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  • 03 de febrero de 2010

    Abrí El guardián entre el centeno cuando el tren que me llevaba desde algún lugar de Suecia hasta la capital echaba a andar. Lo hice con resignación, tenía que afrontar de alguna manera las siete horas de viaje que tenía por delante. Luego quise que el viaje durase más para que me diese tiempo a terminarlo sin pausa, pero conseguí acabarlo antes de llegar a Estocolmo. No muchas veces he devorado las páginas de un libro con esa misma avidez, con esa misma excitación por reconocer algo allí de mí mismo, por lo reconfortante de sentirme mejor acompañado.

    Me caía de maravilla el protagonista, Holden Caulfield. Un desastre para todo (básicamente ante sus padres y profesores) pero tenía talento para escribir, imaginación y sobre todo, tenía alma. Un tipo de chaval al que admiraba y del que intentaba hacerme amigo en el instituto. Yo era un empollón y él no (hablo de él como si fuera real). Él era un rebelde sin Norte y yo también, aunque las rebeldías de Holden no se podían comparar a las mías cuando -llegada la hora, como a todos- empecé a cuestionar la autoridad.

    Me sigue pasando y me acuerdo de Caulfield cada vez que ocurre, que en situaciones más o menos serias mi imaginación empieza a volar, escapo a mi mundo interior e imagino las chorradas más absurdas mientras mi cuerpo presente debe atender algún protocolo social más o menos prefijado. Tengo entonces que apretar los dientes y callarme la boca porque a veces se me escapa alguna palabra de ese universo de pamplinas cuando no toca.

    Algunos pasajes del libro los recuerdo vagamente pero no voy a releerlo de momento, prefiero quedarme hasta ahora con el poso que dejó, más que con los detalles. La escena con la prostituta, la de su hermana pequeña a la que tanto quiere, y mi favorita, la conversación con Mr Antolini: “La educación académica te proporcionará algo más.[...] Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente de acuerdo con ellas“. Consejo éste al que saqué partido mientras estudiaba en una surrealista y oscura facultad de telecomunicaciones.

    Sin embargo la frase que más recuerdo del libro (y que no encuentro, maldita sea) decía que los hombres y muchachos perdidos, aquellos que intentan escapar de la alienación deben buscar sin cesar ese algo que les interese, que les llene: “El día que encuentres ese algo, agárrate a ello como el náufrago al tronco flotante” (algo similar dijo Ortega y Gasset pero esa es otra historia). Con el tiempo comprendí que tengo conmigo varios trozos de madera flotantes; no llegan para hacer un bote, pero sirven para no hundirme. Una de ellas tiene lija y cuatro ruedas de goma. Otra se desliza sigilosamente por la nieve. La tercera, de corcho y fibra, apenas toca el agua cuando monta las olas. Y así, he ido entendiendo cuáles son mis verdaderas tablas salvavidas (que no busco en el cielo sino aquí en la tierra). Hay otras más en la lista, como escribir, o como la tarea de construir, tal que el albañil ladrillo a ladrillo, algo sólido con mi chica, mis amigos, mi familia, etc. La lista seguiría con otras tablas clandestinas, pero ésa también es otra historia.

    Esta noche, después de escribir esto voy a rendir al escritor del libro otro homenaje más, voy a hojear la versión inglesa que me regalaron mis amigos Antonio y Diego. Todo mi respeto y admiración para Jerome David Salinger. Descanse en paz.

    23 de septiembre de 2009

    Anoche de madrugada te llegó la hora, y yo hoy, deshecho por dentro y con lágrimas templadas corriendo por mis mejillas, te escribo la carta que nunca quise tener que escribirte. No hace falta que te diga que siempre te quise como a un hermano, porque tú lo supiste desde el día que llegaste a casa, recién nacido y enfermo, y te puse sobre mi pecho para que durmieras sintiendo mis latidos. Desde entonces conmigo siempre dormías tranquilo, en paz, sabiendo que estabas con tu mejor amigo; yo velaba tu sueño y tú velabas el mío, y al menor de mis movimientos levantabas una oreja y me mirabas fijamente con tus ojos amables, hasta que me oías decir “estoy bien, no pasa nada”, y entonces suspirabas, echabas la cabeza sobre mis piernas y te volvías a dormir.

    Siempre me hiciste sentir tan orgulloso y afortunado que a veces me preguntaba si todo el cariño del mundo no sería menos de lo que merecías. Recuerdo una tarde de otoño en la escuela de adiestramiento: estábamos en un descampado practicando ejercicios, y el profesor te llevó lejos junto a otros perros. Teníais que aprender a esperar quietos la orden de vuestro dueño. Tú te quedaste sentado en tu sitio, mirándome desde la distancia. En esto empezó a llover, y varios pastores alemanes que entrenaban para competición echaron a correr hacia sus dueños con el rabo entre las piernas. Tú seguiste ahí solo, inmóvil, posando altanero mientras tu largo pelo negro se empapaba, y me dirigiste una única mirada de súplica que me hizo un nudo en la garganta. El profesor me dijo “le ponemos un sobresaliente, venga, ve a por él”, yo me acerqué a ti, te hice una señal y viniste corriendo a lamerme las manos. Eres el mejor, te dije, y me entretuve un rato jugando contigo antes de volver porque no quería que los demás viesen mis lágrimas saltadas.

    Cuántas veces llegué a casa abatido después de que todo me fallase, y tú no me fallabas nunca. Siempre pude contar con tu cariño y tu lealtad; siempre tenías ganas de juego, siempre querías estar conmigo. Allí donde yo estuviera tú te sentías seguro, y saber que depositabas en mí toda tu confianza me hacía sentir fuerte, valioso, responsable.

    Hoy te digo adiós, compañero, después de doce largos años de amistad inquebrantable, y solo quiero que sepas que tus cenizas descansan en mi casa junto a las fotos de mis padres y mi hermana, que tú seguirás siempre vivo en mis entrañas, que seguiré sintiéndote a los pies de mi cama velando mi sueño, que siempre que pasee por la playa tú estarás ahí conmigo, jugando feliz junto al mar. Hoy mi casa vacía se inunda de un espeso silencio; me asomo a la ventana, hace un día frío y gris y te llora hasta el aire. Se me pierde la vista en la lluvia y vuelvo a verte, fuerte y sano, en tu pose altanera, mirándome con tus ojos dulces, esperando mi llamada. Te miro lleno de orgullo y vuelvo a decirte emocionado que eres el mejor. El mejor compañero, el mejor amigo. Y así te recordaré siempre.

    Gracias por todo. Descansa en paz.