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  • 05 de abril de 2010

    Paseaba distraído por la famosa calle Grafton. En eso que me di de bruces con un coro gospel al completo: unas diez o doce señoras negras con sus túnicas blancas entonaban el Amazing grace al ritmo que marcaban un batería, un bajista y un guitarra. No había una sola nube en el cielo, algo bastante inusual en Dublín. Serían aproximadamente las doce de la mañana; la luz del sol teñía de oro las calles y calentaba a los viandantes. Me uní al improvisado público que se había aglutinado alrededor de los músicos y disfruté en primera fila de clásicos como Oh happy day y Down in the river. Me estaba secando una lágrima bajo mis gafas de sol cuando se me acercó un tipo, me echó un brazo por los hombros y me preguntó: “¿Quieres que rece contigo?” “No gracias, soy ateo”, respondí. El hombre se quedó un poco extrañado, así que añadí: “Pero me encanta la música”. “Es música del espíritu”, me contestó, “Si la sientes es que sientes a Dios”. Yo me limité a levantar una ceja y a encogerme de hombros, dando a entender un “Si tú lo dices…” que dio por zanjada la conversación. Las discusiones sobre religión son como un autobús sin ruedas: no llegan a ninguna parte. El paso de los años y un montón de dolores de cabeza me han enseñado a no enfrascarme en este tipo de conversaciones; suelen eternizarse y acabar acaloradamente. Por eso me abstuve de indicar al tipo aquel que, a mi entender, acababa de incurrir en una práctica de mercado que por lo general está prohibida: forzar al consumidor a adquirir un producto con la compra de otro diferente.

    La religión se ha adueñado históricamente de la espiritualidad y ha obligado al individuo a adquirir con ella doctrinas y dogmas que, irónicamente, imponen numerosas (y más que cuestionables) barreras a la libertad del ser humano, incurriendo así en una triste contradicción: la libertad es la esencia misma de la espiritualidad, y limitando esta libertad no se consigue otra cosa que empobrecer el espíritu. La religión dice potenciar la espiritualidad del individuo, pero la realidad es que se adueña de ésta y la pone al servicio de sus propios intereses empresariales (básicamente dos: poder y dinero, conceptos hoy en día casi equivalentes).

    Pareciera que el individuo que no profesa religión alguna no pueda ser una persona espiritual: al no creyente se le tilda inmediatamente de frívolo y material. Pero lo cierto es que no se necesitan dioses, dogmas ni doctrinas morales para elevarse por encima del aspecto material de la existencia. Trascender al propio ego, tomar conciencia de grupo, sacrificar los caprichos del narcisismo en pos de valores superiores, cobrar perspectiva ante la existencia abandonando la estrechez de miras inherente al egocentrismo, todas estas son acciones que engrandecen el espíritu sin necesidad de profesar fe religiosa alguna ni de supeditar nuestra libertad a los intereses de grupo de poder alguno.

    Le pese a quien le pese, espiritualidad y religión no tienen que ir forzosamente ligadas. El individuo debe poder elevar su espíritu sin más coste que asumir sus responsabilidades como ser humano; se puede hablar de paz, amor y armonía sin hablar de Dios. Hay “happy day” sin “Jesus Christ” y “amazing grace” sin “God’s praise”. Se puede bajar al río a sentirse uno con el mundo sin arrastrar la culpa del pecado; uno puede maravillarse ante la infinita belleza de una puesta de sol sin tener que asumir mandamientos ni sacramentos. Como cantara John Lennon en su Imagine: “Sin infierno bajo nosotros, y por encima solo el firmamento […] Nada por lo que matar o morir, y ninguna religión. Imagina a todo el mundo viviendo la vida en paz”.

    Ni necesitamos a la Iglesia para disfrutar del espíritu, ni al Corte Inglés para disfrutar de la primavera.

    16 de febrero de 2010

    Cuando se conocieron apenas acababan de abandonar la niñez. Él era un joven algo reservado que empezaba a madurar a escondidas detrás de su semblante serio; ella la hermana pequeña de un amigo, una niña risueña en un exuberante cuerpo de mujer, la fruta prohibida del árbol del deseo. Cada vez que la tenía cerca, él tenía que esforzarse por ahogar en silencio una oleada de sensaciones, una extraña mezcla de amor y lujuria que de tan intensa llegaba a darle miedo. Así pasaron muchos meses, y entre ellos nunca hubo más que un espeso silencio y alguna leve sonrisa de complicidad que a veces alcanzaba a colarse entre toda aquella emoción contenida.

    Una fría tarde de invierno en que los amigos se habían reunido para ver una película, los dos acabaron sentados juntos en el sofá arropados con una misma manta. Ambos miraban la televisión y disfrutaban nerviosos de la proximidad del otro, hasta que en un momento dado, quizás por casualidad (o quizás no), sus meñiques se encontraron bajo la manta. Fue un roce casi imperceptible, apenas unos milímetros de piel, pero aquello les hizo estremecer. Enseguida sus manos volvieron a encontrarse, y ya no dejaron de acariciarse en silencio, con la respiración entrecortada y el pulso acelerado. Con los dedos se dibujaban el uno al otro caprichosas figuras en la palma de la mano, como si quisieran trazar sobre la piel todas esas palabras que nunca habían llegado a decirse. Durante dos horas en el mundo no hubo más que ellos dos y el erótico roce de sus manos. Aquella noche se despidieron con dos besos que guardaban un excitante secreto; se fueron a la cama sonrientes y contaron las horas hasta volverse a ver. No mucho después, un viernes noche, coincidieron en un bar. Hubo un apagón, los dos se buscaron apresuradamente y se fundieron en un apasionado beso que les hizo temblar. Volvió la luz y el secreto se hizo público: estaban juntos.

    Pero aquello no duró. Eran demasiado jóvenes y aquello era demasiado intenso; les vino grande y no supieron manejarlo bien. El miedo y la inconsciencia juveniles pusieron punto final a aquellos días felices, que se desvanecieron dejando un regusto amargo. Pasaron unos años en que no se vieron más que en contadas ocasiones, en las que volvió a interponerse entre ellos el espeso silencio. Al final la vida les separó del todo y no volvieron a saber el uno del otro. Él rememoró con frecuencia aquellos felices encuentros, y una y otra vez se arrepintió de haber dejado escapar aquel amor juvenil. Sabía que algunos trenes sólo pasan una vez en la vida.

    Y la vida pasó, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido; separados por la distancia y el olvido ambos se hicieron adultos y cumplieron la treintena. Lejos quedaba ya la despreocupada juventud y esa sensación de que todo está a salvo y es para siempre. La vida les trajo amores y desamores, salud y enfermedad, hospitales, cementerios, buenos tiempos y malos tiempos, calor y cariño, frío y soledad. Al final consiguieron ser aceptablemente felices, aún a sabiendas de que probablemente nunca volvería a resurgir la llama del amor de entre las amargas cenizas del pasado. Demasiadas decepciones; demasiadas cicatrices.

    Quizás fuese una casualidad (o quizás no), pero el caso es que una fría noche de invierno las nuevas tecnologías les pusieron de nuevo en contacto. Ella le envió un discreto mensaje que tuvo que recorrer dos mil kilómetros para llegar a su destino. Apenas un par de líneas (“hola, hace mucho que no sé de ti, me alegra encontrarte”), algo leve como el roce de un meñique. Él, catorce años después, volvió a estremecerse. Quedaron para cenar a los pocos días, y la espera se hizo eterna y no estuvo exenta de miedos y dudas: ¿y si ya no eran las mismas personas? ¿Y si ya no quedaba nada? ¿Y si era una mala idea?

    Ella esperaba nerviosa fumando un cigarro en la calle. Él apareció al rato, y en cuanto posó sus ojos sobre ella su eterno semblante serio se transformó en una gran sonrisa. Se dieron un fuerte abrazo seguido de dos besos cálidos que aún seguían custodiando un excitante secreto. Ahora eran adultos, él con un montón de canas y ella con una preciosa hija, dos luchadores que se habían empeñado en sobrevivir, pero al cruzar las primeras palabras volvieron a temblar como niños. Apenas una hora después, sentados a la mesa, volvieron los días de vino y rosas y el esplendor en la hierba. Charlaron y rieron y se confesaron que en realidad nunca se habían olvidado, y ambos se alegraron de comprobar que bajo las múltiples cicatrices aún latían dos corazones jóvenes y fuertes capaces de sentir con intensidad. El peso de los años se disipó entre risas y volvieron a ser dos jóvenes felices y despreocupados.

    Esa noche durmieron juntos y despertaron abrazados. Volvían a estar debajo de aquella manta que tantas veces arropó su idilio adolescente; volvían a estar juntos y a sentirse a salvo. Catorce años después había vuelto a pasar el tren, y esta vez no lo habían dejado escapar.

    Muchos besos y muchas caricias después, ella le miró a los ojos y le susurró: “quiero que esta vez dure siempre”.

    Y yo también, Carolina.

    21 de noviembre de 2009

    Iba en el autobús de Torre del Mar a Málaga. Contemplaba el mar y se me perdía la mirada entre los brillos del sol sobre el rítmico vaivén del agua. Pasé largo rato absorto, hasta que por el rabillo del ojo capté una preciosa sonrisa pintada de rojo que me sacó de mis reflexiones. A través del hueco entre los asientos delanteros pude fijar mi atención en aquellos labios felices y cálidos. Una chica joven de ojos verdes y rostro sereno parecía recrearse en algo que, a juzgar por esa mirada derretida de puro amor, debía ser fascinante. Supuse que era el mar.

    Entonces otros labios también pintados se acercaron a los suyos, sus ojos verdes se cerraron despacio, y hubo un beso templado y suave y caricias en la mejilla, y yo casi me sentí culpable por colarme en aquel íntimo momento escondido tras mis gafas de sol.

    La chica de ojos verdes volvió a la devota contemplación de su compañera. Yo volví a perder la vista en el mar, y al rato me di cuenta de que me había quedado perplejo. No por el beso lésbico, que uno siempre ha pensado que pretender imponer al amor y al deseo los límites estadísticos de las costumbres es una gilipollez contra natura, sino porque caí en la cuenta de que no recordaba haber visto una expresión de cariño tan pura en muchísimo tiempo.

    ¿Cuándo había sido la última vez que había visto una pareja heterosexual en actitud semejante, mirándose a los ojos con tal devoción? Solo alcanzaba a recordar caras largas, brazos cruzados, ceños fruncidos, discusiones, reproches, rabia contenida, como si las parejas estuviesen juntas por obligación y no por placer. Concluí que quizás, como postulaba Erich Fromm en El arte de Amar, los tentáculos de la sociedad de consumo se hayan enredado en las mismas raíces del amor. Todo se define, se retuerce y se condiciona, todo se desvirtúa y se etiqueta y se convierte en producto, y al final se acaba persiguiendo esa versión superficial e insulsa del amor con la que se nos bombardea en los medios, con sus sonrisas Profidén y sus mesas para dos y sus diamantes para siempre, un sucedáneo frívolo del amor que llena el alma tanto como el comprar un nuevo teléfono móvil. Adquirimos el producto esperando que, acto seguido, nos invada esa felicidad mística que la publicidad nos promete; queremos que el vecino del quinto nos mire y se muera de envidia. Pero la felicidad nunca termina de llegar, y acabamos culpando al otro de no ser aquello que creímos comprar.

    La sociedad de consumo acabará apropiándose también de las relaciones homosexuales y las redefinirá, desvirtuará y etiquetará a su gusto, inventará ritos y fechas señaladas y prometerá la felicidad eterna al final de un laberinto de escaparates y cajeros automáticos. Pero hoy que aún es un acto de rebeldía el salir del armario, hoy aquellas dos chavalas del autobús se aman porque les da la gana, lejos de todo condicionamiento, y se besan en discreto silencio sin importarles el resto del mundo. Mientras, otras muchas parejas exhiben ruidosamente sus superficiales relaciones de diseño, y algunas incluso se atreven a afirmar que lo suyo es “lo natural”.

    23 de septiembre de 2009

    Anoche de madrugada te llegó la hora, y yo hoy, deshecho por dentro y con lágrimas templadas corriendo por mis mejillas, te escribo la carta que nunca quise tener que escribirte. No hace falta que te diga que siempre te quise como a un hermano, porque tú lo supiste desde el día que llegaste a casa, recién nacido y enfermo, y te puse sobre mi pecho para que durmieras sintiendo mis latidos. Desde entonces conmigo siempre dormías tranquilo, en paz, sabiendo que estabas con tu mejor amigo; yo velaba tu sueño y tú velabas el mío, y al menor de mis movimientos levantabas una oreja y me mirabas fijamente con tus ojos amables, hasta que me oías decir “estoy bien, no pasa nada”, y entonces suspirabas, echabas la cabeza sobre mis piernas y te volvías a dormir.

    Siempre me hiciste sentir tan orgulloso y afortunado que a veces me preguntaba si todo el cariño del mundo no sería menos de lo que merecías. Recuerdo una tarde de otoño en la escuela de adiestramiento: estábamos en un descampado practicando ejercicios, y el profesor te llevó lejos junto a otros perros. Teníais que aprender a esperar quietos la orden de vuestro dueño. Tú te quedaste sentado en tu sitio, mirándome desde la distancia. En esto empezó a llover, y varios pastores alemanes que entrenaban para competición echaron a correr hacia sus dueños con el rabo entre las piernas. Tú seguiste ahí solo, inmóvil, posando altanero mientras tu largo pelo negro se empapaba, y me dirigiste una única mirada de súplica que me hizo un nudo en la garganta. El profesor me dijo “le ponemos un sobresaliente, venga, ve a por él”, yo me acerqué a ti, te hice una señal y viniste corriendo a lamerme las manos. Eres el mejor, te dije, y me entretuve un rato jugando contigo antes de volver porque no quería que los demás viesen mis lágrimas saltadas.

    Cuántas veces llegué a casa abatido después de que todo me fallase, y tú no me fallabas nunca. Siempre pude contar con tu cariño y tu lealtad; siempre tenías ganas de juego, siempre querías estar conmigo. Allí donde yo estuviera tú te sentías seguro, y saber que depositabas en mí toda tu confianza me hacía sentir fuerte, valioso, responsable.

    Hoy te digo adiós, compañero, después de doce largos años de amistad inquebrantable, y solo quiero que sepas que tus cenizas descansan en mi casa junto a las fotos de mis padres y mi hermana, que tú seguirás siempre vivo en mis entrañas, que seguiré sintiéndote a los pies de mi cama velando mi sueño, que siempre que pasee por la playa tú estarás ahí conmigo, jugando feliz junto al mar. Hoy mi casa vacía se inunda de un espeso silencio; me asomo a la ventana, hace un día frío y gris y te llora hasta el aire. Se me pierde la vista en la lluvia y vuelvo a verte, fuerte y sano, en tu pose altanera, mirándome con tus ojos dulces, esperando mi llamada. Te miro lleno de orgullo y vuelvo a decirte emocionado que eres el mejor. El mejor compañero, el mejor amigo. Y así te recordaré siempre.

    Gracias por todo. Descansa en paz.

    27 de julio de 2009

    Era mi primera tarde en mi nuevo apartamento, en el sótano de un caserón en pleno centro de Dublín. Andaba desempaquetando ropa y libros cuando llamaron a mi puerta. Abrí, y lo primero que pensé fue que aquel tipo raro no podía querer nada bueno. Era extremadamente delgado y pálido, lucía una barba canosa y descuidada y su mirada era esquiva. Tenía en los dedos y en los labios las típicas manchas oscuras del tabaco, y olía como si sudase güisqui puro. La camisa blanca pulcramente planchada y el ajustado sombrero negro contrastaban con el aspecto dejado de aquel hombre. ¿Sí? –pregunté, desconfiado. Buenas tardes, mi nombre es Joe. Vivo en el apartamento de al lado. Tan sólo deseaba darle la bienvenida a la casa; para cualquier cosa que necesite quedo a su disposición. Hablaba muy despacio, como si quisiera asegurarse de pronunciar correctamente pesar de su embriaguez. Intercambiamos unas frases amables y cada uno volvió a lo suyo.

    Varios días después Joe volvió a llamar a mi puerta. Eran las ocho de la mañana; yo acababa de ducharme y estaba a punto de salir a trabajar. Aún sonaba Pink Floyd en mi equipo de música (Recuerda cuando eras joven, y brillabas como el sol…) Joe, en su tono amable y correcto, me preguntó si podía subir el volumen. Yo no tengo equipo de música; he reconocido la canción y desearía disfrutarla unos instantes –me explicó. Subí el volumen y puse la canción desde el principio. Cuando acabó me fui a trabajar, intrigado.

    Joe es un misterio. No tiene trabajo y siempre está en casa, solo. Pasa las horas leyendo, viendo la tele y dando largos tragos a su botella de güisqui. No tiene horarios; a veces sale a tender sus camisas a las cuatro de la mañana. Algunas tardes le veo por la ventana del patio durmiendo en una vieja butaca. Cuando hace sol, Joe se pone su sombrero negro y se sienta en la terraza del bar de al lado, y bebe y fuma y ve pasar la vida sin mediar palabra. Nunca tiene visita; supongo que nadie le echa de menos. Imagino que malvive gracias a algún tipo de subsidio. Es posible que padezca alguna enfermedad; o quizás su enfermedad sea sólo la botella.

    La semana pasada se nos inundó el sótano; el agua nos llegaba hasta las rodillas. Joe y yo tuvimos que abandonar nuestros apartamentos en mitad de la noche. Nos sentamos en la escalera a esperar a los bomberos y charlamos amigablemente durante cuatro horas. Joe, entre trago y trago, me habló de sus múltiples viajes, de su niñez en la Irlanda deprimida, de cuánto han cambiado los tiempos. Se expresaba con una inusual elocuencia y citaba a Wilde, a Joyce y a Becket con una facilidad pasmosa. A ratos, evocando pasajes de su memoria, sus ojos brillaban como los de un niño al que el mundo le resulta fascinante. Oyéndole concluí que en realidad él no está enfermo; el que está enfermo es el mundo y Joe bebe para olvidarlo, para preservar en alcohol al niño que lleva dentro y que ya no entiende nada.

    Hoy he terminado de recoger mis cosas; mi apartamento ha quedado inhabitable. Mañana me mudo a otra parte. Dentro de un rato voy a despedirme de mi extraño vecino y a dejarle un regalo que le he comprado esta tarde: un reproductor de CD y un “grandes éxitos” de Pink Floyd. Shine or your crazy diamond, Joe.

    Columna publicada en el diario
    El Avance de La Axarquía