de Second Life, durante el paseo por Third Life, permanecerán pegados al simulador virtual de mundos virtuales en estado semi catatónico, y serán considerados unos fracasados sin vida propia por el resto de personajes de Second Life.

    Saldrá “meneamenéames”, un clon de menéame para promover clones de menéame. Algunos usuarios intentarán promover meneamenéames en meneamenéames y los freirán a negativos. En los comentarios tendrá lugar un acalorado debate: si meneamenéames es el clon de menéame para promocionar los clones de menéame que no se promocionan a sí mismos, ¿debería meneamenéames promocionarse a sí mismo? Los usuarios más activos experimentarán una paradoja de teoría de conjuntos que les hará darse cuenta de que llevaban toda la vida haciendo el gilipollas.

    Enrique Dans abandonará el plano físico de la existencia y se integrará completamente en Internet. Viajará sin descanso a la velocidad de la luz por la autopista de fibra óptica sorteando curvas sigmoideas y persiguiendo startups, siempre con sumo interés. Los cien mil seguidores de su Twitter formarán la secta “Esclarecidos de Enrique Dans” y se amotinarán en la T4 a esperar el segundo advenimiento de su Mesías. Se producirá la escisión de un grupo de integrantes (concretamente tres) convencidos de que el Mesías no volverá a la tierra convertido en una gran nube de tags, sino en un gigantesco muñeco de lego. Se harán llamar los Pi-luminattis.

    Y, por fin, se publicará la octava edición de “Fuckowski, memorias de un ingeniero”, ya sin erratas.