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  • 06 de mayo de 2011

    “Todo líder de organización terrorista sumergido en un fluido, experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de todos los putos botes de líquido confiscados en los aeropuertos”

    06 de enero de 2010

    Hace años formé parte de un grupo de resistencia. Era el grupo “Yo No Necesito un Teléfono Móvil”. Nuestra causa era noble, el lenguaje SMS nos repugnaba y el estar conectados a todas horas del día con cualquier pesado que quisiera llamarnos nos parecía una pesadilla. Pero acabamos cayendo, uno por uno. Algunos aún aguantan como héroes, pero nadie ya les conoce ni se acuerda de ellos. El precio que pagaron por su libertad fue alto: ya no tienen amigos y se han quedado recluidos en sus pisos de Barcelona.

    Y como la historia se repite, he vuelto a formar parte de un grupo. Pero “Yo No Necesito un Facebook” está siendo atacado por todos los flancos, así que me rindo: me he hecho un perfil. Igual que pasó con el teléfono móvil, hoy en día el que no tiene un perfil en Facebook es un paria sin vida al que todos miran como si fuera un marciano. Esta conversación, con ligeras variantes, la he tenido los últimos meses ya varias veces.

    “Encantado de conocerte, seguimos en contacto; te busco en Facebook y te agrego.”
    “Es que… no estoy en Facebook.”
    “¿Por qué no?”
    “No lo necesito.”
    “Pero te mantienes al día de lo que hacen tus amigos lejanos, conocidos. Está muy bien. Tienes que empezar a usar internet.”
    “Uso internet, créeme. Lo que pasa es que no quiero saber esas cosas. Se me hace antinatural el enterarme de que a alguien que hace cuatro años que no veo le gustan ahora los Red Hot Chilli Peppers y se ha apuntado al grupo A mi también me molestan las pelotillas del ombligo. Me parece una pérdida de tiempo. ”
    “¡Qué guay! ¡Es la primera vez que conozco un sociópata! Espero no verte nunca más.”

    Además, no puedo luchar contra la evidencia. Cuando uno no tiene azucar tiene que tirar de sacarina. Igual que le pasa a todo el mundo que se empieza a acercar a la treintena, mi vida social está desapareciendo lenta pero inexorablemente, así que tendré que empezar a usar la nueva “sacarina de la amistad” en la que se ha convertido esta red social para dulcificar mi previsible futura soledad.

    Así dentro de unos años, cuando estemos todos esclavizados por nuestros trabajos, hipotecas y relaciones, podremos al menos sentarnos delante de nuestras pantallas a última hora de la noche. Desajustaremos nuestras corbatas y nos pondremos una gorra de medio lado. Actualizaremos nuestro perfil para que las agencias de marketing y la CIA estén al día y recordaremos las patéticas y peligrosas intoxicaciones etílicas que nos provocamos cuando eramos chavales. Que buenos tiempos aquellos, que jóvenes estamos en la foto, las risas que nos hacíamos antes todos juntos…

    Luego alguien tendrá un hijo y colgará sus fotos en el perfil. Nos plantearemos como demonios hace Facebook para conseguir el espacio de disco para guardar las toneladas de fotos que sube nuestro amigo. Menudo reto técnico. Pero no diremos nada, felicitaremos a la pareja con un pulgar digital alzado y sonreiremos de medio lado pensando que están haciendo el ridículo. Pero justo después nuestras parejas se llenarán de envidia, nos presionarán y acabaremos teniendo nuestros propios infantes. Nuestros routers echarán fuego cuando las imágenes de nuestros retoños entren a nuestros perfiles a una velocidad media de 100 fotos por minuto.

    Será entonces cuando llegaremos a la tercera edad. A diferencia de nuestros abuelos, nosotros no tendremos que contar batallitas. Un día nuestros nietos entrarán en Facebook y leerán las desfasadas, infantiles y radicales opiniones de cuando teníamos veinte años, luego se reirán por dentro cuando lean cómo gradualmente la edad nos fue moderando hasta convertirnos en mediocres oficinistas con corbata que votan a un partido mayoritario, después deducirán con horror como en la crisis de los cuarenta intentamos acostarnos sin éxito con la tía Gertrudis usando largos poemas y chistes malos en su muro, y por último serán testigos de nuestra progresiva senilidad cuando vean que acabamos saliendo del grupo “Yo también tengo resaca” y nos apuntemos al grupo “Club de Extreme Petanca”. Entonces nos sentaremos con ellos e intentaremos contarles que eramos unos nadadores portentosos cuando eramos jóvenes y se descojonarán de nosotros recordando la barriga cervecera que han visto en miles de fotos colgadas a lo largo de los años.

    Las juventudes de nuestros abuelos están rodeadas de un halo de misticismo porque sólo tenemos una o dos fotos suyas en blanco y negro, y casi siempre de uniforme y posando. Nosotros estamos haciendo documentales completos de nuestra estupidez. Y como la superpoblación y la contaminación serán problemas serios en el futuro, nuestros nietos utilizarán nuestros perfiles de Facebook como prueba para aprobar la eutanasia obligatoria en el Parlamento Mundial de toda la “Generación FB”. La evidencia será tan abrumadora que no podremos ni protestar.

    Pero perdonad, que me voy por las ramas. A lo que quería llegar es: al que me ponga en un tag de una foto le buscaré esté donde esté en el globo y le estrangularé con mis propias manos.

    01 de diciembre de 2009

    Lo que de verdad me irrita de los reality shows no es el hecho de que sean una forma de mantener entretenido al público con morbo malsano. Tampoco que a veces se presenten como “experimentos sociales” en los que participa “gente normal”. Los individuos dispuestos a vender su vida privada a cientos de miles de personas intentando hacerse famosos a golpe de genital no son la norma, ni psicológica ni estadísticamente hablando. Es duro pensar que cada vez que alguien eleva a la categoría de experimento científico esa casa con diez oligofrénicos copulando en los retretes y teniendo conversaciones que harían enrojecer a un niño de seis años, millones de científicos que dedicaron décadas de esfuerzo y pasión para hacer avanzar el conocimiento humano, desde Aristóteles hasta Einstein, se revuelven en sus tumbas. Pero esto no es nada nuevo.

    También tengo la impresión de que muchos de los que ven estos programas con la excusa de que “sólo se ríen de los frikis” lo hacen porque tienen la autoestima por los suelos y subconscientemente necesitan sentirse superiores a alguien, aunque sea un pobre anciano desfigurado con un retraso mental más que evidente, como era el ya desaparecido Pozi, o un yonki en las últimas al que años de consumo de drogas le han borrado del cerebro el sentido del ridículo. Pero esto no es lo que más me irrita.

    Lo peor de los realities son las cámaras en la nuca.

    Hablo en concreto de los programas para “buscar pareja”, subgénero dentro del género reality, como el actual Granjero busca Esposa o uno que daban en la MTV hace un tiempo, cuyo nombre ni siquiera quiero buscar en google.  Así como en Gran Hermano el “espectáculo” se centraba en la convivencia y tocaba de forma tangencial el romance entre los concursantes, aquí el “romance” es el tema principal. En teoría, estos programas diseñados para parecer reales (reality show, ¿recuerdan?) generan un ambiente relajado para los que están detrás de las cámaras. Los testimonios de los concursantes así lo afirman.

    -Estaba nervioso al principio, pero después de unas cuantas sesiones se olvida que las cámaras están ahí, ¿sabes? -dice Menganito.

    Oh, maravilla. Es entonces cuando empieza la magia, el inicio del espectáculo, dice el productor. Los concursantes se han olvidado de las cámaras y entonces el selecto público puede disfrutar de ser voyeur sin necesidad de llevar gabardina ni unos prismáticos ni el riesgo de acabar en el cuartelillo dando explicaciones.

    Pero la realidad es que los concursantes no se olvidan de las cámaras, simplemente se acostumbran a vivir con ellas.

    Es muy humano adaptarse a las diferentes situaciones sociales. No usamos las mismas palabras ni el mismo lenguaje corporal con los amigotes que con nuestros abuelos, ni siquiera usamos el mismo tono de voz. Todos nos creamos personajes que se adecuan a las distintas situaciones que vivimos en nuestras vidas. Nos imitamos unos a otros, a veces conciente y otras inconscientemente, como primates que somos. Nos adaptamos. Cuando los concursantes de los realities se acostumbran a las cámaras, no están olvidándolas. Simplemente han interiorizado sus personajes y pasan a actuar con la naturalidad de un actor profesional. Y pueden llegar a creerse que son ellos. Pero en ese momento los que están delante de las cámaras son los personajes que han creado para mostrar al mundo. Sus verdaderas personalidades están ocultas en el fondo de su cerebros, asustadas de salir porque saben que encima de su nuca está la cámara, esperando que pierdan el control, ávida de basura para rellenar los tabloides y alimentar de morbo a la gente que disfruta con las miserias ajenas. Estos personajes artificiales, creados en los cerebros de los concursantes, se multiplican como virus en millones de televisores y entran en los salones de nuestras casas.

    Si un programa de estas características se vuelve popular no existe escapatoria, apagar el televisor no nos inmuniza. Cuando los personajes están en suficientes cabezas estos pasan a derramarse en conversaciones delante de la máquina de café en el trabajo y en las barras de los bares. Son personajes que parecen reales y que se comportan como si fueran reales, y les imitamos como primates que somos. Cuando nos contagian actuamos como si nuestras vidas también estuvieran siendo retransmitidas. De esta forma, los reality shows nos hacen un poco más superficiales, potenciando nuestra obsesión por la imagen, transformando las relaciones humanas en actuaciones y equiparando la búsqueda de pareja con la búsqueda de una chaqueta que nos siente bien. Eh, pero que quede bien claro que no tenemos ningún problema. Al principio se nos hizo un poco raro, pero por fin nos hemos acostumbrado y ya no notamos que las cámaras están ahí. En nuestras nucas.

    En los últimos años el capital, en su ansia desenfrenada de crecimiento, ha utilizado la bolsa para robar dinero del último sitio que le quedaba: el futuro. Pues bien, el futuro llegó ayer.

    03 de septiembre de 2007

    El principal argumento en contra de toda esa gran falacia que es la astrología, es que clasifica a la totalidad de las personas (en la actualidad unos 6.000 millones) en doce grupos únicos, cuando es fácilmente comprobable que en el mundo no existen más de dos o tres tipos diferentes de persona.