
Paseaba distraído por la famosa calle Grafton. En eso que me di de bruces con un coro gospel al completo: unas diez o doce señoras negras con sus túnicas blancas entonaban el Amazing grace al ritmo que marcaban un batería, un bajista y un guitarra. No había una sola nube en el cielo, algo bastante inusual en Dublín. Serían aproximadamente las doce de la mañana; la luz del sol teñía de oro las calles y calentaba a los viandantes. Me uní al improvisado público que se había aglutinado alrededor de los músicos y disfruté en primera fila de clásicos como Oh happy day y Down in the river. Me estaba secando una lágrima bajo mis gafas de sol cuando se me acercó un tipo, me echó un brazo por los hombros y me preguntó: “¿Quieres que rece contigo?” “No gracias, soy ateo”, respondí. El hombre se quedó un poco extrañado, así que añadí: “Pero me encanta la música”. “Es música del espíritu”, me contestó, “Si la sientes es que sientes a Dios”. Yo me limité a levantar una ceja y a encogerme de hombros, dando a entender un “Si tú lo dices…” que dio por zanjada la conversación. Las discusiones sobre religión son como un autobús sin ruedas: no llegan a ninguna parte. El paso de los años y un montón de dolores de cabeza me han enseñado a no enfrascarme en este tipo de conversaciones; suelen eternizarse y acabar acaloradamente. Por eso me abstuve de indicar al tipo aquel que, a mi entender, acababa de incurrir en una práctica de mercado que por lo general está prohibida: forzar al consumidor a adquirir un producto con la compra de otro diferente.
La religión se ha adueñado históricamente de la espiritualidad y ha obligado al individuo a adquirir con ella doctrinas y dogmas que, irónicamente, imponen numerosas (y más que cuestionables) barreras a la libertad del ser humano, incurriendo así en una triste contradicción: la libertad es la esencia misma de la espiritualidad, y limitando esta libertad no se consigue otra cosa que empobrecer el espíritu. La religión dice potenciar la espiritualidad del individuo, pero la realidad es que se adueña de ésta y la pone al servicio de sus propios intereses empresariales (básicamente dos: poder y dinero, conceptos hoy en día casi equivalentes).
Pareciera que el individuo que no profesa religión alguna no pueda ser una persona espiritual: al no creyente se le tilda inmediatamente de frívolo y material. Pero lo cierto es que no se necesitan dioses, dogmas ni doctrinas morales para elevarse por encima del aspecto material de la existencia. Trascender al propio ego, tomar conciencia de grupo, sacrificar los caprichos del narcisismo en pos de valores superiores, cobrar perspectiva ante la existencia abandonando la estrechez de miras inherente al egocentrismo, todas estas son acciones que engrandecen el espíritu sin necesidad de profesar fe religiosa alguna ni de supeditar nuestra libertad a los intereses de grupo de poder alguno.
Le pese a quien le pese, espiritualidad y religión no tienen que ir forzosamente ligadas. El individuo debe poder elevar su espíritu sin más coste que asumir sus responsabilidades como ser humano; se puede hablar de paz, amor y armonía sin hablar de Dios. Hay “happy day” sin “Jesus Christ” y “amazing grace” sin “God’s praise”. Se puede bajar al río a sentirse uno con el mundo sin arrastrar la culpa del pecado; uno puede maravillarse ante la infinita belleza de una puesta de sol sin tener que asumir mandamientos ni sacramentos. Como cantara John Lennon en su Imagine: “Sin infierno bajo nosotros, y por encima solo el firmamento […] Nada por lo que matar o morir, y ninguna religión. Imagina a todo el mundo viviendo la vida en paz”.
Ni necesitamos a la Iglesia para disfrutar del espíritu, ni al Corte Inglés para disfrutar de la primavera.







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